KOHRTRU GA TRE

(LA ESPADA DEL CIELO)

Parte 8 de 15

Texto de Aldo Bonanni

Los humanos no han sido la única raza inteligente en el cosmos en causar el disgusto de Brukus. De hecho, millones de sus engendros se han encargado de destruir civilizaciones enteras.

Un buen ejemplo de la ira del preservador lo vivió el planeta Vulkar, a 21 años luz de la Tierra. Más de ocho siglos antes de la llegada de Alvgakrist al hogar de los homo sapiens, los habitantes de aquel mundo fueron destruidos. El espectro de la guerra tendió su manto sobre los dos grandes imperios vulkarianos: el de los humanoides –conocidos como skelrrygs– de Orgmiss y el de los licántropos de Quaar.

Aun así, estas otroras esplendorosas culturas se procuraron el medio para subsistir en el contexto universal. De este modo, un ejemplar de cada una de las dos razas inteligentes de Vulkar fue enviado a vagar por el cosmos hasta hallar otro sitio poblado por seres racionales.

Uno de ellos es Zaxtel, quien vive entre los terrestres como un fiero enemigo de REK.

Para los habitantes de Kryuzarr (ciudad al sur de Yamatana), Dígik Svultañ no es más que un mediocre capturista de datos que se conforma con las 250 ballertas (500 dólares) que percibe mensualmente en la pequeña empresa de publicidad en la que labora. Su vida es la de un solterón insípido ante los ojos de quienes ignoran que su enclenque apariencia humana es solamente el camuflaje para ocultar al príncipe Zaxtel, el más valiente y poderoso guerrero orgmisseano. Luego de 800 años de viajar congelado por el espacio, el piloto robot de su nave divisó la Tierra. Borró temporalmente la memoria del noble skelrryg y lo otorgó una apariencia similar a la de los habitantes de ese mundo. Zaxtel sólo pudo recordar su verdadera identidad cuando la piedra de Orgmiss que llevaba en su cuello brilló ante el primer peligro y le devolvió sus inconmensurables poderes. A partir de entonces, el príncipe se ha dedicado a luchar contra los enviados en la Tierra del mismo ser que destruyó su mundo.

Ahora, Svultañ ha salido de su oficina precipitadamente. Las noticias no son claras, pero él no necesita mayor información para actuar. La piedra lanza su tradicional destello esmeralda para que el poderoso Zaxtel surja. Los ojos –del mismo color– brillan al unísono. El príncipe, con su traje blanco, está listo para volar hasta Yamatana, en auxilio de quienes ahora batallan contra fuerzas todavía desconocidas para ellos.

Son las 4 de la mañana del viernes. En la playa que sirviera como lecho de muerte para cientos de soldados terraverdenos, el ángel de aspecto femenino conocido como Alvgakrist mira fijamente a Blitzkrieg, a quien acaba de atravesar con su espada.

–¿Creíste que dejaría solos a mis hombres? ¡Espero con ansiedad que tú y todos los de tu calaña se presenten, Blitzkrieg!

Erick von Romm no puede ofrecer otra respuesta que un gemido de dolor. El fuego calcina sus entrañas y casi cauteriza su herida antes de que la sangre brote. El ángel no parece realizar el menor esfuerzo mientras levanta con un solo brazo a su arma y a su víctima, lo que da una buena idea de la fuerza que posee. Von Romm abre los ojos y detecta el gesto, carente de toda emoción, de su verdugo.

Los ojos de Zaxtel vuelven a brillar cuando –desde el cielo– contempla tan patética escena. La luz verde se escapa de ellos y se transforma en una poderosa descarga que hace caer al espadachín de los Caballeros de Dios, haciendo así que cesen los relámpagos celestes, pues –con el ataque– el inquisidor pierde su arma.

Para la rubia monstruosidad que ha puesto fuera de combate a Blitzkrieg, tal agresión no es motivo para alarmarse.

–Esto es de lo que hablaba, Von Romm.

El hombre de la swástica –cortada ahora por la espada de fuego– no puede entender cómo esta criatura sabe sus dos nombres. Sin embargo, con su dolor se mezcla una ligera esperanza. Conoce el poder de Zaxtel, y sabe que siempre ha sido uno de los adversarios más duros.

El orgmisseano mira a Alvgakrist y decide atacarla con las descargas que surgen de sus pupilas. Ella responde anteponiendo a su víctima. La energía del skelrryg basta para hacerle perder la conciencia a Von Romm.

Zaxtel se lamenta ante su error, pero su furia se incrementa.

–Suéltalo, bestia. No sé si tengas noción alguna del honor... –grita el héroe mientras desciende en picada.

–No importa el honor, orgmisseano. Conozco el miedo que existe en seres como los humanos... y los skelrrygs. Sé cómo provocarlo, y eso es suficiente.

El príncipe prefiere ignorar esas palabras. No se anima a lanzar otro ataque, por temor a que el ángel utilice a Blitzkrieg como protección una vez más. En lugar de eso prefiere sacar su famoso escudo, ya que ignora lo que la mujer alada pueda hacerle a distancia. Un brillante e impenetrable metal blanco que abunda en Vulkar sirvió para fabricar la barrera con la que ahora se resguarda el guerrero.

A Alvgakrist no le importa. Blande su espada con fuerza e indiferencia, y arroja a Blitzkrieg, quien cae en la arena como un trozo de carroña para los cuatro buitres que ya salen del agua, ávidos de venganza por la humillación que sufrieron a manos del hombre de la cruz gamada.

Sin embargo, Zaxtel no permite que se acerquen. Aterriza interponiéndose entre von Romm y sus enemigos. Con su escudo en la mano izquierda y con su mirada luminosa, los espera incólume.

Haciendo acopio de una vitalidad extraída de la nada, el héroe herido cobra conciencia y trata de decir algo. Al escuchar el balbuceo, el último sobreviviente de Orgmiss intenta calmar a su aliado:

–Resiste, Blitz. No voy a dejar que te dañen más.

–Lin... –gime Von Romm.

Sin descuidar su defensa, Zaxtel se inclina para escuchar mejor.

–¿Qué tratas de decirme?

–Linze... en... el... mar...

–¿Linze está en el mar? ¿se está ahogando?

–Sí. Ca... cayó.

Para Zaxtel no es necesario escuchar más. Medita en la manera de rescatar al aliado de Velreg Krer sin descuidar a Blitzkrieg. Por fortuna, ya no tiene que solucionar ese problema: Akig Kirega sale en esos momentos del agua. Aunque algo maltrecho y muy mojado, está en condiciones mucho más halagüeñas que Von Romm.

–Creí que no saldría –explica Kirega–. Pero ya tienen otra mano aquí.

–No la preciso sino para que saques a Blitzkrieg de este lugar, Linze. Está herido de gravedad.

–Pero...

–Yo me haré cargo. ¿Por qué no está Velreg Krer aquí?

–Yo también quisiera saberlo, Zaxtel. Le he mandado señales toda la noche. Ya debe estar en camino.

El príncipe cubre la retirada de sus compañeros. Dos de los esbirros de Alvgakrist caen al tratar de evitarla. Ella, por su parte, no se ocupa de tal asunto. Observa al skelrryg, estableciendo un reto de miradas de luz. Al fin, ordena a los Caballeros de Dios que sigan perpetrando su obra.

–Recuerden mis palabras. Destruir a estos hombres es labor mía –les recalca.

Los cuatro inquisidores que salieran de las aguas obedecen sin chistar y se alejan de la escena. Persisten en su empeño de detener a Linze, pero éste utiliza los implementos de su traje para correr más rápido. Quizá le sea posible escapar, aunque Zaxtel ya no tendrá tiempo de saberlo. El ángel de Brukus desaparece su espada, ante lo cual el vulkariano piensa que lo atacará usando sus manos. Sin embargo, en la mano derecha de Alvgakrist toma forma una cadena.

–Es para los perros, skelrryg. Espero que al menos puedas ser una buena bestia de lidia para un ser superior.

–Puede que asustes a los humanos. Yo soy diferente.

–Claro. Eres más arrogante. Tal vez te interese saber que vulkarianos más fuertes me sirvieron de alimento durante mi viaje a este planeta.

Zaxtel no puede permanecer impávido ante esa información, aunque se lo proponga. A su mente vienen de inmediato las imágenes que su piedra le transmitió meses atrás. A pesar de que desconoce la forma original con la que Alvgakrist llegó a la Tierra, reconoce en el ángel a la luz que engullera a los guardianes Orgmiss y Quaar (luego de que los dos imperios vulkarianos enviaran –cada uno– a sus mejores hombres, reunieron la energía de sus respectivas razas en un par de androides conocidos como Guardián Orgmiss y Guardián Quaar. Zaxtel, tras años de combatir incansablemente a Karrall –el príncipe licántropo de Quaar–, logró una tregua permanente con éste, pero tuvo que enfrentar los intentos de los nuevos seres por prolongar la guerra). Piensa en el regreso de éstos luego de aceptar la paz entre él y Karrall, en busca de un nuevo hogar. Siente deseos de llorar –como le han enseñado los humanos– cuando imagina que el ángel puede ser enviado de quien maquinó la destrucción de su hogar.

–Todo tiene sentido ahora –exclama el orgmisseano–. Tú no eres la enviada de ningún dios. Vienes de la imaginación de Brukus. Por eso mataste a los guardianes, para vengarte de ellos por lograr la paz que evitó la muerte de los últimos vulkarianos.

–Puedo arreglar eso, Zaxtel. Karrall ya murió, y tú pronto te le unirás.

–Es verdad lo que digo, ¿o no? Y ahora vienes por la Tierra.

–Saber mi origen o mis propósitos no te ayudará a detenerme. Mejor alístate para ser domado.

El ángel arroja su cadena hacia el príncipe, pero éste utiliza su escudo. Posesionado por la ira, reúne la mayor energía posible de su piedra. Tal vez sus ojos no habían brillado tanto desde la última batalla que tuvo con Karrall. De hecho, es posible que durante toda su estancia entre los humanos jamás haya preparado un ataque así. Quienes lo conocen lo saben, y lo temerían.

Todo su poder, la energía que los sabios de Orgmiss le otorgaron, está lista para brotar. El halo esmeralda parece una detonación nuclear de ese color sobre la costa de Yamatana. Los últimos ciudadanos que todavía quedaban cerca del lugar se cubren instintivamente los ojos mientras toda la ciudad parece haberse vuelto verde. El propio mar se agita ante la onda de choque que se produce.

Zaxtel –agotado– espera el resultado de su ataque. Sabe que no podrá lanzar otro igual, pero también está consciente de que son contados los seres en el cosmos que podrían soportarlo. Apenas recupera su visión normal, alcanza a ver las alas del ángel moverse. Alvgakrist aparece sorpresivamente sobre él, si un solo rasguño. La cadena se dirige al cuello del vulkariano, y se enreda dolorosamente en él.

Para Linze, el impacto que provocó su aliado fue una ayuda imprevista. Durante su huida por las calles desiertas, aprovechó el escaparate roto de una tienda para liberarse de la carga que constituía Blitzkrieg. El héroe debió soportar algunos minutos desangrándose entre los maniquíes, pero su ayudante no hubiera podido hacer algo mejor. Kirega ya elaboraba un plan para enfrentar a sus cuatro oponentes cuando el muro debilitado de un hotel terminó de ceder ante la onda causada por la descarga de Zaxtel. Cuando los fanáticos trataron de cruzar la muralla recién formada, el ingenioso aliado de Velreg Krer se escabulló entre la nube de polvo hasta poder saltar tras ellos. El resultado de utilizar el potente miniproyectil que reservaba para una situación de emergencia fue otra baja al enemigo y el tiempo suficiente para huir. Unos minutos más tarde, Blitzkrieg sería atendido en el Hospital Militar de Yamatana.

Para Zaxtel –entre tanto– las cosas no van igual de bien. Toda su fuerza suprahumana es inútil ante el apretón de la cadena que no sólo lo asfixia, sino que parece quemar su cuello. El skelrryg no puede contener un alarido ante el dolor y la impotencia que siente. Alvgakrist –inexpresiva– se dispone a dar el golpe final. Mientras su mano derecha sigue sosteniendo la cadena, la izquierda vuelve a crear la espada. Cuando parece que el arma se hundirá en el cuerpo indefenso, el ángel tira de la cadena. Hace girar con ello a Zaxtel y lo estrella contra las rocas de la playa.

–No vales la pena, basura. Ya podré matarte cuando tenga tiempo.

La sangre transparente del orgmisseano brota de su cuello y se mezcla con el mar. El ángel oculta sus armas y abre las alas. No decide mirar atrás cuando comienza a volar hacia occidente.

Continuará...