Texto de Aldo Bonanni
El enviado se ha manifestado. Las armas de sus lacayos se han bendecido con la sangre de quienes cometieron el crimen de comportarse simple y sencillamente como los humanos que eran.
Sin embargo, a pesar de las tragedias que ya han tenido lugar, lo peor apenas está por venir.
Ella tiene forma de ángel. Es la diosa perfecta que los hombres de mucha fe esperaron durante milenios, hecha a la imagen más agradable para ellos.
El tiempo de gracia ha pasado. Ni Velreg Krer ni Linze, ni ninguno de los demás guerreros del planeta fue capaz de prever acertadamente lo que ocurriría. Ahora, están cerca de experimentar en carne propia qué tanto es el odio que Brukus, en nombre de la supervivencia universal, le tiene a los terrestres.
La fuerza superior del arma perfecta no dilatará en asestar el golpe más contundente del castigo, muy probablemente dirigido al único ser que podría combatirla con posibilidades de éxito.
Los Caballeros de Dios se han hincado ante el ángel. Ella, con toda su aterrorizante magnificencia, demuestra que eso era lo que esperaba. Pero no se limita a observar cómo le adoran. Mientras sostiene su espada ígnea con firmeza, deja brotar su melodiosa pero imponente voz femenina:
–Bienaventurados, mortales fieles. Su fe los ha salvado, y se han bañado en la sangre de los pecadores, tal como el dios supremo lo quiere. Pero ustedes han sido solamente el principio que él deseaba. Yo vengo a completar la labor de purga y justicia. A enfrentar a los adversarios más peligrosos. A preparar el camino del juez. Yo soy Alvgakrist, el arcángel más poderoso. Préstense a seguirme y serán salvos.
Los guerrilleros están pasmados. Algunos de ellos tiemblan y sudan frío. Pero ninguno se atreve –siquiera– a levantar la mirada ante tales palabras. La voz de la criatura ha retumbado, fusionándose su sonido con el viento, que parece querer reclamar ante tanta arrogancia. Sin embargo, quienes han visto y escuchado a Alvgakrist están seguros de que ninguna fuerza natural del mundo humano sería suficiente para apenas arrancarle uno de sus dorados rizos. El poder inconmensurable puede sentirse en kilómetros a la redonda. El Ejército terraverdeno ya se moviliza para acabar con el desorden que los fanáticos crearan en Yamatana, pero hasta el más valeroso e incrédulo de los soldados se dirige a la playa con desconfianza. La derrota puede olfatearse en el aire. Es posible leer en el cielo rojizo lo inútil que será enfrentar a ese enemigo.
Sin embargo, el arcángel no tiene intenciones de iniciar una batalla directa. Para eso están sus esclavos. Los mira de nuevo, no sin cierto desprecio, y les ordena levantarse:
–Los guerreros que quiero no deben postrarse más. Y esas armas y esas ropas no les servirán ante nuestros peores enemigos.
Alvgakrist hace un gesto. Decide transformar a los ya de por sí peligrosos inquisidores en máquinas de guerra que le hagan más honor a su nombre. Una luz intensa los cubre. Al disiparse ésta, las túnicas se han vuelto armaduras relucientes. Las metralletas, bazucas y rifles han sido sustituidos por armas medievales cuyo brillo –sin embargo– revela que su poder es mucho mayor al de las anteriores, que aparecieran “milagrosamente” en Almena hace unas horas.
–Vayan, Caballeros de Dios. Aniquilen a todos los infieles. Yo me reservaré a los más fuertes.
Los hombres obedecen de inmediato. Ebrios por el elixir de sus nuevas habilidades, no vacilan en probar sus armas con los objetivos más próximos. Un helicóptero de la milicia sobrevuela la zona. Unos segundos más tarde es derribado por una flecha de energía lanzada con un arco de aspecto mágico.
Mientras se preparan para continuar con su obra. Alvgakrist mira el cielo. Sus alas se abren. En una fracción de segundos, se eleva y desaparece entre las nubes. Por desgracia, nada indica que no vaya a volver pronto.
Es la noche del jueves. Linze saca de un compartimiento secreto de su sótano una formidable obra de ingeniería. El vehículo no sólo es anfibio y todo terreno. También está preparado para volar, aunque a los ojos menos imaginativos pudiera parecer un simple automóvil. Pero Akig Kirega lo construyó –utilizando la tecnología de Rantel y su inusual ingenio– con la finalidad de que lo pudiera transportar a cualquier lado y en cualquier circunstancia. No ha podido probarlo del todo. Ahora es una ocasión perfecta.
El motor ruge y las luces se encienden. La carrocería dorada refleja la luz de la luna cuando sale a la intemperie. Linze lo hace recorrer poco más de 200 metros a una velocidad que haría ver a un fórmula uno lento. Al cabo de esa distancia, el impresionante aparato se eleva. Su conductor ajusta el cinturón de seguridad, el arnés que incrementa su fuerza física y el famoso multilente por el que adoptó el nombre del felino de aguda vista. El curso que traza en la computadora integrada le permitirá llegar a Yamatana en unos minutos.
Otro hombre que suele hacer de la navegación celeste un recurso para burlarse de las distancias dibuja una línea roja sobre el cielo de Krytávir. Luce tranquilo, aunque piensa si podrá verse así al concluir su entrevista. No quiere parecer irresponsable. Nunca le ha dado crédito a sus corazonadas. No él, que es tan racional. Sin embargo, ahora tiene un presentimiento que le hace imaginar el peligro que corre Linze. Y no piensa abandonarlo. No es que le dé más importancia a sus problemas sentimentales. Es sólo que sabe muy bien que será más efectivo si se quita la preocupación llamada Kristigne de la cabeza.
Cuando alcanza la ventana del departamento de ella sonríe, pues alcanza a ver que viene llegando. Es algo más tarde de la hora usual en que regresa de Tokira, pero nada importa si ya está ahí. Sin solicitar permiso alguno, ingresa en la morada, tal como lo hiciera en la noche anterior.
Kristigne no lo rechaza. No al menos al primer instante. Lo mira inexpresiva. Un segundo más tarde, hasta parece querer sonreírle.
–Tal vez no fui clara –le dice, mientras se quita su abrigo.
–Lo fuiste, Kristigne. Pero no estoy dispuesto a acatar tu disposición sobre lo nuestro.
–Creí que estarías ocupado. En el camino venía escuchando las noticias acerca de lo que sucede con los guerrilleros.
–Eso no es lo peor. Tuve muchas razones para venir, y una de ellas es una triste noticia para ti.
–Harus... habla pronto. Quiero dormir.
–¿Has sabido algo de monseñor Gotebermo?
–¿Esa es la mala noticia? Agradezco tu preocupación, pero ya estaba enterada. Sor Yegrin me llamó en la madrugada de ayer. Me platicó del accidente en el que murió.
–Lo siento.
–No lo creo. Nunca te simpatizó. Tú odias todo lo que tiene que ver con religiones.
–La segunda parte es cierta. La primera no. Gotebermo era diferente. Si todos los clérigos fueran como él, yo mismo podría creer en todas las boberías acerca de un dios.
–Si estás aquí para burlarte de mis ideas, no pierdas más el tiempo. Puedes salir por la puerta como la gente normal o irte de la misma manera en que llegaste: como el fenómeno que eres.
Velreg Krer calla. Ante esas palabras, podría matar a cualquiera. Pero a ella no puede siquiera contestarle. La mira, y puede presenciar lo que la rutina hace. Es tanto lo que compartieron, que Kristigne ha perdido el pudor y, con absoluta indiferencia, se desnuda hasta quedar en ropa interior. Harus piensa que sólo una mujer puede tener tanta frialdad en ese momento, pero intenta fingir que a él tampoco le afecta el suceso.
–Vengo a proponerte algo sensato.
–¿Tú? La sensatez no es parte de tu vida, Velreg Krer.
–No pienso abandonar mi vida. Linze puede estar en peligro. Fue a buscar a la criatura responsable de la luz que vimos anoche y de las matanzas que han hecho sus seguidores.
–¿Qué criatura?
–Los detalles no importan. Esa vida nunca te ha interesado.
–No es por ti.
–No te lo diré de cualquier modo. A lo que vine es a pedirte una excepción final. Es probable que en esta ocasión no vuelva. Presiento algo grave.
–Pero si tú siempre has dicho que los presentimientos no son más que estupideces.
El tono de la antropóloga ha dejado de ser irónico. Sus ojos muestran preocupación, y Versaga vuelve a convencerse de que bajo la coraza del duro trato todavía se oculta la mujer que lo ama.
–Lo que te voy a pedir es muy difícil, Kristigne. Más si en verdad significo algo para ti. No pienso desertar ni romper nuestro trato. Quiero solamente estar seguro de tus sentimientos. Quiero escucharte decirlo y me iré. Aunque sobreviva, no volverás a verme.
–Harus...
La voz de Kristigne refleja ternura. Se acerca al hombre y le acaricia el rostro. El trata de contener las lágrimas. Su máscara le ayudaría a que no se vieran, pero la atractiva rubia ya se ocupa de quitársela.
–¿Qué más quieres saber, tonto? Te amo.
–No es un simple egoísmo. No quiero enfrentarme a un enemigo tan poderoso estando poseído por mis pasiones. Tus palabras me han dado tranquilidad. Así podré luchar con una frialdad honesta.
La joven parece otra. Con una extraordinaria mezcla de dulzura y lascivia, se dispone a acceder a la petición de Versaga de un modo que él no esperaba. Todavía con el sostén y la tanga negras como única vestimenta, lo abraza y lo besa prolongadamente. Con un ligero empujón, lo conduce hasta la cama. Sin dejar de besarlo repetidas veces, lo acuesta y se sienta sobre él. Harus exhala aceleradamente, mientras Kristigne se contonea con cadencia sobre su entrepierna y le acaricia involuntariamente la cara con sus cabellos dorados.
–No tienes que irte para siempre –le susurra ella al oído–, puedes volver a mí si sobrevives. Y estoy segura de que lo harás.
Kristigne no deja de bailar sobre Velreg Krer mientras se quita el sostén y muestra sus níveos y redondeados senos. El puede experimentar con los torneados muslos que envuelven su tórax mientras mira los pezones rosados y erectos acercarse cada vez más a su boca. El aroma a flores del shampoo de la chica se confunde con el sabor de su blanca piel y el frío provocado por el flujo vaginal que escurre de entre sus piernas.
Otros líquidos se deslizan por la piel de muchos hombres al extremo opuesto del país. El fuego, los gritos y la sangre acompañan a los tanques hechos chatarra y a los aviones derribados. Varios soldados aúllan ante el dolor de la mutilación. El poderoso Ejército terraverdeno comienza a sucumbir ante una fuerza muy superior. La única posibilidad de que las sofisticadas armas de una de las dos grandes potencias militares de la Tierra eliminen a los Caballeros de Dios presenta la misma paradoja a la que Ultrastón se enfrentó cuando quiso frenar a Alvgakrist. Si el gobierno de la RPUTV (nombre oficial de Tierra Verde) utilizara sus mejores recursos, destruiría también a su propio pueblo.
Nadie más entre los humanos puede viajar con tal rapidez usando sólo sus pies. Ante los siete engendros creados por Alvgakrist se planta la figura de un hombre de melena rubia. Su traje rojo ostenta en el pecho una swástica negra sobre un círculo blanco. Es el símbolo de Blitzkrieg.
Continuará...