KOHRTRU GA TRE

(LA ESPADA DEL CIELO)

Parte 9 de 15

Texto de Aldo Bonanni

Cuando la sangre guerrera de las especies con honor comienza a brotar, una lucha interminable puede estarse gestando. Para aquellos que no conocen otras opciones que la victoria o la muerte, la guerra no es una cuestión pasajera y mundana, sino un método para elevar el espíritu a esferas más plenas.

Estos soldados, que se empeñan en tal creencia, consideran al tiempo como algo que los toca igual que el mar o la brisa. Los días, los meses o los años no tienen significado para quien está destinado al combate.

Así es el hijo de Zert, el mortal al que se le concedió el poder de enfrentar a fuerzas muy superiores a la especie humana en la que le tocó nacer. Él todavía no combate, y eso casi le ha costado la vida a dos de los más valientes defensores de la civilización terrestre. Sin embargo, cuando Velreg Krer inicie su labor, el preservador conocido como Brukus deberá permanecer atento, porque ésta no cesará hasta encontrarse con sus dos únicas metas: el triunfo o la caída definitiva.

Krytávir. Viernes. 6:17 a.m. Harus Versaga abre los ojos en la todavía oscura habitación de Kristigne Drake. Pero ella ya no está. En su lugar, una nota estampada con lápiz labial le informa al joven historiador que puede desayunar con lo que hay en la cocina.

Las cosas siguen siendo extrañas. Por unos segundos, en el cerebro de Velreg Krer navegan la preocupación y la duda. Es raro que la antropóloga salga tan temprano cuando el viernes es para ella un día normal. Sin embargo, hay sucesos más dignos de ser recordados. Lo acontecido horas antes opaca a todo. Hasta que recuerda a Linze.

Tampoco repara mucho en ello. Si no recibió ningún mensaje –piensa– no debe haber pasado nada importante. Ante tal conclusión, decide que puede dormir –por lo menos– durante una hora más.

No le es posible hacerlo. Un sonido retumba en su cabeza, idéntico al que le produciría la chicharra de un timbre dentro del oído. Sabe que es la señal de Kirega, y se enfada.

–¿Estás loco, Akig? ¿Pretendes dejarme sordo?

La voz de su aliado a través del transmisor es fría. No puede escuchar los reclamos de Versaga. Sólo piensa en si este mensaje –el décimo que envía– podrá al fin ser recibido.

“Te necesito. El enemigo se ha presentado. Blitzkrieg agoniza y Zaxtel también está muy herido. Ven a Yamatana cuanto antes”.

Versaga trata de contener la mezcla de ira y angustia. Mientras digiere la noticia, el teléfono de Kristigne suena.

En la principal base militar de la costa oeste, Linze toma el auricular, esperanzado. Apenas verificó que fuese enviado el mensaje de su multilente, marcó el número de la ex novia de su aliado. Se siente reconfortado al escuchar que alguien contesta. El enfado y la esperanza se fusionan al escuchar la voz de Velreg Krer.

–¿Dónde has estado?

–No me he movido de aquí. Debiste avisarme antes, ¿por qué esperar hasta el amanecer?

–¿Esperar? ¡Te he buscado toda la noche, Versaga!

–Me dormí hasta las 3 o 4. Aun suponiendo que no escuchara la señal a esa potencia ensordecedora a la que la pusiste, estaba Kristigne. Ella hubiera oído el teléfono.

–El transmisor debe tener algún desperfecto, y Kristigne debió dormirse profundamente. Dejemos ese asunto de lado. Lo que importa es avisarte que voy a ir a América.

–¿América?

–Hay indicios de que Alvgakrist fue hacia allá.

–¿Alvgakrist? ¿Quién es Alvgakrist?

–Estamos muy lejos de las condiciones idóneas como para que te dé explicaciones detalladas. Voy a alertar a Mlikuziages para que me ayuden, pero espero que estés ahí lo más pronto posible. Sólo puedo adelantarte que Alvgakrist es un ángel. Una mujer–ángel muy poderosa. Casi mata a Blitzkrieg y a Zaxtel.

Linze cuelga el auricular. Velreg Krer no recuerda haber escuchado un tono que revelara tanta alteración en su amigo desde que éste descubriera que G–8 había asesinado a Merceg Morlbiñ, su prometida. Imagina –y de alguna manera, siente– que el caso es grave. Se levanta apresurado de la cama. Con un pensamiento, hace brillar todo su cuerpo, y el traje rojinegro aparece al instante. Se arroja por la ventana y, envuelto en un aura de luz roja, empieza a volar.

Todavía hay tonos rosas y naranjas en el firmamento. La estela escarlata contrasta con ellos. Le tomará algunas horas llegar a América a esa velocidad. Espera que los otros puedan resistir hasta entonces. Sabe que un enemigo que derrota a Zaxtel no puede ser considerado un contrincante ordinario. De todos sus aliados, el vulkariano es el más poderoso luego de Argor y de él mismo.

Al otro lado del país, las dificultades para Akig Kirega no han cesado desde que llegó. Primero tuvo que convencer a la milicia para que le dejara tener acceso a ciertos aparatos. Una larga discusión con dos oficiales llegó a un término nada agradable. El ingeniero tuvo que demostrarles que los niveles de radioactividad en Yamatana estaban aumentando considerablemente. Además de hacer indispensable una evacuación de la ciudad, medir la cantidad de residuos de energía era la única manera de saber el paradero de Alvgakrist.

Otro problema se presentó al momento de proporcionarle la atención médica adecuada a Zaxtel. Para fortuna de Linze, el médico personal del skelrryg se apareció a tiempo.

El aliado de Velreg Krer ya puede sentirse seguro de partir. Los datos muestran que el ángel se dirigió al continente americano. El gerente de producción de la Rantel no quiere siquiera imaginar lo que sucedería si Alvgakrist y Xrakus se aliaran. Su primer mensaje a Mlikuziages, el grupo que pelea contra REK en ese continente, ya debe haber llegado de acuerdo con sus cálculos. Sin embargo, aún hace falta sortear un grave obstáculo: no tiene transporte para volar hasta el otro lado del hemisferio. Considerar siquiera la posibilidad de reparar su vehículo es inútil. Tal empresa le haría perder horas valiosas. Ante esa situación, no le queda otro recurso que usar los medios convencionales. El trámite para que el Ministerio de Relaciones Exteriores le otorgue a Akig Kirega un permiso provisional a manera de pasaporte dilata hasta las 8:30 a.m. El vuelo privado a Nueva York –obtenido gracias a las influencias heredadas de su padre– saldrá hasta las 9:15. Por encima de todo esto, Linze todavía debe resolver el problema que representa transportar su armadura en una nave del servicio secreto con la debida discreción. El DRK se demora otros 45 minutos en autorizarle que lleve “equipo especial de Rantel”. El vuelo sale hasta las 10:30. En su mente sólo se proyecta una idea: las tragedias que Alvgakrist puede estar provocando ya en otro continente. Los estadounidenses, aun con todos sus recursos, serán igual de inútiles ante la fuerza del ángel.

Harus Versaga ve las cosas con mayor optimismo. Casi cinco horas antes de que el avión de Linze despegue (considerando la hora de diferencia entre Krytávir y Yamatana), se encuentra a punto de salir de la capital terravedena. Sonríe al pensar en Kristigne y en la paliza que le propinará al enemigo que ha lastimado a sus aliados. Tan jubilosa actitud desaparece cuando escucha una fuerte explosión al sureste de la urbe. Para quien tiene años de experiencia combatiendo a oponentes poco convencionales no es difícil detectar que la causa no es ningún problema ordinario de la ciudad.

Ausente en la batalla de la costa oeste del país, Velreg Krer no puede identificar en los fanáticos con armadura que provocaron el tronido que oyera a seres idénticos a los adversarios de Blitzkrieg y Zaxtel.

Pero al hijo de Zert no le importa demasiado reconocer cuando intuye la naturaleza de sus oponentes. Tampoco le es necesario estudiar mucho sus habilidades. De inmediato detecta que poseen poderes sobrenaturales que –sin embargo– son insignificantes ante los suyos.

El guerrero más poderoso del planeta está listo para atacar. Estos nuevos ejemplares superdesarrollados de los Caballeros de Dios miran la furiosa estela roja que se abalanza sobre ellos. De las manos de Versaga brotan sus características descargas. Los escudos creados por Alvgakrist no sirven de nada ante el impacto. Los cinco engendros inquisidores salen disparados en todas direcciones ante la fuerza del ataque, y pierden sus armas de inmediato. Dos más, apostados en edificios de los alrededores, contraatacan con flechas de energía. Una de ellas falla. La otra rebota tras pegar en el campo creado por Velreg Krer. A estos francotiradores no les da tiempo de preparar otra ofensiva. La estela del color de la sangre los golpea para hacerlos caer y morir ante la insuficiente protección de sus armaduras.

Velreg Krer sólo mira atrás para que de sus ojos broten rayos que le dan el tiro de gracia a los otros cinco lacayos del ángel. Sigue su vuelo con absoluta tranquilidad. Su mirada busca la probable presencia de más enemigos. No se arrepiente de sus acciones cuando observa la obra sanguinaria de los fanáticos. Se alegra de haberlos matado, e incrementa su velocidad.

Sin embargo, se ve obligado a detenerse de nuevo. Cuando pasa por Tulma, uno de los poblados que conforman el cinturón de Krytávir, ve nuevas tragedias. Nuevos ataques. Nuevas “purgas de fe”. Los responsables no son más inofensivos que los anteriores: al parecer, todos los fanáticos religiosos se han convertido en gladiadores con armas mágicas. Velreg Krer estaría sorprendido si supiera que el ángel –aparentemente– sólo había creado a siete de estas criaturas. Pero lo ignora, así que no le importa. Sabe lo indispensable: debe destruirlos.

Mientras su energía brota en sus versiones más ofensivas para derretir las armaduras y calcinar la piel de quienes castigaban los vicios de la misma, a cientos de kilómetros de ahí, en Say Arthro –la segunda ciudad del país– decenas de Caballeros de Dios perpetran su obra. Lo mismo ocurre en urbes como Ukks Arrys, Kryshadiss, Montelo, Prunruno... de hecho, en toda la nación. Versaga aún no imagina cuántos obstáculos habrá de encontrar. Deberá limpiar toda Tierra Verde de enemigos antes de poder partir a Estados Unidos. Una vez más, el engendro creado por Brukus se ha anticipado a toda acción en su contra.

Aun así, Alvgakrist no parece mostrar emoción alguna por sus éxitos cuando derriba la estatua de la libertad en Nueva York. Tal como lo hiciera en Surdania, actúa con absoluta indiscreción. Para los norteamericanos apenas son las 11:35 p.m. del jueves, pero ya están prevenidos, debido a la ofensiva del ángel en el sexto continente. Pero Alvgakrist sólo destruyó el monumento para crear una distracción. Nadie puede precisar lo que ocurrió, y mientras las grandes cadenas de televisión de Estados Unidos ya informan al mundo de lo sucedido, el ángel –ahora en forma invisible– se dirige a la cúpula del poder mundial. Entre los rascacielos más altos del orbe se encuentra su objetivo. Son pocos en la Tierra los que saben que ahí se encuentra la central de REK, el sitio donde son movidos los hilos de todas las marionetas. Para la rubia “celestial”, localizar a otra creación de Brukus no es una tarea difícil. Tampoco lo será vencer todas las defensas que el recinto al cual se dispone a ingresar pueda tener.

Los guerreros de élite de REK parecen tener otra opinión al respecto. Sin ningún sentido del poder, con la imprudencia que le ha impedido ocupar el lugar que dejara vacante Drósser, Isaac Meir –líder del escuadrón G–9– ordena un ataque en cuanto las sofisticadas alarmas de la central hacen inútil el camuflaje de Alvgakrist. Las consecuencias son graves para la torre que a los ojos de los débiles mentales alberga solamente las oficinas de una importante empresa. Tanto el viejo cascarón como las reforzadas paredes de la sede del consejo de sabios de REK –preparadas para resistir ataques nucleares– se tambalean ante los impactos surgidos de los ojos, las alas, las manos y la espada del ángel.

Parece ya muy tarde para que Meir comprenda la importancia de su error. Alvgakrist ingresa al edificio e ignora a los defensores de éste. Su mirada basta para que sean fulminados quienes intentan interponerse entre ella y la figura de capa negra que ordena el cese al fuego.

Si Linze estuviera ahí, sus temores aumentarían: Alvgakrist y Xrakus están frente a frente, y el líder de REK parece complacido.

Continuará...