Texto de Aldo Bonanni
Velreg Krer aún no reacciona, pero otros ya lo han hecho. Alvgakrist ha preparado a sus esclavos como para que puedan vencer a las fuerzas convencionales de los humanos. Falta la clase superior. Aquéllos que poseen el poder de enfrentar retos más elevados.
Sin embargo, el ángel parece haber previsto todo. Ni Linze ni el recién aparecido Blitzkrieg están totalmente seguros de que la enviada de Brukus no se haya preparado para su intervención. De hecho, no pueden afirmar con certeza que derrotarán a los Caballeros de Dios.
Entre tanto, el ser humano menos vulnerable está siendo presa de sus pasiones. Aún no imagina todo lo que traerá como consecuencia la felicidad de su presente. Pero a nadie en esas circunstancias se le puede culpar. Después de todo, esta raza inferior a la que Rioser Pross y Ultrastón protegen sigue siendo susceptible a todo aquello hacia lo que los sentimientos puedan conducirla. Y estos seres tan magníficos aún no saben si tan vulnerable condición no pueda ser también un arma.
Le llaman Blitzkrieg y simboliza todo aquello que el mundo occidental odia y teme. Esta es una de sus mejores armas, parte del secreto que lo hace un adversario temible para REK.
Durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial, fue un activista nazi en el sexto continente. Su identificación con esas ideas le llevó de nuevo hasta Europa. Más adelante, fue objeto de un sofisticado experimento que lo convirtió en lo que su nombre describe: la guerra relámpago personificada, el ser más veloz del planeta. REK lo descubrió –casi cincuenta años después– en el estado de animación suspendida en el que sus creadores alemanes lo habían dejado. La organización pretendía utilizarlo para sus fines, pero Erick von Romm, al enterarse de las atrocidades del racismo hitleriano –las cuales ignoraba–, renegó igualmente de su pasado como de Xrakus y sus esclavos. Se rebeló a REK y escapó, aunque conservó su traje para inspirar miedo a sus enemigos.
Ahora, ha corrido hasta Yamatana para utilizar el terror que su símbolo suele inspirar. Si el miedo no sirve, sus otros poderes se encargarán de propinarle un castigo a estos locos.
Todo parece indicar que será así. Los extraños guerreros que –como dementes– han exterminado a todo aquél que consideraban un desobediente enemigo de su dios no muestran mucha impresión ante la cruz gamada.
Blitzkrieg tampoco está impactado, aunque vea y huela la muerte por toda la costa de Yamatana.
–¿Qué buscas aquí, nazi? –le grita uno de los Caballeros–, en este lugar sólo encontrarás la bendición de nuestra espada.
–¿Es que quieres ser redimido por tus pecados? –vocifera otro.
Von Romm no responde. Mira el vehículo de Linze en el cielo y señala a los esbirros creados por el ángel. Vuelve su vista hacia éstos y sonríe. Con un ademán, les indica que ataquen.
Las mazas, las flechas y las espadas se levantan contra él.
Son siete adversarios con el fin de eliminar a otro pecador y con ello honrar a su creadora. Uno de los dos arqueros apunta. Su flecha de luz amarilla corta la brisa nocturna del mar Occidental. Pero el enemigo no es atravesado. Su figura se desvanece tan sólo para reaparecer tras el fanático y tumbarlo con un duro golpe en la espalda.
Linze observa los movimientos de su aliado. Parece teletransportarse, pero no es así. Para él, que ya lo conoce, no es difícil explicar que todo se debe a la inhumana velocidad de Von Romm. Se relaja al pensar que aquellos orates tardarán en averiguar el secreto de su oponente.
La calma no dura mucho. El otro arquero decide ignorar a Blitzkrieg. Apunta al transporte de Akig Kirega, y una flecha luminosa del color del jade es lanzada. El ingeniero apenas reacciona. Alcanza a virar un poco y evita un impacto directo. Aun así, la estela verde daña la carrocería lo suficiente como para hacerlo perder el control.
Pese a su celeridad, el héroe de la swástica no reacciona a tiempo para evitar el disparo, pero sí para castigar al responsable. Sin que éste pueda siquiera percatarse, el arco es apartado de sus manos por la ráfaga roja que lo rodea.
–El pecador es muy rápido –exclama otro de los Caballeros de Dios–, el diablo le ha dado el poder para huir del castigo.
–No es así –observa un espadachín–. Para Dios no hay imposibles. Su ángel nos ha elegido para derrotar a este engendro. Nosotros tenemos más fuerza.
Como si quisiera demostrarlo, el fanático blande su espada. Blitzkrieg se detiene a unos metros de él, haciéndose visible de nuevo.
–¡Partida de locos! Pasará mucho tiempo antes de que puedan enfrentarme.
Un guerrero se abalanza contra él, intentando asestarle un golpe con su maza. El hombre del símbolo nazi lo elude y lo golpea en lo que parece ser un mismo movimiento. La maza cae sobre la arena, mientras el veloz causante continúa corriendo alrededor, semejando un tornado que se dispone a destruir a los lacayos de Alvgakrist.
Para Linze las cosas no son tan sencillas. Se molesta por haber sido humillado aun antes de entrar en combate. Sin embargo, tiene cosas más importantes en qué ocupar su cerebro en ese momento. El monitor de la computadora guía de su vehículo le indica la apremiante situación en que se encuentra. El daño no le permite manejar correctamente. Paulatinamente, desciende hacia el mar.
Blitzkrieg nota la situación. Detiene su carrera en círculos, dispuesto a ayudar a su aliado. El instante de distracción es suficiente para quienes sólo piensan en cumplir con su misión. Un halo de luz amarilla le hiere en el hombro. Su increíble rapidez le sirvió para evadir una flecha dirigida al cuello, pero su movimiento fue incorrecto.
Los Caballeros de Dios saben que quizá no tengan otra oportunidad como ésta. Uno arroja una maza y golpea al héroe en la cabeza.
Akig Kirega –en tanto– ya no puede observar lo que sucede. Tampoco evitar la caída. Se hunde inevitablemente en el mar, esperanzado en evitar que el boquete que la flecha hizo permita el ingreso del agua. No puede prever que –como si en verdad un dios auxiliara a sus enemigos– su adelantado aparato se estrellará contra un arrecife de coral. Cuando esto sucede, sólo atina a incrementar la potencia de su señal a Velreg Krer antes de perder el conocimiento.
Erick von Romm ha tragado arena. Un golpe hundió su cabeza en el suelo, pero todavía se mantiene despierto. Cuando una espada inclemente pretende acabar con él, su pierna taclea al atacante.
Aunque ha librado una vez más a la muerte que le persigue desde hace más de 50 años, sabe que –por el momento– ha perdido su ventaja.
Sin su velocidad, no es demasiado diferente a un humano ordinario, y le tomará algunos minutos recobrar la vitalidad necesaria para volver a moverse como acostumbra.
–Estás cansado, ¿o no, nazi? Ya no corres como antes –le gritan.
–Es cierto que debo recuperarme. Pero todavía soy muy rápido para ustedes.
El hombre de la melena rubia extiende los brazos. Antes de cualquier reacción de sus oponentes, se avienta contra ellos. Ahora es posible ver sus movimientos, pero su velocidad aún se mide en kilómetros por hora. Zigzaguea entre los Caballeros de Dios y los derriba uno a uno.
Es sólo una forma de ganar tiempo. Von Romm es fuerte, pero la dureza de sus ataques siempre ha dependido de su celeridad. Con ésta disminuida, los impactos no son lo suficientemente severos como para que sus adversarios no se levanten pronto.
–Mírenlo, hermanos. Está fatigado. Caerá como todos los demás que desoyeron la palabra de Dios.
Los fanáticos no se equivocan del todo. El germano–terraverdeno respira aceleradamente. Su esfuerzo fue supremo, y quizá inútil. No existe más apoyo por el momento, así que está obligado a pensar algo rápidamente. Siente entonces el viento tras de sí. Detecta que está a su favor, y una idea surge en su mente.
La brisa nocturna es lo suficientemente poderosa. Blitzkrieg guarda aire y saca fuerzas de sus entrañas. Gira tan rápido como su cuerpo lastimado se lo permite, y consigue formar un remolino. La arena se levanta. Combinada con la penumbra, basta para impedirle la visibilidad a sus oponentes.
Habiendo ganado esta pausa, von Romm intenta disminuir el martilleo en su cabeza. Su hombro sangra copiosamente, por lo que rompe su traje para aplicarse un torniquete. Una vez terminado, y antes de que sus agresores consigan visualizarlo, se arroja al mar.
La sal del agua le provoca ardor en la herida. Sus brazos no pueden moverse con la destreza requerida, pero –a pesar de todo– ha conseguido su objetivo primario: los Caballeros de Dios lo buscan desconcertados. Para cuando consiguen verlo entre las olas, Blitzkrieg ha ganado la distancia suficiente como para salir del alcance de sus armas.
–No podrá huir, hermanos. Recuerden los milagros que han favorecido a quienes, como nosotros, están del lado del todopoderoso. Recuerden que hasta las aguas del mar se abrieron ante los hombres de fe. Hoy sucederá lo mismo. ¡Avancen sin miedo!
Von Romm no piensa huir. Sólo recuperar su ventaja. El sabe muy bien lo ridícula que es la esperanza de los inquisidores. En su fe ciega, han olvidado que el ángel –pese a todo– no les dio unas armaduras muy distintas a las humanas. Sirvieron para protegerlos de bombas y balas de Ejército, pero pesan tanto como las medievales. Tras su alocado avance entre la marea creciente, comienzan a hundirse. La mano del indignado guerrero levanta al primero de ellos sujetándolo por el cuello.
–¿Dónde está tu dios ahora, maldito? ¿No iba a abrir las aguas de los mares ante ustedes? ¡Medítalo en el fondo!
Blitzkrieg hunde con todas sus fuerzas a su oponente. Se dispone a recibir a los demás, pero está debilitado. Una nueva flecha intenta herirlo. Sin embargo, el mar lo salva. Una fúrica ola cubre a sus enemigos. Sin duda, si existe un dios, no ha puesto a las fuerzas de la naturaleza del lado de estos ciegos lambiscones.
Los movimientos de los Caballeros de Dios se hacen más lentos. Tres de ellos han perdido sus armas por el oleaje, y aquél al que hundiera Blitzkrieg no regresará nunca más del fondo. No si alguien no le saca el agua de los pulmones en los minutos subsecuentes. Ante esto, la vitalidad regresa al cuerpo del terrestre más rápido de todos los tiempos. Sus heridas no han desaparecido, pero la épica emoción de la victoria es una de las mejores medicinas para los humanos.
Von Romm se siente tan aliviado que no se explica cómo estos siete oponentes a los que está a punto de vencer pudieron doblegar a las que quizá sean las fuerzas armadas más poderosas del planeta. Bien es cierto que aún no habían enfrentado a las tropas de élite, pero es inconcebible que él solo –a pesar de sus habilidades– logre más que cientos de soldados profesionales.
La respuesta le llega pronto. El espadachín que convocara al “milagro” es uno de los menos dañados por el embiste del océano. Aún conserva su arma, y la levanta hacia el cielo. La hoja de metal creada por Alvgakrist llama a miles de relámpagos del cielo. Los mismos cuya descripción escuchara Blitzkrieg en la TV cuando decidió ir ahí.
Aun así, comprende su ventaja. Las descargas pudieron servir para derribar aviones y destruir tanques. Un solo hombre es un objetivo más difícil.
Vuelve a sonreír ante un triunfo que saborea por anticipado. Se siente con las energías suficientes como para moverse de nuevo con su mayor celeridad. En menos de un segundo, le arrebatará el arma al fanático y podrá darle fin.
Guarda todo el aire necesario. El agua –en la que tiene hundido medio cuerpo– dificulta su acción, pero consigue saltar.
Centésimas de segundo después, Erick von Romm aúlla de dolor. Siente su cuerpo atravesado, y comprende que se arrojó hacia una estaca que entró por su abdomen y salió por su espalda. Pero no es una estaca. Es la espada de fuego de Alvgakrist.
Continuará...