Texto de Aldo Bonanni
Una luz en el cielo es el único indicio claramente visible que los humanos tienen de la tragedia que se avecina. Pero mientras pueden percatarse de ello, el arma perfecta del preservador que odia a los seres inteligentes ya ha comenzado a actuar, eliminando por medio de sus agentes toda oposición a sus futuras acciones en la Tierra.
Sin embargo, las fuerzas que son capaces de actuar en contra de la amenaza no son tan ingenuas. Su experiencia como antagonistas de quienes durante siglos han manipulado a la raza humana es más que suficiente como para saber cuando éstos se disponen a perpetrar sus ataques.
Así, la charada ha comenzado. Los espectadores que estén capacitados para observar todo acontecimiento destacable en el cosmos podrán presenciar la batalla. Y aunque las apariencias luego de los primeros embates indiquen cierta disparidad en este encuentro, el movimiento de la balanza es todavía impredecible, al menos hasta que el verdadero enemigo decida dar la cara.
Akig Kirega Skorg no es un nombre muy significativo para quien no está familiarizado con la industria automotriz terraverdena. Por ello, no parece que este gerente de producción en la armadora Rantel pueda tener un papel en la guerra que está por comenzar. Pero muy pocos saben que tras la personalidad afable y discreta de este dedicado ingeniero se oculta un tenaz adversario de REK: Linze, el único soporte coherente que le queda –en forma de aliado– a Velreg Krer.
El guerrero que debe su poderío al intelecto nunca pierde de vista los acontecimientos. Aunque ha sido un pesado día laboral, abre la puerta que conduce al sótano de su casa, que en realidad es el centro de comunicaciones de la organización que combate a los engendros de Brukus en la Tierra. Cuatro computadoras, una cabina de audio, equipo de video y una amplia biblioteca conforman este modesto pero efectivo recinto que a la vez es un refugio para él y su amigo del traje escarlata. Enciende una de las televisiones y sintoniza un canal de noticias. Mientras escucha las mismas, hace lo necesario para abrir internet en una de las computadoras. Ya ha escuchado para ese entonces algunos comentarios sobre el fenómeno astronómico que se puede ver en el cielo esa noche, pero prefiere –guiado por una intranquila curiosidad– averiguar más en las páginas de Siakspel y de la NASA. Durante la espera para que su procesador más rápido accese a la dirección del primero, utiliza otra línea telefónica para comunicarse directamente con un funcionario de la agencia espacial terraverdena y confirmar que en la red exista la información que él busca. Por fortuna, sus contactos son suficientes como para conocer la verdadera trascendencia de las cosas. Sólo un hombre con información suficiente puede enfrentarse a REK, que para miles de millones de personas en el mundo es una paranoica fantasía de un puñado de locos.
Kirega no atiende ya la página de Siakspel. Su informante le ha dicho que por el momento no harán públicas las explicaciones que los astrónomos le han dado al suceso. Sin embargo, le reitera la importancia. Es probable que la existencia de una estrella cercana al sistema se haya confirmado de la peor forma: enterándose de su virtual destrucción, lo cual implica que el planeta puede estar en peligro.
Pero a Linze no le interesa demasiado profundizar. Sabe que deberá pasar una etapa crítica, y si no sucede nada entonces, la Tierra estaría a salvo, al menos de la amenaza que los científicos intuyen. Para él, existe otra. Molesto ante la falta de evidencia, decide continuar viendo las noticias, intentando relajarse con ello. Pero las horas pasan, y la calma nunca llega.
Otro que tampoco parece estar tranquilo es Velreg Krer, quien ahora vuela hacia la morada de su amigo con un nudo en la garganta. Es difícil que un hombre como él sienta deseos de llorar, pero Kristigne tiene mucho más poder para dañarlo que muchos de sus enemigos juntos. Hace apenas media hora que la ha dejado en su casa, y ya ha escuchado una vez más que no desea volver a verlo. La razón sigue siendo poco clara.
Ahora, el antes incólume gladiador escarlata no tiene el más mínimo deseo de continuar con su papel de justiciero. Sin embargo, sabe que éste le puede traer un consuelo mucho mayor que el de maestro universitario, que es su otra opción. Al menos tendrá una manera de desquitarse. Por otra parte, aún no está del todo determinado a ceder con respecto a su rubia pareja creyente.
Es ya de madrugada cuando el movimiento de una silueta rojinegra despierta a Linze. Ambos aventureros han pasado mucho tiempo juntos. Y como su unión obedece a un móvil esencialmente desagradable, no consideran necesario saludarse. No necesitan mayor muestra de estima que las innumerables ocasiones en que se han salvado la vida el uno al otro.
El ingeniero dormita con los monitores encendidos, seguro de la llegada de su compañero. Cuando lo ve entrar, procura evitar cualquier comentario acerca del descuido de éste, pero no puede reprimir un gesto de desaprobación. Versaga, por su parte, se limita a estirarse y suspirar.
–Hay nuevas, Harus –exclama Linze.
–No me interesan.
–Deberían. He estado analizando varios acontecimientos extraños esta noche. Si de algún modo estuvieran relacionados entre sí, estamos en verdaderos problemas.
–Muy bien, paladín. Resuélvelos tú sólo. Estoy harto de todo esto.
–Así como a ti te son indiferentes estas cosas, a mí no me importa en lo más mínimo lo que te haya hecho ella. Sólo puedo decirte que si no reaccionas, tu Kristigne también podría ser una víctima.
–Perdón, Akig. Creo que tienes razón. No puedo personalizar mi labor. Después de todo, en algo tengo que usar mis poderes.
–No hay caso si Kristigne ya mató todas las convicciones que tenías contra REK. Aun con todo el poder del que te ufanas serás inútil si no centras tu objetivo.
–¿Qué tan importante es? ¿Tienes café?
–Hay un poco en mi escritorio, pero tienes que calentarlo.
–Esperaba eso al menos. Un café caliente. Ya no quise pensar en un agradecimiento. Caminaba sonámbula, bajo la lluvia. Podrían haberla atropellado o no sé. Pero “su noble hidalgo la rescató”. A cambio sólo recibí un “lárgate. Sal de mi vida”.
–¿Quieres que hablemos de eso primero?
–No. Ya no vale la pena. Mejor dime a quién puedo destazar para desahogarme.
–Ojalá te tuviera a alguien.
Velreg Krer levanta su máscara para beber el café que no dejó calentar bien. Aunque aparenta seguir escuchando, su mente está en otro sitio, y Linze se percata de ello, pese a lo cual sigue hablando.
–¿Entonces me hablas de esa luz en el cielo como un peligro? Son patrañas, Akig. Si Siakspel tiene razón, ni tú ni yo podemos hacer nada.
–Es obvio. Pero no creo que el fenómeno tenga que ver con la explosión de Némesis.
–¿Némesis?
–La estrella. Así la llaman. Pero esto parece otra cosa. Aunque los científicos no lo reconocerían, hay indicios de que un cuerpo celeste que provenía del exterior del sistema ha penetrado en nuestra atmósfera. La luz pudo ser el producto de su choque con un cometa, un asteroide o cualquier otro de los millones de objetos que puede haber más allá de Plutón, en la nube de Oort. Tanto Siakspel como NASA han estado ocultando esta información. Pero lo que no me pudieron esconder fue mis archivos de astronomía. En ellos encontré registros de la observación de un aparente cometa que en los últimos años se había estado acercando al planeta a la velocidad de la luz. De acuerdo con su trayectoria, nos aproximamos a la fecha en que debía chocar con nosotros. Quizá eso ocurrió esta misma noche.
–Pero no hubo efectos considerables si eso pasó.
–Es justo lo que me preocupa. Pudo desintegrarse al contactar con la atmósfera y caer sólo fragmentos en la Tierra.
–¿Qué es lo que quieres hacer?
–En sí, investigar. Creo poder ubicar en cuestión de horas dónde pudo caer. Eso nos garantizaría que los astrónomos están equivocados, y tú podrías seguir lloriqueando por tu mujer.
–Gracioso, Kirega. Muy cómico. Pero si no encontramos nada, ¿qué sugieres?
–No estamos inutilizados como piensas. Si combinas tu energía con las de Argor y Zaxtel es probable que puedan crear proyectiles que sirvan para desviar los fragmentos de la estrella que se dirijan al planeta. En su defecto, podemos convencer al gobierno de dirigir algunos de sus misiles al espacio.
–Una obra noble. Me hablaste de otras cosas.
–Lo demás no tiene por qué interrumpir tu suplicio amoroso. Puedo ocuparme de eso.
–Platícamelo de cualquier modo. Todavía tengo café.
–Hay una cantidad extraordinaria de locos que parecen estar propagando milagros en diferentes partes del mundo esta noche. No hay datos oficiales, pero ya sabes que a la red no escapan esas cosas. Cuando buscaba datos sobre el fenómeno cósmico en la página del Tecnológico de Ronayra, me llamó la atención un encabezado de su gaceta. Supongo que mañana habrá más información, pero un anónimo alertó a varios periódicos del noroeste de la aparición de una imagen milagrosa en un templo católico de Almena. Como no decían nada en las noticias de lo de la luz, busqué más acerca de esto en esas páginas hechas por fanáticos religiosos. Lo de Almena se ha repetido miles de veces en una sola noche.
–¿Qué tiene de importante todo esto?
–Tal vez nada. Pero no te extrañes si se desata una ola de fanatismo. Ya algunos proclaman en la red una revolución “de la fe” ordenada por su diosa.
–¿Qué diosa?
–Una supuesta virgen.
–Una soberana estupidez. Deja que Kristigne lo sepa. De seguro lo creerá.
–Creí oírte decir que ya no la verás.
–Es lo que pretende. Yo me voy, Akig. La próxima vez mejor ponte a jugar algo en una de tus computadoras o ve una mala película. Es preferible eso a estarle haciendo caso a tonterías de religiones. Si REK quiere aprovechar a estos locos para hacer algo, yo mismo los destriparé con gusto. Me van a recordar una de las muchas facetas que odio de Kristigne.
El guerrero escarlata abandona el recinto, dejando a Linze pensativo. Ambos ignoran lo estrecho de la relación entre los acontecimientos de los que han hablado. Quizá lo reconsiderarían si pudieran ver lo que al alba comienza a suceder. De la propia Almena, apenas consternada por el sangriento fin de su párroco, han salido varios camiones rumbo a las poblaciones cercanas. Cuando los rayos del sol ya iluminan la playa, uno de ellos arriba a Yamatana, capital de la provincia donde se ubica la colonia latina, y quizá la ciudad más importante de toda la costa oeste. Ahí, los fanáticos dan comienzo a su obra.
El humo cubre las antes paradisiacas playas. Los principales bares y prostíbulos, a punto de concluir con su actividad nocturna, son atacados. Las mujeres que venden su cuerpo noche tras noche son acribilladas por las ráfagas. Sus infortunados clientes pierden de un tajo el instrumento con el que obtuvieron su placer. Los expendedores de droga y licor son ahorcados o desollados. Los consumidores gritan mientras su piel es consumida por las llamas. Entre el caos revestido con los cadáveres, los trozos de vidrio, el humo, las balas perdidas y los coches destrozados, el Ejército terraverdeno se dispone a actuar.
Sin embargo, estas acciones no constituyen un fenómeno aislado. La sanguinaria represión contra los considerados pecadores se puede multiplicar tanto como el número de vírgenes que han aparecido. Aun así, los atacantes en Yamatana parecen ser los más peligrosos. Los guerreros no intuyen lo cerca que está el enemigo principal.
Continuará...