KOHRTRU GA TRE

(LA ESPADA DEL CIELO)

Parte 2 de 15

Texto de Aldo Bonanni

Ultrastón es el héroe cósmico que desde hace siglos ha consagrado sus inmensos poderes a defender la causa de Rioser Pross, el preservador –antagonista de Brukus– que siente una gran simpatía por las razas inteligentes. Ambos argumentan que el desarrollo de éstas no atenta a la supervivencia del universo, si bien tampoco están seguros de que la aliente.

Ultrastón es el brazo armado de Rioser Pross, quien difícilmente interviene de manera personal en los asuntos del universo que él y Brukus vieron crecer. La fuerza y habilidades del milenario guerrero muy pocas veces han encontrado rivales dignos fuera de los preservadores citados. Solo, ha sido capaz de vencer a Anphranax, Skurián y Xrakus juntos, y –también– de salvar a la Tierra y a otras moradas de seres inteligentes en innumerables ocasiones.

Sin embargo, el reto que enfrentará ahora es el más difícil de su existencia. Sólo el superior intelecto de Rioser Pross puede saber si el intento de frenar a la nueva amenaza valdrá la pena.

–Lleva 2,000 años viajando a la velocidad de la luz. A ese paso, en menos de 24 horas llegará a la Tierra. En términos humanos, estará ahí a las 18:00 GMT del martes.

Las palabras de Ultrastón suenan huecas. Su voz es normalmente inexpresiva, pero sus acompañantes del sistema Eknugg saben cuando algo lo altera. Quizá no utilizaba esa inflexión al hablar desde que el mismísimo Brukus lo persiguió por toda la tercera dimensión para matarlo. Aquella vez fue necesario que interviniera directamente Rioser Pross, y Ultrastón se pregunta si acaso esta incontenible fuerza que desde hace dos milenios recorre el universo con un curso perfectamente trazado no requerirá de la misma medida.

La voz del preservador acaba con sus dudas, aunque no con sus temores:

–Debes comprender. No podemos alterar estos acontecimientos. Mi simpatía por los humanos es grande, pero Brukus defenderá a su guerrero si yo intervengo.

El guardián cósmico es el único en escuchar a Rioser Pross, pero sus sirvientes ya conocen el gesto que indica una comunicación mental con tan poderoso ser.

–No creo que temas a Brukus.

–No es temor, Ultrastón. Tengo una misión más elevada. El envía el látigo del sometimiento final a los humanos porque cree que éstos se han acercado a un nivel peligroso para la preservación del universo. Pero un enfrentamiento entre ambos sí pondría en riesgo toda nuestra realidad.

–Ya han combatido antes.

–Sí, pero en esas ocasiones no atentaba contra su creación perfecta. Si ahora luchamos, usará todo su poder...

–Y te obligará a ti a usar el tuyo...

–Así es. El resultado sería el despertar del caos. El universo acabaría ahí.

–Yo lo intentaré de cualquier modo.

–Tal vez sea una mejor opción. Ni Brukus ni yo estamos seguros del resultado de esa batalla. El no intervendrá como conmigo.

Cuando los terrestres llegaron al culmen de su pasión religiosa, Brukus sonrió. Sólo hasta entonces estuvo absolutamente seguro de que estos seres podían ceder a sus argucias sentimentales. Casualmente, esto ocurrió al mismo tiempo en que su guerrero perfecto, preparado durante millones de años, estuvo listo. El preservador dudó entonces acerca del lugar hacia donde lo enviaría. Pero uno de sus sirvientes le recordó la profecía. Sí, aquella que hablaba del guerrero escarlata en un planeta de la Vía Láctea. Esto pesó en la decisión final.

Han pasado ya 2,000 años de eso. El tiempo suficiente para que el singular ente, viajando a la velocidad de la luz, alcance la Tierra. Pero desde que hace nueve años pasó por el sistema Eknugg (llamado Sirio por los humanos, a más de 80 billones de kilómetros del sol que los calienta), el poderoso Ultrastón se alertó ante esta amenaza. El, que con un gesto puede darle alcance en cualquier instante, pese a la singular rapidez con que la creación de Brukus navega por el cosmos.

Faltan ya poco menos de 26,000 millones de kilómetros para que el arma perfecta alcance su objetivo cuando el guardián dialoga con Rioser Pross. Y cuando decide intervenir. No hay otra opción. Las fuerzas de los homo sapiens son poderosas, pero no lo suficiente para contener a tal enemigo. Por lo menos, no hay que correr el riesgo.

Parece un cometa multicolor. De hecho, para muchos de los seres racionales que lo han detectado, está catalogado como un cuerpo celeste más. Aun para los que habitan la Tierra, cuyos sabios ya se preguntan el motivo de su acercamiento gradual. Su interminable gama de colores es el camuflaje para evadir todos los cuestionamientos acerca de su naturaleza. Cada milésima de segundo cambia de una tonalidad a otra. Como un camaleón cósmico, ha sido capaz de engañar con esta técnica a miles de millones de criaturas que podrían haber intentado detenerlo. Pero tal estratagema no sirve ante el poderoso ser que ahora se yergue frente a él.

Ultrastón vuela con una celeridad millones de veces superior a la de su enemigo. Sólo así le ha sido posible darle alcance. Transmite su esencia con un pensamiento, y pronto se adelanta al paso del fugaz halo de luz. Se lamenta al hacerlo por no haber captado antes esta amenaza. Sus viajes por el cosmos, en defensa de las criaturas pensantes, se lo impidieron. Ahora, los propios preservadores observan el encuentro, inseguros de lo que pueda suceder.

La reacción del gladiador intergaláctico consiste en un acto muy lógico. Para él, que cuenta con el poder de desaparecer planetas enteros, no es difícil extinguir algo que, considera, está compuesto en su totalidad por luz. Así, utiliza su habilidad de la misma forma en que lo haría si quisiera detener a un cometa. De su mano brota un relámpago, en un principio luminoso, pero cuyo brillo pronto se extingue por completo hasta formar un vacío de oscuridad. El propósito de tal creación es que engulla al veloz cuerpo celeste. Pero no lo consigue. Ante el asombro de Ultrastón, su objetivo atraviesa el agujero negro sin la menor dificultad.

Ha sido el primer intento. Apenas una mínima muestra de lo que el regidor de Eknugg es capaz de hacer. En toda la realidad perceptible, él es el tercero en la jerarquía de poder. El cuarto si se cuenta a la fuerza generadora, pero ésa está “dormida”, y cuando despierte no será necesario contar, porque ya no habrá nada ni nadie más.

El siguiente paso es desintegrarlo. Un solo gesto y provocará una fisión en los átomos que conforman la creación de Brukus. Antes, debe alcanzarla de nuevo, pues han pasado algunos segundos, y ha avanzado millones de kilómetros. Una nimiedad para su oponente. Casi de inmediato, se planta frente a ella. La explosión que provoca con su segundo ataque es apenas equivalente a todas las detonaciones nucleares que los humanos han realizado desde que se internaron en el conocimiento de la desintegración del átomo.

Es difícil que Ultrastón manifieste algún sentimiento. Sin embargo, ahora sonríe ante la victoria. Permanece en su sitio observando la impresionante explosión. Se regocija al penar que los mortales a los que defiende pensarán –unas horas más tarde– que observan un cataclismo astronómico no previsto por sus aparatos. Tendrán un buen espectáculo nocturno, y jamás sabrán que éste fue producto de la destrucción de quien podía condenar a su planeta a un infierno.

Pero a millones de años luz, Brukus también manifiesta algo parecido al júbilo. Su guerrero no caerá tan fácil, y él lo sabe.

En efecto, el primer brazo de Rioser Pross se asombra al ver que los resultados de su embestida no son los comunes. La expansión de la energía es muy superior a la usual. De pronto, todas las partículas se vuelven a unir detrás de él. Más aun, el antes visible halo se fusiona con la oscuridad del espacio exterior.

La velocidad de raciocinio del guardián es superior a la que usa para viajar. En instantes imposibles de medir, concluye que el ente al que acosa se ha reintegrado y ahora pretende escondérsele.

La paciencia de Ultrastón ha llegado a su límite. Piensa que ha subestimado a su adversario. Es momento de dejar de lado las contemplaciones, pero... por otra parte, comienza a comprender la determinación de Rioser Pross. Es verdad que apenas ha utilizado los recursos más básicos que le permite su vasta capacidad. Sin embargo, también es cierto que en su último intento podría haber afectado a alguna estrella. El incremento de su energía también pondría en riesgo a seres como los que intenta proteger.

Así, termina por entender la defensa perfecta de la criatura, e intuye la carcajada del preservador que maquinó su gestación. Matarla sería una tarea fácil para él, pero tendría que utilizar su poder a un nivel en el que arriesgaría a toda la galaxia.

Aun por encima de esto, sabe que posee un último recurso. Una vez más, se adelanta al camino de la amenaza. Esta vez se limita a mirarla fijamente, como si quisiera ver a través de ella. El camuflaje nunca lo ha engañado, y hace una lectura de la verdadera naturaleza física de lo que tiene enfrente.

–No eres indestructible. Y serás más vulnerable cuando te completes –grita Ultrastón.

La luz viajera no responde. No al menos en un lenguaje que cualquiera pueda comprender. Cambia de color con mayor velocidad. Sabe que no puede burlar a su perseguidor, pero parece quererle mostrar que puede confrontarlo. El, por su parte, mantiene su penetrante mirada.

El fugaz “cometa” comienza a disminuir su velocidad. Ultrastón, a poco menos de mil kilómetros de distancia, permanece inmóvil. Pasan tres segundos, y el cuerpo luminoso se detiene en seco, a unos metros de él.

–Lo he congelado –exclama el héroe, como queriendo explicar su acción al vacío que le rodea. Nadie puede escucharlo, excepto quizá los preservadores.

Horas después, en un sistema a millones de años luz del planeta que peligra, Rioser Pross y Ultrastón conversan mientras miran lo que sucede con la criatura:

–¿Qué pensabas lograr al llevarlo al punto absoluto de congelación? –cuestiona el preservador.

–No puedo detenerlo sin poner en peligro cientos de sistemas, y tú lo sabías. Pero de algo les puede servir la prevención a los terrestres.

–Retrasaste en 24 horas su momento de llegada al planeta.

–El tiempo suficiente para que puedan observar la explosión que provoqué cuando quise desintegrarlo. La luz de ésta se anticipará unos minutos a su ingreso a la atmósfera de ese mundo.

–¿Y crees que comprendan? Pensarán en un fenómeno astronómico no previsto. Para cuando puedan deducir la verdad, el ente ya se habrá manifestado.

–Me extraña que olvides a las mentes prodigiosas que viven en ese sitio. He colaborado con ellos antes, y son capaces de descifrar este mensaje en el cosmos.

–¿Acaso no sería mejor avisarles en persona? ¿Por qué no me preguntaste si podías hacerlo?

–Porque conozco tu respuesta. Miro la injusticia de una batalla desigual, como las que he presenciado miles de veces, como en las que he intervenido. Tú y yo hemos sido factor de equilibrio para el universo.

–Siempre, Ultrastón. Y ahora, el sostenimiento de ese equilibrio nos orilla a no intervenir. Te ha llevado miles de años, pero creo que al fin has comprendido que no debemos dejarnos llevar por las emociones. Tu simpatía por los mortales terrestres no justifica tu intervención directa. Ya hiciste lo que puedes, y estás consciente de que esto no te compete. Es una realidad que no te pertenece. A mí también me conmueve, pero nunca dejarán de ser inferiores si seguimos pensando que lo son y tratándolos como tal. Ellos tienen sus soluciones. No podemos seguir con la arrogancia de creer que las nuestras son mejores.

–¿Qué nos queda, preservador? ¿Debemos sentarnos a observar su destrucción?

–Tal vez sí. Al menos por el momento. Llegará un día en que compartiremos el mismo cosmos. Las mismas realidades. Mientras tanto, sólo podemos decirles que TEMAN A ALVGAKRIST.

Continuará...