Texto de Aldo Bonanni
El encuentro entre dos servidores del preservador Brukus puede traer consecuencias tan funestas para la Tierra que ninguno de los adversarios de éstos tendría la fuerza necesaria para enfrentarlas. Ni siquiera Velreg Krer, quien ahora intenta eliminar a todos los productos del poder de Alvgakrist, con lo cual su llegada al lugar donde ésta ya se entrevista con Xrakus se está retrasando.
El peligro se incrementa al parejo de la sangre derramada en todas las naciones del orbe. Pero a la esperanza que en Tierra Verde extermina fanáticos religiosos se suma la fuerza de los enemigos de REK en América y el intelecto de Linze, que ya también está en camino.
La fase decisiva de la guerra está por comenzar. El ángel –poco a poco– ha ido imponiendo sus reglas, y ahora se encuentra ante un ente que está acostumbrado a determinar con absoluta frialdad los destinos de todos los seres que habitan en este mundo. Sin embargo, es probable que no sea una alianza lo que desea Alvgakrist.
El avión del DRK vuela sobre el Atlántico. Akig Kirega quisiera tener el poder suficiente para incrementar la velocidad del aparato. Sin embargo, no puede hacer otra cosa que mirar el azul del océano y esperar. Mientras –piensa él– Alvgakrist estará destruyendo Norteamérica. Su simpatía por los habitantes de Estados Unidos es prácticamente nula, pero el sentido común le indica que todo el planeta está amenazado por el mismo peligro. Ante esto, poco importa el lugar donde la criatura esté. La única prioridad es que debe ser detenida.
El segundo mensaje a Mlikuziages ya ha sido enviado al momento en que la angelical criatura se planta frente a Xrakus. El líder mundial de REK no le da ninguna inflexión en particular a su voz cuando lanza la primera frase.
–He visto tu obra, Alvgakrist, y me complace.
El ente con forma de mujer sí tiene una emoción legible en el rostro cuando responde. Con una combinación de ira y desprecio, lanza su mirada de luz hacia la siempre oscura figura que controla los destinos de casi todos los humanos.
–Es obvio que no puedo decir lo mismo.
Mientras el humo producido por la batalla entre el ángel y las fuerzas especiales de la organización comienza a disiparse, las dos imponentes figuras adoptan una posición de reto. Cara a cara, sabedores de su condición superior entre los seres que pueblan este planeta, parecen prepararse para un duelo o una simple elevación con el fin de observar en un plano más adecuado. Meir ordena a los sobrevivientes que abandonen el sitio. Aunque la máscara negra de su amo no permite que su inhumano rostro sea visto, él sabe leer la actitud que indica que desea estar solo.
Alvgakrist vuelve a hablar mientras sostiene su penetrante e ígnea mirada:
–Tengo una misión especial. Vine a este mundo con un objetivo muy similar al tuyo. Aunque Brukus no me habló de ti, es inevitable que dos enviados de un preservador se encuentren si su destino es el mismo.
–Eso es comprensible, Alvgakrist. El poder que has mostrado me obliga a estar al tanto de tus planes, de esa misión de la que hablas.
–No estoy obligada a rendirte cuentas, Xrakus. Creo que ni siquiera fuiste capaz de detectar la presencia de mi cuerpo en éste, “tu mundo”.
–¿Acaso podría haberlo hecho? Tus barreras mentales son muy poderosas, y no creo que eso lo hayas traído con tu esencia.
–Es verdad, pero esperaba más de ti. Es eso justamente lo que ha motivado mi visita. Llevas milenios en este mundo. Cuando Brukus me engendró, tú ya estabas aquí. ¿Es que todo este tiempo no te ha bastado para terminar de dominar a estos animales y regresarlos a los árboles de los que jamás debieron bajar? ¡Es claro que no has eliminado tampoco a la oposición que constituyen guerreros como los que ya he vencido!
–Comprendo tu alteración. Sin embargo, yo tampoco estoy obligado a explicar nada. Si dices que el preservador no te habló de mí, no tienes autoridad para relegarme de mi puesto. Ni para interferir en mi labor.
Xrakus hace una pausa para caminar alrededor de la estancia derruida. Incluso aparenta preocuparse por los daños al edificio. Mira fugazmente hacia la calle y vuelve a levantar la vista hacia el ángel.
–Te diré algo, Alvgakrist. No puedes actuar con demasiada libertad mientras yo ocupe este mundo. Brukus me puso aquí y sólo él puede sacarme. No permitiré que interfieras en mi labor. Por otra parte, es penoso que dos seres tan cercanos al poder supremo tengan que pelear entre sí mientras los humanos siguen con su vida normal. Me llevaría mucho tiempo explicarte por qué tus juicios están errados. Si me dices qué es lo que pretendes, haré algunas concesiones. Hasta podría ayudarte. Juntos terminaríamos por hacer mucho de lo que deseas.
–¿Me estás proponiendo una alianza? ¿Qué te hace pensar que la necesito?
–Tu condición. Aunque tu poder parece ser enorme, sería lamentable que lo midieras con el mío.
–Si eres tan fuerte como dices, ¿por qué aún vive Velreg Krer?
–Eres aguda, ángel. He tenido la oportunidad de exterminarlo muchas veces. Es natural que tu escaso tiempo entre los mortales no te dé la posibilidad de comprender que es necesaria la presencia de idealistas como él. Tan necesaria como las religiones que yo les he impuesto a los habitantes de este mundo y que hasta tú utilizaste para poder ganarte su respeto y obediencia.
–En sus primitivas creencias está el secreto para dominarlos. Me cuesta trabajo entender la razón por la que no los has reducido a un grupo de simios supersticiosos. Yo podría hacerlos que se escondieran desnudos en las cuevas de este planeta en tan sólo unos años. Tú, sin embargo, les has proporcionado la libertad para que avancen en el conocimiento y obtengan tecnología.
–Tengo otros métodos de dominio.
–Es verdad. He observado cómo están sumidos en una patética dinámica de trueque. Pero eso no basta. Les dejaste descubrir el secreto de la desintegración del átomo.
–Era necesario. Tenía que acabar con los enemigos de mi imperio.
–Pero han surgido nuevos, y ahora son muchas las naciones de este mundo que poseen ese secreto bélico. Y si combinas su irresponsabilidad en el manejo del poder con el hecho de que también los dejaste llegar a su satélite, nos encontramos frente a un peligro mayor.
–Los dejé llegar a la Luna, es cierto. Pero luego detuve su exploración espacial. No han podido hacer nada más en treinta años.
–Aun así, ya saben cómo. No son capaces de cuidar su planeta, Xrakus, ¿qué esperas que hagan en el cosmos?, ¿que lo destruyan también?
–Creo que exageras, ángel. No hay por qué sobreestimar a estos seres.
–Por pensar así es que te has equivocado.
El ángel muestra una inusitada violencia al decir eso. Xrakus, especialista en medir habilidades, retrocede casi por instinto. Alvgakrist levanta los brazos. Un aura deslumbrante la rodea. Su espada de fuego brota de su mano derecha, y con la izquierda sostiene la cadena que casi elimina a Zaxtel.
–¡No me interesa una alianza! ¡Estoy aquí para castigarte por tu ineptitud con los humanos!
A miles de kilómetros de ahí, pasando el Atlántico y el Indico Occidental, otro guerrero muestra su fuerza. Velreg Krer no ha podido alejarse demasiado de la capital terraverdena. Los engendros del ángel parecen reproducirse por miles durante cada hora. No todos cuentan con armaduras y objetos de castigo mágicos, pero los que sí poseen esto han sido lo suficientemente persuasivos como para encender las pasiones religiosas de la masa inculta. Los destrozos serían realmente lamentables si el héroe no estuviera ahí. No encuentra enemigos dignos de él, pero comprende que Alvgakrist se las ha ingeniado para que no intervenga en sus acciones. Eso le hace pensar que aquella mujer–ángel de la que Linze le habló podría causarle problemas. De pronto, recuerda a Kristigne, y mira hacia la zona donde ella vive, temeroso de que los fanáticos puedan hacerle daño. Sin meditar más, vuela a toda velocidad hacia el edificio Sgrau.
Xrakus también prepara el vuelo en ese momento. Se eleva para esquivar un halo de energía surgido de los ojos de Alvgakrist. Sabe que el momento de diálogo ha terminado, y debe pelear por su lugar en la Tierra. Silenciosa y rápidamente, abandona la central de REK. Una fracción de segundo después, el edificio entero se derrumba. Está consciente de que eso apenas servirá para entretener unos instantes a su oponente, pero no necesita más tiempo para reorganizar su fuerza.
Cuando levanta sus brazos para descargar su poder sobre las ruinas, el ángel lo golpea en la espalda. Xrakus no se sorprende. Tampoco pierde el control. Solamente desciende unos metros antes de voltear hacia arriba y cubrir el firmamento con una intensa luz azul surgida de sus manos. El estruendo del ataque hace cimbrar a varias manzanas a la redonda.
Cuando la luz disminuye y permite de nuevo la visibilidad, la gladiadora rubia ya no está ahí. El amo de REK no baja la guardia, y adivina el siguiente movimiento de Alvgakrist, que ya pretendía atravesarlo con su ígnea hoja. Se envuelve en su capa negra y desaparece.
El ángel espera una nueva acción, y Xrakus reaparece tras ella. Los poderosos brazos la envuelven. Una mano le sujeta la muñeca derecha para evitar así su accionar con la espada. El otro brazo del engendro que domina este planeta intenta estrangularla. Además, un destello de calor brota de su cuerpo. Cualquier criatura perecería calcinada ante ese abrazo de millones de grados centígrados.
Sin embargo, para quien pasó 2,000 años recorriendo el cosmos, las temperaturas extremas no son nada. Repara en el detalle de que su enemigo le ha dejado libre el brazo izquierdo. Aún sostiene su cadena. La ondea sobre su cabeza y la punta filosa que hay en un extremo se clava en la espalda de Xrakus, quien lanza un gruñido.
–Has conseguido herirme –clama el engendro–. En este planeta sólo una criatura había podido hacer eso.
–Yo no pertenezco a este planeta. Te lo recuerdo.
Xrakus no responde. El dolor lo hizo soltar al ángel, y ésta ya busca separarle la cabeza del cuerpo con su arma de fuego. Con un gesto, el líder de REK, crea una espada de un negro brillante. Esta suerte de hoja de obsidiana es lo suficientemente poderosa para frenar a la hecha de fuego.
Con un movimiento imperceptible para el ojo humano, el inmortal conocido como Nir X toma al ángel de su bota izquierda y –con una fuerza inaudita– la arroja lo más lejos posible. Alvgakrist no puede recuperar el control de su vuelo sino hasta que se encuentra encima del océano Atlántico, frente a la costa de Manhattan. Antes de que pueda hacer cualquier cosa, un rascacielos completo se impacta contra ella. En su cerebro escucha la voz de Xrakus:
“Tus defensas mentales no me permiten que te destruya directamente por este conducto. Pero nada me impide utilizar esta ciudad y todo el planeta para aniquilarte con sólo pensarlo”.
Desde el fondo del mar, la enviada de Brukus descarga su furia. Emulando los pasajes de la obra religiosa más difundida entre los humanos, separa las aguas a su alrededor. Su objetivo no es solamente impresionar a los ya desconcertados habitantes de la megalópolis. Una cantidad desmedida de energía invisible se concentra en un solo punto. El impacto que recibe Xrakus es igual al que producirían juntas las 10 últimas detonaciones nucleares que este país ha llevado a cabo.
No hay sangre entre los restos chamuscados del traje negro. De hecho, no hay nada en todas las hectáreas destruidas por la batalla que indique el paradero de Xrakus. Al ángel no le importa demasiado. Sabe que su contrincante no morirá como un repugnante humano. Y si la falta de restos indica su supervivencia, habrá tiempo para una segunda batalla.
Estados Unidos, mientras tanto, vive la guerra en carne propia por primera vez en décadas. Millones de fanáticos enardecidos hunden a la gran nación en un caos que las fuerzas convencionales no son capaces de detener. Pero antes de que el ángel abandone Nueva York ya se prepara el siguiente combate, pues Mlikuziages ha atendido a la advertencia de Linze y sus tres miembros han llegado a la ciudad.
Continuará...