KOHRTRU GA TRE

(LA ESPADA DEL CIELO)

Parte 3 de 15

Texto de Aldo Bonanni

En el firmamento ya puede verse, aun entre la torrencial lluvia que –en lugares como Krytávir– cae. Los hombres no imaginan el significado, pero el arma de Brukus ha llegado a la Tierra. Eso sería suficiente. Sin embargo, nadie lo ha inferido.

Velreg Krer ni siquiera pone atención al cielo. No sabe que dentro de muy poco deberá encabezar a las distintas fuerzas que hay en el planeta para protegerlo, hasta que –quizá– él mismo, como el más poderoso de los mortales, tenga que enfrentar a la amenaza.

Y mientras el antagonista de REK ignora los acontecimientos, en diversos puntos del mundo hay revelaciones enigmáticas. Muy pocos cobran conciencia de la relación de éstas con la mancha luminosa que los observatorios más importantes del orbe ya están estudiando.

El mundo sigue su curso normal. Eso no le preocupa al recién llegado verdugo. Entre más se tarden los humanos en detectar el peligro, su poder sobre ellos será mayor.

Monseñor Gotebermo es el párroco del templo de la virgen de Almena. Aunque oficialmente está subordinado al obispo de Yamatana, su cargo es uno de los más preponderantes dentro de la jerarquía de la iglesia católica en el sexto continente, dada la fama de la imagen que adoran los inmigrantes latinos de esta ciudad.

Siempre ha sido un hombre sencillo y bondadoso. Pero el obeso cincuentón que ahora viste una elegante sotana negra poco tiene que ver con el pervertido que era de joven. Quizá no ha dejado de ser un pícaro, sólo que ahora también cree en causas importantes. Es el soporte moral para unos feligreses que trajeron de su país de origen un pesado complejo de inferioridad. Lograr que se adapten a la cultura terraverdena sin perder su religión es su tarea más importante, de acuerdo con sus propias consideraciones.

Sin embargo, su mayor preocupación en estos momentos no es la falta de fe de su gente. Por el contrario, no encuentra la manera de hacerle ver a los almenianos que la enorme imagen de una virgen que –misteriosamente– ha aparecido esa noche en el templo aún no debe ser considerada como herencia de un “prodigioso milagro”. Esta estatua, con más de cinco metros de alto y cubierta por un manto azul, ha desplazado violentamente a la consentida de los lugareños: la virgen de Almena, cuya imagen ahora yace quebrada en dos en el suelo de la nave principal. Aun ante tal afrenta, los latinos se dejan llevar por la superstición. Uno de ellos recuerda un pasaje de la Biblia donde se narra cómo el antigua arca de la alianza de los judíos fue capaz de quebrar una estatua del dios filisteo Dagón al ser colocada junto a ésta. La comparación se establece de inmediato. Sin hacer mayores conjeturas, la gente de este pueblo costero concluye que llevaba años adorando a una virgen falsa, y que la verdadera se ha presentado para dejarles su representación viva y corregir su error.

Pero el párroco no está dispuesto a dejarse llevar por las apariencias. Bien sabe que puede meterse en problemas si proclama de inmediato que todo ha sido un milagro. Por otra parte, está consciente de que no debe pisotear las creencias de su gente. Su misión –tal como él la visualiza– es orientar, no reprender.

El fanatismo ha cobrado otras víctimas en esa extraña noche. Los medios modernos permitirán que una persona dedicada a informarse se entere –en cuestión de minutos– de que cientos de “vírgenes” han aparecido en centros religiosos de occidente, mientras diversos casos de inexplicables “revelaciones” se han presentado a lo largo y ancho del continente asiático.

Velreg Krer no está al tanto de nada. Su mente se encuentra fija en una meta. Desciende sin notar la misteriosa luz que hay en el firmamento, pues sus ojos –en esos instantes– sólo ven a Kristigne.

Ella sigue bailando, y no parece escuchar a su enamorado gritarle.

Está como sumida en un trance, con los ojos cerrados. El hombre que la observa y vocifera su nombre infiere que no sería prudente despertarla de golpe. Finalmente, sus pies se vuelven a unir con la tierra. Se detiene a unos metros de la joven, y determina esperar mientras cuida los pasos de ésta. Con el correr de los minutos, se tranquiliza diciéndose a sí mismo que se encuentra ante un simple caso de sonambulismo.

Al fin, la hermosa rubia despierta... y cae al suelo. Versaga, alarmado, avanza presurosamente. No consigue evitar el contacto del cuerpo que le enloquece con la húmeda tierra, pero al menos está ahí junto para cuando ella abre los ojos con una expresión de incertidumbre. Ofrece su poderoso brazo como apoyo y espera la primera palabra.

Pero Kristigne calla. Con sus ojos azules parece estar preguntando qué hace en ese sitio, y para ella eso es suficiente. El hombre del disfraz color sangre ya comprende el lenguaje femenino. Sabe que debe hablar.

–No sé cómo llegaste aquí. Parece que caminas en sueños. Fui a tu departamento, y al no verte salí a buscarte. Te encontré aquí, bailando como una loca. Estabas dormida.

La antropóloga acepta la ayuda para incorporarse. Mira el suelo del bosque y sus pies enlodados antes de posar sus ojos sobre la figura de Harus.

–Es la primera vez. No sé qué fue...

–Ya te dije. Eres sonámbula. Y de las más peligrosas.

–¿Peligrosa?

–Para ti misma. Caminaste kilómetros fuera de tu casa.

El hijo de Zert no dice más. Toma a Kristigne en sus brazos y se eleva.

–¿Por qué me buscaste? –le cuestiona ella.

–Si no lo hubiera hecho podrías estar muerta.

–Harus... ¿ya viste el cielo?

–No acostumbro mirar arriba cuando está lloviendo, pero...

La voz de Velreg Krer es acallada por la magnífica luz que hay en el firmamento.

–Es como una supernova –exclama ella.

–No sé qué sea. Pero es hermosa.

Kristigne lo mira expectante. Sonríe mientras él no se da cuenta, pues no quiere mostrar su agrado ante lo que fue capaz de hacer por ella. Todo estaba terminado, pero quizá la rubia comprende que no podría sobrevivir sin su protección. Tal vez por eso se siente feliz ahora. Tal vez...

El obispo de Yamatana ya estaba durmiendo cuando recibió la llamada de monseñor Gotebermo. “Es una emergencia”, fueron las palabras del párroco de Almena, “la imagen de una virgen ha aparecido misteriosamente en el templo”.

Las instrucciones fueron precisas: mantener a la gente en calma y a la prensa lejos. Muy específicas, sí, pero nada fáciles de cumplir. Los feligreses se han resistido a abandonar el sitio del singular acontecimiento. No es sino hasta pasada la medianoche que el párroco de Almena puede mandar cerrar las puertas. La conmoción reina en la localidad, y ya algunos reporteros habían intentado comunicarse con él antes de que diera la orden de desconectar el teléfono.

Ahora, monseñor Gotebermo sólo piensa en descansar. Sin embargo, algunas ideas inquietantes le asaltan cuando se dirige a la alcoba. No es únicamente el procedimiento ante el caso de la imagen. Toda la atención que esto atraerá será suficiente para truncarle algunos proyectos personales. Aunque no tiene una explicación lógica para lo que ha sucedido, parece estar seguro de que no se trata de un milagro, por lo que no repara en maldecir al responsable, pues lo que menos deseaba en esos momentos era que los reflectores de la publicidad iluminaran su lugar de trabajo.

Reafirma esta idea cuando la hermana Yegrin le lleva el té que suele tomar todas las noches. Piensa en que su inevitable condición le ha llevado a mirar a esta religiosa de otra forma. Recuerda cuántas veces se ha imaginado lo fascinante que hubiera resultado como mujer si sus fracasos amorosos no la hubieran traumado lo suficiente como para volverse monja. La manera en que sutilmente mira sus caderas cuando ella se inclina para depositar la charola en la mesa de su alcoba revela por completo que el presbítero no ha cambiado nada desde que era un adolescente. Si bien no ha roto sus votos, nunca se ha prohibido a sí mismo el placer de regocijarse visualmente con las formas femeninas. Y sor Yegrin, con sólo 34 años, aún esconde bajo el oscuro hábito suficientes motivaciones para un clérigo regordete que no sólo cree en la teología de la liberación, sino que parece llevar a la práctica una modalidad aun más relajada del ejercicio sacerdotal.

–Hoy por la mañana vino la señora Tréllez –exclama la mujer, como queriendo romper el silencio.

–¿La colombiana?

–Sí, padre. ¿Qué se imagina usted que haya creído al ver a la virgen?

–Ten cuidado con lo que dices, Yegrin. No es una virgen. No estamos todavía seguros.

–Pero, ¿y si resulta ser verdad, padre? ¡La virgen se enojaría!

–La virgen no tiene por qué enojarse.

–¿Y el castigo divino?, ¿usted no tiene temor de Dios?

–¡Maldición, mujer! ¡Dios no castiga!

–Usted dirá lo que quiera, pero al mundo le hacen falta este tipo de cosas. Ya no hay fe ni principios.

–Tonterías. Vivimos en un mundo que tiene los mismos problemas morales que siempre, y la iglesia tiene que adaptarse al ritmo al que va.

–Pero, padre...

–Sí, no sé por qué te lo digo a ti, que todo te crees.

–Usted es el mejor párroco que hemos tenido. Al menos no es racista, aunque sea muy liberal.

–Por supuesto. ¿Acaso prefieres a esos padres que consentían todas las creencias erróneas con tal de no involucrarse con los latinos? Tenemos que guiar, y eso te incluye a ti. No puedes ser tan crédula. Tú no eres laica. Pero eso sí, le metes ideas locas a mujeres como la señora Tréllez. Ellos lo hacen por ignorancia, pero tú tienes educación.

–Perdóneme. La fe está para mí por encima de cualquier educación.

–La fe no puede ser ciega.

Monseñor Gotebermo no parece deseoso de continuar la conversación. Ya se ha olvidado de mirar a la hermana. Ha sucedido lo mismo de siempre. Su estupidez lo ha desencantado. Pasea por su recámara con nerviosismo, mientras la mujer de pálido semblante le mira sin mostrar emoción alguna en su gesto.

–No quiero que hagas público lo de la imagen, Yegrin. El obispo fue muy claro. Tal vez sea necesario que mañana mismo se informe al Vaticano. Pero mientras su santidad no apruebe esto, no se hará nada.

–No, padre. El papa tiene que estar de acuerdo. Esto viene de Dios. Como todo lo que sucede aquí. Almena es una ciudad sagrada.

–El Estado se ríe de la religión por escuchar boberías como las que dices. No hay ciudades sagradas. Dios está por todas partes y eso hace bendito a todo el planeta.

–No, padre. Usted no quiere creer, como no cree en que los espíritus protegen a la señora Tréllez.

–¿Cómo sabes eso? ¿Es que escuchas tras el confesionario?

–Los secretos de confesión deben ser rotos si la magnitud del evento lo amerita, padre.

–Lo que hiciste es un pecado, Yegrin.

–No he pecado. Ella me lo dijo aparte.

–Si es así, te has salvado de una buena reprimenda. Y ahora, vete a dormir. No quiero seguir escuchando idioteces. Y recuerda: no voy a darle crédito a la imagen. No hasta que Roma dé su aval.

El cura da por sentado que la religiosa obedecerá su orden sin chistar y le da la espalda, dispuesto a recostarse en su cama, previamente destendida para tal fin por otra de las monjas encargadas de su cuidado. No puede observar que la mujer le mira con desprecio. Tampoco consigue darse cuenta de que ésta ha extraído un puñal de su hábito.

–¡Usted no tiene temor de Dios, padre!

Monseñor Gotebermo no alcanza a defenderse. La hoja de metal se hunde repetidamente en su espalda, lo suficiente para que caiga al suelo, bañado en sangre, y muera instantes después.

La monja ha cumplido con su misión. Vuelve al templo y mira la imagen de la virgen, a la que le brillan los ojos y sonríe.

Continuará...