KOHRTRU GA TRE

(LA ESPADA DEL CIELO)

Parte 12 de 15

Texto de Aldo Bonanni

En muchas ocasiones, los distintos entes que habitan el universo comenten el error de subestimar o malinterpretar las acciones de otras criaturas superiores que quizá lo único que pretenden es su protección o bienestar. La mascota enferma no es capaz de comprender que su amo la está lastimando por un instante con el fin de evitarle un mayor sufrimiento futuro. Una abeja puede picar a quien la saca de un lugar que está invadiendo sólo para evitarle la muerte.

Los humanos –en su arrogancia– a veces olvidan que ellos no escapan a esta ley. Ninguno de los habitantes de la Tierra posee la sabiduría suficiente para explicarse las razones de la pasividad de quienes podrían ayudarlos en un momento tan crítico como este.

La batalla decisiva está muy cerca. Alvgakrist ya ha derrotado a Xrakus en la mayor prueba que de su poder ha tenido desde que está en el planeta. La enviada de Brukus sabe que en su camino sólo existen dos obstáculos más: los hombres de la piedra.

–Alvgakrist conoce el secreto.

Ultrastón parece estar hablando solo, pero no es así. A billones de años luz del sistema solar de los humanos, continúa pendiente de la batalla. Desde algún lugar impreciso, que puede ser a su lado o al otro extremo del universo, Rioser Pross lo escucha. No tiene una manifestación visible en ese momento. Sin embargo, responde a los cuestionamientos que su aliado se hace.

–No es algo que deba extrañarte. Brukus debió decirle todo sobre las piedras de la Tierra.

–Tiene barreras mentales muy poderosas. Creo que necesitaría estar tan cerca como cuando intenté detenerla para leerle la mente.

–Ni la distancia ni ninguna otra defensa que Brukus le haya dado sirve contra mí. Tiene la idea básica del poder de las piedras, pero no conoce su alcance. Y sí puedes invadir telepáticamente el cerebro de Alvgakrist. Cuando lo hagas, entenderás el curso futuro de los acontecimientos.

–Y sabré por qué no me dejaste ir en auxilio de esos mortales. Ahora que tiene forma material, esa criatura no sería digna de enfrentarse a mí.

La inmensidad del océano Atlántico y la curvatura del globo componen un bello cuadro visual cuyo remate es la línea divisoria entre el día y la noche. Desafortunadamente, ni Argor ni Linze tienen ánimos para disfrutar del paisaje. Tras haber determinado que Morlab y Gwärf Négum no estaban en condiciones de viajar a Surdania sino hasta varias horas después, ambos guerreros intentan ganar todo el tiempo posible. Un estudio de Linze le permitió descubrir el secreto de los movimientos de Alvgakrist: la velocidad–luz.

En condiciones climáticas idóneas, los más rápidos aviones comerciales pueden realizar un vuelo entre Estados Unidos y Tierra Verde en menos de siete horas. Pero el vehículo que ahora transporta a Linze y Argor es producto del ingenio del primero, y si las cosas resultan como esperan, estarán en Krytávir en cinco horas. Para América será la tarde del viernes, pero en el sexto continente los relojes estarán a punto de indicar que el sábado ha comenzado.

En la urbe más grande de las construidas entre el ecuador y la Antártida, Velreg Krer explora una colonia que frecuenta demasiado desde hace meses. Espera que le sea posible alertar a su amada Kristigne acerca del peligro que corre. Teme –incluso– que algunos de los amigos de ella ya hayan caído bajo el embrujo de la ola de fanatismo e intenten persuadirla a unírseles. Por supuesto, Versaga sabe que las represalias ante una negativa a tal propuesta podrían ser fatales.

Para su desgracia, los peores temores de su existencia se hacen realidad. Cuando llega a la manzana del edificio Sgrau puede observar –mientras sus entrañas se desgarran– que de éste solamente quedan escombros humeantes. No se ocupa siquiera de revisar bien los restos: nadie que hubiera estado ahí seguiría con vida. Procurando no pensar demasiado, contiene el fuego que parece abrasar su corazón y se dirige de inmediato al Instituto de Antropología, donde su amada trabaja. Las 6:31 p.m. no es precisamente la hora como para que ella esté ahí, pero Velreg Krer necesita una esperanza antes de desatar su ira. El ángel lo ve pasar por el cielo mientras se materializa cerca del centro de Krytávir. Cumplida la autoimpuesta misión de castigar al líder de REK, debe comenzar la siguiente fase de su tarea. Un destello blanco deslumbra a los pocos que habían notado su presencia. Alvgakrist vuelve a desaparecer. Su nuevo destino es desconocido.

Horas más tarde, Argor y Linze llegan a la capital terraverdena, mientras un cadáver es sacado del Instituto de Antropología. Dos minutos después, en el centro de la gran urbe, frente al Palacio Verde, el ángel reaparece. El gran reloj de la Plaza Imperial marca las 11:59, pero la visión de quienes pudieran notar esto se ve obstruida por un rayo de luz azul.

Argor deja surgir su poder y vuela hacia el ángel. Alvgakrist, incólume, responde con un destello violeta que brota de sus ojos. El líder de Mlikuziages consigue eludir el ataque, pero mide la capacidad de su oponente. No siente miedo. Es rabia la emoción que surge de su interior para reflejar la impotencia luego de percibir sus verdaderas posibilidades.

–¿Lo ves? Te dije que tendrías tu momento, Argor.

Él no contesta. Sólo invoca la fuerza que hallara años antes en unas ruinas cerca de Kryshadiss. Recuerda las rocas que –supuestamente– albergaban la energía de los más valientes príncipes guerreros de Fergoria, y cómo brillaron antes de transmitirle las habilidades que le permitieron enfrentar de igual a igual al mismísimo Velreg Krer, antes de que ambos se hicieran aliados incondicionales.

Linze observa de cerca. Conoce también sus limitantes, y se mantiene a raya, listo para auxiliar a Argor si es necesario. En tanto, envía un nuevo mensaje a alguien que será de mayor utilidad.

Alvgakrist parece divertirse cuando ve los movimientos de su oponente. Lejos de impresionarse cuando éste llega al límite de expulsión de su singular energía, sonríe.

Al nuevo príncipe fergoriano le brillan los ojos como nunca antes. Todo el centro de la ciudad se cimbra cuando crea un onda de choque que –sin embargo– el ángel soporta.

–¿Es lo mejor que puedes hacer, mortal?

–Es sólo el principio, monstruo. Destruiré tus alas pluma por pluma.

Alvgakrist hace surgir su espada de fuego. A toda velocidad, vuela hacia Argor. Cuando aparece tras él, recibe un potente codazo en el vientre. El impacto consigue doblarla, pero es visible que su adversario está adolorido por el contacto.

–Mi armadura es indestructible para seres tan débiles como tú –grita el ángel. Sus manos se mueven luego con tal rapidez que es imposible verlas. El líder de Mlikuziages contiene un alarido cuando la hoja ígnea corta su piel y la cauteriza de inmediato con su intenso calor. Presuroso, consigue escapar al último espadazo, el que hubiera hecho volar su cabeza por los aires.

Argor vuelve a encenderse. De sus ojos brotan descargas del color del mar que se impactan directo contra el pecho de la criatura. Su armadura vuelve a evitar un daño mayor, pero el impacto la hace retroceder. El instante no es desaprovechado por el hombre al que llaman Eyk Pentirel en la vida común. Une sus poderosas manos y descarga su mejor golpe con ambas en el rostro de la rubia. Probando que es un guerrero experto, se separa de inmediato con el objeto de evitar el contraataque. Dos haces de luz blanca surgen luego de que los párpados de Alvgakrist lo permiten. Argor, sin embargo, consigue repeler las deslumbrantes líneas que pretendían darle una nueva forma a su rostro, anteponiendo su brazo izquierdo. Su piel sangra. El dolor haría gritar a cualquier otro, pero él no sólo permanece en silencio, sino que mantiene su defensa a pesar del intenso calor.

Ese no es su único acto. En su mano derecha cobra forma una esfera de energía. Creyendo que al resistir con el otro brazo distrae al ángel, se dispone a lanzarla contra ésta. La luz que lo hiere hace imposible que pueda apreciar la respuesta de la nefasta mujer. Un segundo después, una cadena que pareciera estar cubierta por un ácido anula la acción del líder de Mlikuziages.

La piel de Argor, cubierta por una epidermis extra de un azul tenue, está ahora enrojecida por la sangre, humana a fin de cuentas. Linze no puede contener la impresión que esto le causa. Con la cámara de su multilente sigue fotografiando al ángel. El prolongado tiempo de exposición que ha estado utilizando al hacerlo fue lo que le permitió descubrir que ésta viajaba a la velocidad de la luz y no desaparecía repentinamente, tal como las apariencias lo indicaban. Sin embargo, ahora no piensa demasiado en Alvgakrist, sino en las virtudes de su aliado. Visiblemente herido, Pentirel parece estar preparado –sin embargo– para soportar horas enteras de batalla en condiciones de inferioridad.

Una nueva explosión del color del zafiro confirma su suposición. El ángel elude el impacto gracias a su inusual celeridad, pero la onda de choque consigue hacerla tambalear. Un segundo después, Argor lanza otra poderosa descarga, y Alvgakrist cae.

Sin dejar de tomar fotos, Akig Kirega sonríe. Una esperanza de victoria resurge. La enviada de Brukus no desciende más de cinco metros antes de volver a extender sus orgullosas alas y recuperar la autonomía de vuelo. Aun así, su oponente ha mostrado que las cosas no serán tan fáciles.

Pero cuando Linze decide cambiar de la lente fotográfica a la de telescopio, tiene una emoción más próxima al desamparo. El poderoso guerrero que combate al ángel sangra por casi todo el cuerpo y respira aceleradamente. Kirega no necesita pensar mucho para deducir que Argor tiene dificultades para mantenerse en el aire. Tampoco debe ocupar su mente en un complicado silogismo para detectar que la ocasión es oportuna para que él intervenga. Debe hacerlo si no quiere una baja más en sus filas. Ajusta el arnés que le proporciona fuerza sobrehumana hasta la máxima tensión. Emulando al felino en el que está inspirado, salta ágilmente hasta la azotea de una torre del Palacio Imperial, un lugar idóneo para lo que pretende. Coloca un miniproyectil en el cañón de su guante y apunta hacia el ángel.

El impacto del arma artificial coincide con otro producido por el poder de las rocas fergorianas. Una gran explosión se produce antes de que el blanco de los ataques desaparezca.

Dos segundos más tarde, la espada de fuego de Alvgakrist corta las terminales del arnés de Linze, quien no puede reaccionar. Pero antes de que reciba el golpe de gracia, Argor salta sobre el ángel y la golpea con toda su fuerza. O con la que le queda.

La criatura sonríe con malicia. En sus ojos de luz se puede leer la ironía con que toma este encuentro, que aun así es el más prolongado que ha tenido en la Tierra. La noche transcurre sin que el compañero de Morlab y Gwärf Négum termine de caer. Sus heridas son cada vez más graves. La pérdida de sangre lo debilita segundo tras segundo. Pero el príncipe fergoriano tiene un código que le indica luchar hasta la muerte.

Linze, por su parte, no tiene noción alguna del tiempo transcurrido. En medio de su inconciencia, de hecho, no sabe con certeza si se trata sólo de un sueño o de visiones que acompañan su viaje a otro plano de existencia, si es que hay alguno luego de la vida humana. Cuando despierta y sigue viendo la batalla, los primeros tonos rosados y naranjas del alba ya pueden ser vistos en el horizonte.

Con dificultad, Kirega se levanta, dispuesto a auxiliar a un Argor que –de rodillas– espera el siguiente embate de Alvgakrist.

Sin embargo, una mano se posa en su hombro para detenerlo.

–Olvídalo, Akig. Esa bestia asesinó a Kristigne. Es mi pelea –exclama Velreg Krer.

Continuará...