KOHRTRU GA TRE

(LA ESPADA DEL CIELO)

Parte 5 de 15

Texto de Aldo Bonanni

La sangre ya ha comenzado a correr en el planeta de los humanos. El castigo apenas se inicia, pero las terribles consecuencias de lo que el enviado de Brukus pretende ya pueden ser vistas sobre las ciudades que se atrevieron a desafiar las leyes religiosas.

Linze está cada vez más cerca de la verdad, pero al único hombre que puede aspirar al éxito frente al peligro no parece interesarle nada.

Aun así, la moneda se encuentra girando en el aire. La furia que se alberga en el hijo de Zert –después de todo– podría ser una nueva esperanza para la Tierra. Aunque su fuerza obedezca a una catarsis sentimental y no a la razón, como Ultrastón y Rioser Pross hubiesen deseado, puede ser de utilidad para frenar esta nueva lengua de fuego que ha decidido someter la placentera vida de todas las Sodomas de las posmodernidad.

Entre la muerte y el miedo, en medio de la histeria que la luz “divina” ha generado, el espíritu que viajó 2,000 años está listo para fusionarse con su cuerpo, preparado durante más de dos décadas.

La estación de policía de Yamatana también fue atacada, y se prevé una agresión a las bases que el Ejército tiene en esa ciudad. Lo más sorprendente de todo es el armamento con el que estos extraños guerrilleros cuentan. Aunque no son precisas las características de éste, se sabe que ha bastado para destruir por completo decenas de locales comerciales de la zona costera en unas cuantas horas. Probablemente se trate de bazucas, y no se descarta el uso de rifles de alta potencia que pudieron ser robados de instalaciones militares o vendidos por los países enemigos del régimen perfeccionalista.

La voz de Gred Ñuga, corresponsal de una red radiofónica nacional de Tierra Verde, indica consternación, y no se trata del tradicional tono exagerado tan común entre sus colegas. Para ella, que ha estado en Yugoslavia, Irak y Melfa, es difícil encontrar algo sorprendente.

Se han denominado “Caballeros de Dios”. Su única misión, dicen, es preparar el camino del enviado, el que habrá de purgar al mundo antes de que el propio juez divino baje. Lo anterior se sabe por las pintas que hicieron en las paredes de los establecimientos destrozados y por testimonios de sobrevivientes.

Akig Kirega apaga la radio de su oficina en Rantel cuando Ñuga pone al aire una declaración grabada. Duda para llamar a Versaga a la Universidad de Krytávir y darle la tradicional clave. Finalmente, no lo hace. Aún no es un asunto lo suficientemente grave como para que la intervención del angustiado héroe sea necesaria. El o cualquier otro puede atenderlo. Más aun, es probable que el Ejército consiga controlar a estos locos ese mismo día, sobre todo si se considera la frialdad –excesiva en ocasiones– con que los militares terraverdenos suelen comportarse.

Y mientras Linze titubea, los agentes del enviado actúan sin chistar. Quienes los han visto no dejan de sorprenderse por lo acertado y antagónico –a la vez– de su aspecto.

Enfundados en túnicas que resultan similares a las de los primeros cristianos, contrastan esta amable apariencia con las metralletas y el resto de las armas sofisticadas que portan para asesinar a todos los “pecadores”.

Yamatana no es la primera ciudad de Surdania en ser atacada. Como si el sol guiara a la muerte, los extraños guerrilleros han ido apareciendo en diversos países del mundo conforme el alba los va alcanzando. Así, la propia periferia de Krytávir ya había albergado actos de violencia religiosa una hora antes que el puerto occidental. Sin embargo, ningún grupo parece tan peligroso como el salido de Almena.

Para Harus Versaga es el inicio de un día difícil. Se levanta de la cama apenas mira la luz del sol, pues su angustia por Kristigne no le permitió conciliar el sueño en toda la noche. Es jueves, y para encontrarla debe volar hasta Tokira. Eso es fácil para él, pero ella no quiere verlo. Y a pesar de todo, ha reflexionado y se siente mejor. Esperará el regreso de su ex amante y lo intentará una vez más. Si ella vuelve a rechazarlo, dará por terminada la relación. Ninguna mujer –a fin de cuentas– vale la pena como para dejarlo todo. Velreg Krer –ha pensado– no tiene por qué morir si la antropóloga deja de ser la compañera de Versaga.

Para en la tarde ya está enterado de los hechos. Aunque no puede ocultar cierto repudio por esos fanáticos, no le da demasiada importancia al asunto. Prefiere llamar a Linze cuando está a punto de salir –a las 7 de la noche– y proponerle que se distraigan ocupándose del problema de la luz.

En contraparte, Kirega no se ha despegado de los medios para estar informado del asunto de los Caballeros de Dios. Toma la llamada de su aliado en cuanto la secretaria le informa. Ha cambiado de opinión y le recalca al héroe que la situación puede ser complicada.

–¿No estás exagerando, Akig? ¡Qué el Ejército se ocupe!

–Cállate. Nos vemos donde siempre en una hora. No hables por teléfono.

Velreg Krer no insiste. Cuelga y se dispone a salir de la universidad. Toma un taxi y le pide al conductor que lo lleve al departamento de Kirega, a menos de 10 minutos de donde está. Mientras observa las torres del antiguo Palacio Imperial, el recuerdo de la rubia lo asalta una vez más. Duda entre ser firme o llamarla, ignorando cuál pueda ser la mejor opción. Quizá si la deja en paz un rato, ella meditará y correrá a sus brazos. O tal vez no haga nada. Por otra parte, él ya no es tan joven. Teme, pues si bien no cree en el matrimonio, tampoco en la soledad eterna. Nadie lo ha comprendido mejor que ella. Ninguna es tan cercana a su ideal de pareja. Odia muchas cosas de Kristigne, pero ama que lo escuche y que sea tan desinhibida en la cama. En su agitada existencia sólo se ha topado con bobas fogosas, genios mojigatas o dulces adefesios. Kristigne está lejos de ser perfecta. Tiene un poco de todo, pero en proporciones tolerables. Por eso lo tiene obsesionado.

No hay tiempo para pensar más. El vehículo está frente a la entrada de la casa de Kirega. Paga las tres ballertas y en menos de 10 segundos está tocando el timbre.

El hijo del ya fallecido funcionario del DRK que dedicó su vida a perseguir a REK abre de inmediato, como si esperara tras la puerta.

–Siempre se te olvida hablar en clave cuando conversamos por teléfono, Versaga. ¿Quieres que REK nos reubique y nos aniquile junto con tu Kristigne?

–Ya no la menciones. Mejor háblame de tus preocupaciones por esos fanáticos.

–Ellos no me interesan gran cosa. No como un grupo al que el Ejército puede aplastar de un soplo. Pero empiezo a temer que hay más.

–¿Ya se te olvidó lo de la luz?

–No. Creo que ambas cosas están relacionadas. Ya me ha sido posible precisar el sitio donde cayeron fragmentos de este cometa. En realidad, fueron más que fragmentos. Toda una estela de luz se hundió en el mar.

–¿Eso tiene explicación?

–¿Te parece lógico que un cometa o algo similar se hunda en las aguas como si hubiesen arrojado una antorcha a éstas? Físicamente es algo difícil de explicar.

–Pero tú y yo hemos presenciado muchos desafíos a las leyes físicas, Linze.

–El hecho es que ocurrió, y cayó muy cerca del origen del problema religioso: en Almena.

–Ahí vive un amigo de Kristigne. Y no es cualquier amigo. Se trata de monseñor Gotebermo, el párroco del pueblo.

–Tengo noticias sobre él. Murió anoche, apenas unas horas después de la misteriosa aparición de una imagen. Los medios no han dicho nada, pero los fanáticos se han encargado de propagar rápidamente que el cura falleció a causa de sus pecados y su desobediencia para proclamar a la nueva virgen como milagrosa.

–Malditos enfermos. El era uno de los pocos católicos que me simpatizaban. Hasta me ayudó indirectamente. Le quitó muchas ideas mojigatas a Kristigne.

–Lo único que es un hecho es que el grupo que más problemas ha dado, el mismo que atacó Yamatana, salió de Almena.

–Tu conclusión es lógica. Algún alien ha desencadenado una histeria religiosa en el mundo. Propones encontrarlo y exterminarlo. Lo más probable es que se oculte dentro de alguna estatua. Han aparecido miles en todo el orbe, así que tenemos mucho trabajo.

–¿Y REK?

–Iba a preguntarte eso. No creo que Xrakus sea ajeno a todo esto.

–Yo sí, Harus. El modo de proceder de esta criatura es demasiado descarado. No tiene la prudencia ni la discreción de REK.

–Tal vez eso es lo que Xrakus quiere que pensemos.

–Hay que hacer algo. El Ejército se encargará de los revoltosos. Nosotros tenemos que buscar al enemigo mayor. ¿Estás dispuesto?

–No lo sé. Podríamos encargárselo a Mlikuziages.

–No sería justo, Harus. Ellos están ocupados en América y nosotros no hemos tenido muchos problemas acá.

–Está bien, sólo dame un día más.

–También se lo daría a ese alienígena.

–No. Comienza la búsqueda. Mañana en la noche estaré contigo.

–No tengo temor por mí. Ya no hay nada que pueda perder, pero tampoco garantizo que pueda hacer algo de utilidad si esa cosa es tan poderosa como me estoy imaginando.

–No trates de hacerme sentir culpable. Aguanta un día y yo acabaré con el problema. Recuerda cuando vencimos a Anphranax y a sus guerreros, o cuando frustramos los planes de Kranash. Enfrentamos también a un androide demente e indestructible, y todo eso sin contar las veces en que Xrakus se ha visto en problemas con nosotros. ¿Habrá algo después de todo esto que no te permita sobrevivir?

–Creo que no. Procura no tardarte.

–Limítate a investigar y espérame.

–Te voy a dar el receptor. Captarás los mensajes que envíe con mi multilente. Espero que puedas llegar pronto. Esté donde esté.

La preocupación de Linze no es infundada. Aunque él y Velreg Krer carecen de datos fidedignos para comprobar su teoría, ésta se encuentra muy cercana a la verdad. Y si pudieran contemplar lo que a unos kilómetros de Krytávir sucede, se alarmarían en serio. El enviado de Brukus, tal como Ultrastón lo constatara horas antes, es capaz de romper todas las leyes de la física. Por ello, miles de creyentes ciegos en el mundo se alegrarían al pensar que esta criatura puede estar –como lo dictan sus dogmas– en varios lugares al mismo tiempo, al menos en apariencia. Para quien tiene una experiencia de 2,000 años viajando a la velocidad de la luz, la Tierra es un lugar que se puede recorrer de un punto a otro en un parpadeo humano. Así, surca los casi 4,000 kilómetros que separan las dos costas de Tierra Verde apenas concluye su fusión. Menos de un segundo después, disminuye su sorprendente celeridad para poder mirar claramente, desde el firmamento, la obra destructora que perpetran sus lacayos.

Los Caballeros de Dios se regocijan al recrear actos inquisitoriales adormecidos durante siglos. Como una ráfaga, su inspiración cruza el cielo de Yamatana, enrojecido por el ocaso.

Gradualmente, el manchón va cobrando forma mientras desciende. La luz blanca parece congelarse, hasta formar un par de alas resplandecientes y magníficas. El cuerpo es humano, en su versión quizá más estética: la femenina. Sin embargo, este ejemplar no es nada delicado. Brazos y piernas poderosas van surgiendo de entre los cada vez menos luminosos destellos. Una sedosa y larga cabellera dorada envuelve poco a poco la cabeza. El tórax, con la estrecha cintura y los abundantes pechos, se cubre de una armadura plateada. La piel sigue manteniendo un color claro, pero ya no brilla. De hecho, cuando concluye la transformación, solamente los ojos parecen seguir siendo la luz, y se resisten a adoptar cualquier color.

La criatura extiende su brazo derecho. De su mano brota una espada de fuego. Aletea con lentitud, y sus botas de metal tocan la arena de la playa. Los fanáticos no necesitan que diga nada. Se arrodillan ante ella apenas sienten su mirada. Finalmente, uno de ellos decide hablar:

–Es el ángel del señor, hermanos. Ha llegado.

Continuará...