Texto de Aldo Bonanni
Para los oponentes de REK, el Tercer Mundo siempre ha sido un punto clave. Los tentáculos del pulpo que martiriza a los mortales tienen sus ventosas particularmente arraigadas en los pueblos con destino poco iluminado. Las grandes potencias que sirven a la organización golpean con experimentos políticos a estas naciones ingenuas, y truncan su desarrollo desestabilizando cada intento por salir de la mediocridad.
Consciente de esto, Velreg Krer solicitó a varios de sus aliados que se trasladaran a regiones como Africa, Asia o América Latina. Para este último caso, el guerrero escarlata recurrió a Mlikuziages, el grupo formado por Argor, Morlab y Gwärf Négum, quienes muy pronto comprendieron que el logro de sus objetivos dependía de mudarse al norte del río Bravo, pues si bien podían hacer mucho por Latinoamérica en el territorio de ésta, su labor sería más efectiva si atacaban el problema de raíz.
Ahora, los tres combatientes se encontrarán con el mayor reto de su vida. Gwärf Négum –indraliano de nacimiento– sólo encuentra en común con los norteamericanos el hecho de pertenecer –como ellos– a un pueblo que antaño fuera una colonia británica. Fuera de ello, jamás se ha preocupado gran cosa por los habitantes de una nación que le considera uno de los criminales más peligrosos. Pero hoy las cosas son diferentes. El poseedor de todos los oscuros secretos de su selvática isla natal se encuentra impactado ante lo que ve. La otrora más orgullosa ciudad de Estados Unidos está casi reducida a ruinas, en parte por el combate entre Alvgakrist y Xrakus, pero también por las atrocidades de los esclavos del ángel, que ahí –como en todo el mundo– han aparecido como si vinieran de la nada.
El licántropo es solamente la avanzada de Mlikuziages. Con sus habilidades se ha adelantado a los siempre más sobrios Argor y Morlab. Y a pesar de la consternación que le provocan los heridos, no puede detenerse a auxiliarlos. No es por su antipatía hacia ellos. Los ayudará más si se enfrenta a la causa de todo. El mensaje de Linze fue corto pero claro: “Un peligro mucho mayor a cualquiera enfrentado antes va hacia Estados Unidos. Tiene aspecto de ángel. Detectable por la radiación que deja”.
Argor no tardó mucho en adivinar que los disturbios anunciados en Nueva York eran causados por su objetivo. El trío salió de su base de operaciones –en algún punto cerca de la frontera con México–, y en menos de dos horas ya estaba en la ciudad más poblada del país.
Las supercadenas de información estadounidenses ya riegan por el mundo la noticia de que alguien ataca su país. Pero ellas mismas son las primeras en saber que un ejército al nivel del suyo fracasó estrepitosamente en el intento de frenar al mismo enemigo. Al igual que Tierra Verde, Estados Unidos no reconoce oficialmente la magnitud del problema. Su milicia se prepara para actuar, pero no podrá hacer mucho si la amenaza permanece en un área urbana.
Gwärf Négum ya puede ver a Alvgakrist, quien aún sigue en el firmamento esperando un contraataque de Xrakus.
El indraliano tiene sus propios métodos para detectar el potencial de un enemigo. Se concentra mientras trata de alcanzar la mayor altura posible por medio de saltos entre los edificios. Cuando parece haber obtenido todos los datos deseados, emplea su mejor método para llamar su atención. Sus ojos amarillos brillan tras el pelaje negro. Quien en la vida civil es conocido como William Kirnip lanza un potente aullido. Una manifestación tan primitiva no es la forma de alertar al ángel de que tiene un nuevo retador, sino la prueba física de la energía que empleó para comunicarse telepáticamente. La mente de Alvgakrist, sin embargo, posee barreras impenetrables para su capacidad. La rubia amenaza detecta el reto, pero Gwärf Négum no consigue averiguar más por esta vía. Debe conformarse con lo que sus sentidos le indican.
El ángel vuela silenciosamente hacia donde se encuentra. Su figura es apenas perceptible entre la oscuridad de la madrugada, pero para los caninos ojos de Kirnip todo es diferente. Su olfato no le permite saber nada útil en ese momento. Su oído, sin embargo, le previene del intento de su oponente por sorprenderlo.
–Puedo escuchar tu aleteo tras de mí –exclama Gwärf Négum.
–No atacaría a traición a un animal al que puedo domar. Fuiste tú quien me retó.
–¿Y por qué acudir al llamado de alguien tan insignificante?
El arma perfecta de Brukus no responde. Sus ojos cambian de luz blanca a azul y lanzan poderosas descargas dirigidas al licántropo. Sin embargo, la velocidad del guerrero–animal es superior. Con una agilidad inusitada, esquiva el ataque. Cuando cae luego de su salto, medita en la manera más adecuada de enfrentar a tal adversario. Alvgakrist sonríe ante ello.
–Eres patético. No vas a poder hacer nada contra mí.
Gwärf Négum guarda silencio. Respira profundamente y procura reunir toda la fuerza posible. Sabe que sus colmillos no podrán perforar una armadura que está hecha de un metal desconocido para la Tierra. No quiere tampoco probar suerte con una blanca piel que parece suave, pero que no debe ser nada vulnerable. También está consciente de que sus tradicionales recursos para atemorizar al enemigo no servirán ante alguien que –más bien– lo atemoriza a él. Aun así, decide moverse con su singular rapidez. Al saltar golpea al ángel, buscando desbalancearla. No consigue ver si lo logra, pues debe ocuparse de caer correctamente. Sin embargo, Alvgakrist se ha dejado sorprender, y desciende rápidamente.
Unos metros antes de llegar al suelo, la gladiadora extraterrestre vuelve a extender sus alas con magnificencia. Dos segundos más tarde, Kirnip se arroja sobre éstas, logrando con su peso que la arrogante destructora muerda el pavimiento neoyorquino. Más aun, su pie se encarga de hundir el femenino rostro hasta quebrar el asfalto.
Gwärf Négum detecta la ira de Alvgakrist ante esas inútiles pero humillantes agresiones, y en su mente sólo tiene una idea: moverse lo más rápido posible y no darle oportunidad de reacción a la mortífera hembra. Para su fortuna, el tiempo que debía ganar ha pasado. Permanece incólume ante lo que habrá de ser una fulminante respuesta. Ella parece disgustada. No dice nada, pero sus ojos luminosos brillan con mayor intensidad por la ira. El indraliano no tendría escapatoria, incluso con toda su velocidad. Pero cuando el ángel prepara su acción punitiva, recibe un nuevo impacto, quizá el más poderoso desde que llegó al planeta de los humanos. Su cuerpo vuela cerca de 200 metros luego de ser embestido por un gigante plateado al que llaman Morlab.
–Vamos a tener que atacarla juntos, Gwärf. No creo que mi golpe la entretenga mucho.
–¡Bichos primitivos! –grita el ángel, mientras vuelve a emprender el vuelo y sus ojos arrojan relámpagos del color del zafiro.
Morlab levanta un automóvil para protegerse y se mueve con celeridad mientras éste explota. Su compañero sabe qué hacer mientas tanto. Sus garras crecen y salta sobre el ángel. Pero esta vez no consigue sorprenderla. Alvgakrist voltea antes, y un rayo azul desgarra el pecho de Gwärf Négum. No es un ataque fugaz. Los ojos de la enviada de Brukus sostienen el calor sobre su oponente. Un segundo más de esto y el indraliano caería muerto. Pero Morlab está preparado para evitar ese segundo. Toma otro vehículo y lo arroja sobre la rubia amenaza.
El hombre que antes de unirse a Mlikuziages era conocido como Gobleuk Boltag (Gobléuk Boltag) no se caracteriza por su paciencia. Por ello, no espera el resultado de su primer ataque –que sólo provocó un titubeo– cuando ya salta sobre Alvgakrist y la envuelve con sus enormes brazos. Decide aprovechar la inercia del descenso y antepone el cuerpo del ángel para que éste quede emparedado entre el suelo y los 500 kilogramos de peso de él.
Mientras el licántropo intenta reponerse de la agresión sufrida, el miembro de Mlikuziages con mayor fuerza física continúa su lucha. Levanta de nuevo a su oponente y lo estruja como si tratara de deshacerle así las entrañas. El poder de tal abrazo ya hubiera pulverizado la estructura ósea del más resistente de los humanos. Pero tener la habilidad para aplastar a una cucaracha no garantiza que se pueda quebrar los huesos de un león. La guerrera –no sin cierta dificultad– libera sus brazos del aro opresor. Apoyando las manos en los hombros de Morlab, le propina un rodillazo en el vientre.
El gigante comprende muy pronto que no es del todo superior en lo que a fuerza se refiere. Alvgakrist lo ha obligado a doblarse y soltarla.
–Tu modo de luchar es singularmente salvaje. Pero no tengo objeción en mancharme las manos con tu sangre, así que te demostraré que rápido aprendo.
Las palabras del ángel no tienen cabida en la visión desesperada de los acontecimientos que tiene William Kirnip. Todavía sin recuperarse, dirige sus garras y colmillos al cuello de quien ya planeaba pelear con Morlab. Antes de que la rubia alada reaccione, el coloso plateado impacta su poderoso puño contra el rostro que muchos creen celestial.
Ambos fracasan. La piel de Alvgakrist es impenetrable para las armas naturales de Gwärf Négum –tal como lo anticipara él mismo–, y el golpe de Morlab daña más a su compañero. El ángel concluye la labor, y con un gesto envía varios metros atrás a un Kirnip sumamente herido.
Cuando Boltag pretende seguir con el combate, deja de ver por unos segundos a su enemiga. Esta, sin embargo, reaparece muy pronto, mostrando que sus golpes son aun más fuertes. Morlab recibe cientos de impactos de los puños del ángel en un instante. Al ver que aún sigue en pie, Alvgakrist transforma sus nudillos en afilados picos, similares a los de una maza. Los primeros golpes con esta innovación hacen caer el gigante, pero no lo dejan inconsciente.
El ángel lo sujeta del cuello y lo levanta con sorprendente facilidad.
–Gobleuk Boltag. Ese es tu verdadero nombre, ¿o no? Estoy segura de que tu sangre no había brotado desde que adquiriste ese aspecto. Pero ya me encargué de enseñarte que tu piel también es vulnerable.
–Mlikuziages siempre pelea como un grupo completo –balbucea Morlab, a manera de respuesta.
–Si es así, ¿dónde está...?
Alvgakrist no termina su frase. Un destello azul ilumina varias cuadras a la redonda, y un impacto invisible pero perfectamente dirigido libera a Morlab.
–¡Ah! ¡El otro hombre de la piedra! –ironiza Alvgakrist–. Tus compañeros no me han dado problemas. Tal vez tú puedas divertirme un poco más.
Argor ha llegado. Sus ojos brillan como estrellas azules cuando utiliza su inconmensurable energía para auxiliar a su compañero. Sus músculos se tensan al máximo, y la criatura del preservador parece demostrar que no sólo es femenina en cuanto al aspecto, pues su mirada denota cierta admiración cuando se posa sobre el poderoso pecho y las venas que saltan entre la piel como si quisieran reventarse. El príncipe fergoriano tiene –como siempre– el tórax y las piernas desnudas. Su larga cabellera ha adoptado el mismo tono turquesa de la luz que representa su poder, encendido ahora al máximo.
–No te equivocas al exigir un enemigo digno –vocifera el líder de Mlikuziages–. Nosotros sí te hemos estudiado antes de enfrentarte. Morlab y Gwärf Négum estaban conscientes de sus limitaciones ante ti, y yo también lo estoy. ¡Ese será mi secreto para derrotarte!
–Tal vez en otra ocasión, Argor. Tendrás tu pelea, pero yo no vine aquí por ustedes. La energía de mi verdadero oponente ha cesado. Ya no tengo nada que hacer aquí. Me entretuve con tus aliados sólo mientras esperaba el regreso de mi presa, y creo que ya no va a volver.
Argor y el casi desfallecido Morlab no pueden hacer nada antes de que Alvgakrist desaparezca. El gigante plateado cuestiona la tardanza de su líder mientras éste le ayuda a incorporarse. Pero antes de que pueda responderle, otro se encarga de hablar:
–Aún falta para el amanecer, Argor. Podemos seguir su radiación y alcanzarla luego de que Morlab y Gwárf Négum se repongan, si es que pueden hacerlo. Creo que mi viaje fue inútil.
–Descuida, Linze. La alcanzaremos.
Continuará...