Texto de Aldo Bonanni
Velreg Krer ha iniciado la fase final de su lucha contra REK, la omnipotente cadena de organizaciones políticas, económicas y religiosas que domina el mundo. Tras años de lucha, el guerrero escarlata, que obtuvo sus poderes gracias a la energía de un meteorito que hallara en las ruinas de la ancestral urbe de Korba–Katsaruy, ha conseguido desmembrar al inmenso organismo dirigido por Xrakus. Esta bestial criatura ha visto frustrada la misión por la que fue enviada al planeta hace milenios, ante el inminente peligro de una raza inteligente que se hace llamar a sí misma “humana”.
Brukus, el engendrador de Xrakus y de sus hermanos Anphranax y Skurián, piensa que la preservación del universo sólo es posible si impide el excedente de raciocinio en seres como los que habitan la Tierra. Pero Xrakus y REK han sido incapaces de cumplir su cometido de someter a los hombres aprovechándose de la única debilidad que los puede hacer que permanezcan como seres inferiores: su exacerbado individualismo.
Harus Versaga enfrenta un momento crítico en su vida personal. Durante años le ha sido totalmente indistinto obtener o no una estabilidad con una pareja determinada. Eso hasta antes de conocer a Kristigne Drake, la bella antropóloga con la que ha sostenido una relación desde que Aundrah Arbvleda desapareciera de su vida. El sobrio historiador que sirve de camuflaje al impetuoso Velreg Krer jamás había encontrado a alguien con quien tuviera tal empatía como con Kristigne, cuyo único defecto –considera él– es que no comparta su ateísmo. A Versaga le resulta contradictorio el hecho de que una mujer tan inteligente como ella sea incapaz de apartar de sus concepciones la educación religiosa que recibió. En sí, él jamás imaginó que tendría una pareja creyente. Sin duda, esta situación ha sido la más irónica de su existencia.
Sin embargo, lo que más desvelos le causa al joven héroe no es la diferencia de credos. Kristigne se ha alejado gradualmente, y a Versaga le preocupa sobremanera el hecho de que esto le importe, porque eso demuestra que quizá esté cediendo al peligro que representa para un hombre en constante lucha aspirar a una estabilidad emocional. A sus treinta años, Harus no está totalmente seguro de saber lo que es el amor, y antes de conocer a Kristigne opinaba que lo mejor que podía pasarle era no saberlo nunca.
En tanto, Linze se ocupa de los detalles para el plan de ataque a REK en América, el único de los seis continentes donde la red es todavía muy poderosa, a pesar de la muerte de Drósser a manos de Velreg Krer. Además de sospechar que Xrakus ha trasladado su centro de operaciones a Estados Unidos, los héroes están seguros de que los recursos económicos de la inmensa organización han sido depositados en bancos de esta región del mundo.
Pero mientras Akig Kirega (Linze) se molesta por el descuido del guerrero escarlata a los planes, y éste –poco a poco– va sumiéndose en una depresión, a millones de kilómetros de la Tierra se gesta lo que habrá de ser un peligro crucial para la raza humana. Todos los actores del escenario terrestre ignoran que se acerca el día para que el complemento al arma perfecta de Brukus llegue.
El noroeste de Krytávir, donde están ubicadas algunas de las colonias lujosas de la más extensa megalópolis del hemisferio sur, no es un lugar muy bueno para emprender el vuelo nocturno, menos aun en época de lluvias. Velreg Krer lo sabe muy bien. Saliendo de la zona empresarial, donde los rascacielos de las principales firmas bancarias de Tierra Verde, el edificio de la casa de bolsa y la enorme sede del Congreso de Economía sirven de camuflaje para un haz de luz escarlata, las posibilidades de provocarle una conmoción emocional a algún susceptible ciudadano común aumentan. En circunstancias normales, el llamado heredero del dios de sangre que guarda la noche cuida mucho esos aspectos. Pero sus pasiones recientes le han hecho perder la cordura. Su lógica está siendo pisoteada por la obsesión que le ha vuelto más trasnochador de lo que –de por sí– ya era.
Esa obsesión se llama Kristigne. Akig Kirega le ha prevenido. El era un hombre cuya vida estaba orientada por la luz de la razón; pero cuando sus pasiones lo dominaron, lo perdió todo: a su padre y a la mujer que consideraba el amor de su vida. La frialdad posterior que le ha caracterizado es un elemento decisivo para que Harus Versaga cuente con un efectivo aliado en su lucha contra REK.
Pero el guerrero rojo ha ignorado todas las advertencias. La relación con la hermosa antropóloga rubia es una oferta de vida mucho más agradable que una interminable lucha contra un monstruo suprahumano que pretende dominar al mundo. Velreg Krer se ha olvidado de Xrakus, de REK y de sus ideales para rescatar a una raza malagradecida que quizá no merezca tan titánicos esfuerzos como los que son necesarios para derrotar a sus enemigos.
Ahora sólo importa saber si Kristigne persiste en su afán de no verlo. Luego de su última discusión, ella decidió apartarse, argumentando que su presencia en la vida de Versaga era inadecuada. Las palabras que escuchara aún resuenan en el cerebro del héroe cuando vuela a través de la lluvia: “Tal vez si nunca hubiera sabido tu secreto... pero lo sé. Tienes que comprenderlo. No es sólo por ti que me aparto, para no ser un blanco, un punto débil para tus enemigos. Tú puedes morir. Así que esto es también por mí, Harus. Te amo demasiado como para soportar tu muerte”.
Nada importó su oferta de dejarlo todo. “Matar” a Velreg Krer para darle algo a Harus Versaga, cuando éste –por primera vez en su vida– tenía una razón interesante para subsistir. El papel de justiciero siempre le había llenado más que el de un mediocre historiador. Pero ahora existe un motivo para renunciar a la nada compensatoria labor de combatiente. El académico tiene a Kristigne. El héroe sólo posee un constante baño de sangre por futuro.
Pero a ella no le convence esta renuncia, aunque él le ha explicado miles de veces que había consagrado los mejores años de su juventud a tan altruista labor solamente porque no tenía otra vida. Y con Kristigne lejos, bajo su estrecha perspectiva de esos momentos, ninguna de sus dos formas de existencia tiene sentido.
Sus cavilaciones tienen que ser suspendidas cuando detiene su vuelo. Harus Versaga se ha acercado al departamento de su rubia obsesión tan sólo para descubrir que ésta no se encuentra ahí. Pasan de las 10, y es muy raro que Kristigne salga tan tarde en un miércoles. Los jueves suele viajar a Tokira, una población lo suficientemente cercana a la gran capital como para considerarse ya prácticamente un suburbio de ésta. Aun así, hay que tomar el primer tren suburbano –a las 5:25 a.m.– si se quiere estar ahí a buena hora. Y aunque su entrada oficial es a las 8, la joven antropóloga se ha tomado muy en serio el estudio de la adaptación de los colonos extranjeros a la cultura terraverdena. Tokira está poblada en su mayoría por inmigrantes asiáticos –particularmente japoneses– que han decidido preservar ciertas costumbres propias. La licenciada Drake, como la llama su jefe con cierta ironía, encuentra fascinantes algunos de los ritos cotidianos que los orientales realizan por la mañana. Por ello, le gusta estar ahí lo más temprano posible, y para lograr tal cosa es necesario dormirse a una hora sensata. Kristigne nunca aceptaba salir la noche de ese día de la semana, y el guerrero escarlata es martilleado en la cabeza por ese recuerdo cuando ve el departamento vacío. En circunstancias normales, no habría por qué alarmarse. Pero él es un hombre que está lejos de las circunstancias normales. No sería la primera vez que REK utiliza a un ser querido para tratar de doblegarlo.
Más aun, la lluvia no presenta condiciones nada favorables para alguien que –como Kristigne– detesta manejar con el pavimento mojado. Velreg Krer revisa minuciosamente la morada de su antigua pareja, tan sólo para confirmar su ausencia. Sin embargo, todas las condiciones del número 25 del edificio Sgrau indican que su usual habitante no tiene mucho tiempo de haber salido. De hecho, el héroe escarlata descubre –pasmado– que la dueña del lugar ha dejado sus llaves.
La interrogante ya no gira en torno al paradero. En la mente del otrora insensible justiciero nocturno sólo hay una idea, y no es el dónde, sino el cómo. ¿Cómo estará?
Su vuelo se vuelve acelerado, casi tanto como su pulso. La adrenalina que tantas veces le ha servido para expulsar la misteriosa energía que alberga en su interior ahora sólo es una pesada angustia que –como una roca imaginaria– se ha depositado en el interior de su vientre. El impulso lo lleva hacia las montañas, lo suficientemente lejos como para dejar atrás el bullicio de la ciudad, que en ese momento no hace más que incrementar su desesperación. Una suerte para algunos. Velreg Krer es quizá el individuo menos recomendable para la sociedad cuando está molesto.
Sin embargo, el vuelo fugaz del guerrero representa, para otros habitantes de Krytávir, una desgracia. Aquellos que centraban en él su última posibilidad de salvación le ven ahora pasar encima, como un cometa de sangre que ha decidido surcar los cielos lluviosos de la gran urbe sureña por tan sólo unos fatídicos segundos. Así, 14 o 15 ejecuciones tienen lugar en esos instantes, demostrando que Krytávir es una ciudad primermundista hasta en lo que a violencia pública se refiere.
Pero el rumbo de la estela de rubí no está tan mal trazado, como su propio autor lo imagina. Al norte de la inmensa urbe, en las faldas del Zerak Krer (montaña roja), justo en el sitio donde –más de mil años atrás– fueron construidas imponentes murallas para prevenir cualquier ataque del Imperio Grandeaxixiano, el mayor antagonista de REK encuentra su objetivo. Una inusualmente bella mujer danza, ataviada en bata de dormir, en medio de un claro del bosque. Y no existe la menor duda de que se trata de Kristigne.
El cómo se ha vuelto un por qué. ¿Alguna estratagema de Xrakus? Velreg Krer todavía no ha olvidado cuando el líder de REK utilizó recursos algo paranormales para agredirlo a través de Aundrah Arbvleda. Y aunque Kristigne no tiene aspecto de estar siendo dominada por un ente superior, no puede dejarla así. Desciende hasta el claro y grita su nombre, pero no hay respuesta alguna.
También sin respuesta están –en ese mismo instante– miles de personas en diversos puntos del mundo. Particularmente en aquellos sitios donde la fe fluye sin preguntas, sin razón y sin mayor preocupación que sostener la tesis de una protección divina. Pueblos aislados de Latinoamérica y África, tradicionales centros religiosos de Asia, y zonas de Europa y Surdania donde la sangre ha corrido recientemente y es necesario un elemento místico que consiga atenuar las diferencias.
Así, por ejemplo, en cualquier serranía indígena de cualquier país al sur de los Estados Unidos, en un lugar donde el caciquismo y la corrupción son algo cotidiano, se ha producido un milagro. Una fuerza mayor ha decidido que ese pueblo requiere de un elemento unificador. Estos hombres de pocas palabras y mucha fe podrán olvidar los colores de los partidos políticos que se disputan su favor. Quizá hasta las guerras entre familias que acompañan su desconfiado andar por el campo. Un joven sacerdote, que evoca las doctrinas de la derecha pero vive como un atrincherado soldado de izquierda, es el primero en descubrir la imagen que –sin duda– alude a la madre del dios hecho hombre cuyas enseñanzas se han difundido hasta el último rincón del orbe. Este clérigo comprende la necesidad de avisar en secreto al párroco, antes de que la gente del pueblo descubra el fenómeno. La empresa es imposible de realizar: la misa de 11 está comenzando, y este miércoles es un día festivo. La gente ha llenado el templo, y ya se pregunta por qué la imagen de su virgen ha sido sustituida de manera repentina por otra más imponente.
Entre las montañas de Asia, cerca del lugar más alto del mundo, ocurre algo similar. Una luz en el cielo ilumina la interminable meditación de los guías espirituales. Ellos no preguntarán demasiado. El mensaje es claro, y lo comunicarán.
En Almena, una población al noroeste de Tierra Verde conformada por una porción de los escasos inmigrantes latinos que han llegado al sexto continente, se produce un acontecimiento similar. Como no han olvidado sus tradiciones, los pobladores de esta pequeña ciudad intentarán difundir por un Estado primermundista y oficialmente ateo que la madre de su dios ha aparecido con un mensaje para todos los mortales.
Continuará...