Texto de Aldo Bonanni
La Plaza Imperial Terraverdena, iluminada por las primeras líneas naranjas que emanan del horizonte, ya empieza a cobrar el aspecto que muchos enemigos del régimen de Krytávir han deseado. La batalla entre Argor y Alvgakrist ha dañado sensiblemente al Palacio Verde y al antiguo Palacio Imperial. El ángel está consiguiendo lo que ningún adversario mortal había hecho con la ciudad más esplendorosa del hemisferio sur.
Velreg Krer está ahí. Justo a tiempo para salvarles la vida a Linze y al líder de Mlikuziages. Demasiado tarde para evitar todas las tragedias que la enviada de Brukus ha provocado. La muerte de Kristigne es –para él– la más importante de todas. Ahora sólo queda el hecho de que tendrá que hacerle honor a su nombre y vengar a su amada. Será mejor reprocharse a sí mismo los errores cometidos con la sangre de Alvgakrist entre sus manos. Eso –claro está– si esa criatura puede sangrar.
Eyk Pentirel, en su versión de príncipe fergoriano, tiene un estado catastrófico. Velreg Krer se acerca de inmediato cuando ve que aquél piensa seguir peleando.
–Basta ya, Argor. Conozco muy bien tu sentido del honor, pero ya hiciste todo lo que podías.
–Esta batalla es a muerte. Quizá sólo combinando nuestras fuerzas podamos derrotar a ese monstruo.
–¿Fuerzas? ¡Has gastado toda la que tenías!
–No intentes humillarme.
–Lo que quiero es hacerte ver la verdad. Mi encuentro con esa criatura se ha convertido en un asunto personal. No necesito más que verte sangrar para saber cuán poderosa es, pero yo haré lo que sea necesario para vencerla. Quizá te necesite, pero no en ese estado.
–¿Qué propones entonces?
–Recupérate. Si fracaso sólo tú podrás hacer algo.
–De acuerdo, Velreg Krer. Eres el más fuerte. Al menos durarás más que yo.
Harus Versaga planea hacer algo mucho más trascendente que aguantar hasta el máximo una batalla. Han pasado ya algunas horas desde que visitó el Instituto de Antropología y descubrió que Kristigne y el jefe de ésta habían perecido calcinados luego de un ataque de Alvgakrist. Esperó horas para confirmar esa información, ignorando el hecho de que sus aliados le necesitaban desesperadamente para sobrevivir en su pelea con el ángel. El cadáver de su amada no había sido plenamente identificado cuando por fin decidió acudir en su ayuda, pero todos los signos indicaban que la otrora exitosa y bella antropóloga estaba reducida a un montón de ceniza. Los reportes del portero del Instituto señalaban que Kristigne Drake había ingresado al edificio a las 6:32 p.m. para dirigirse de inmediato a la oficina de su superior. Apenas tres minutos más tarde, Alvgakrist apareció en el firmamento y lanzó una descarga hacia la oficina donde los dos antropólogos estaban.
A las 6:45, el Instituto estaba inmerso en un caos. El director intentó proteger a los demás trabajadores –pese a que la criatura desapareció inmediatamente después de su acción– haciendo que evacuaran el lugar por las salidas de emergencia, pero fanáticos religiosos los descubrieron al salir a la calle. Sin chistar, dos de sus dirigentes utilizaron sus poderes y asesinaron a decenas de ellos.
Versaga arribó ahí cerca de las 7. En el lugar donde había estado su amada sólo había lenguas de fuego. Luego de saber que Kristigne no aparecía por ningún lado, comenzó a convencerse de que los dos cuerpos que él mismo sacara de los restos de la oficina del jefe de ella correspondían a quienes pensaba. La identificación estaba demorando horas, pero cuando pudo ver cómo volaba un torreón del Palacio Verde –al amanecer– decidió actuar. Recordaba que una nueva aparición de Alvgakrist se había reportado justo dos minutos después de que un médico forense le indicara que las características fisiológicas del cuerpo que se creía era de Kristigne correspondían a ésta. Aún era posible efectuar un examen de DNA, pero la espera se prolongaría debido a que era necesario reconocer otros 169 cadáveres, víctimas de los fanáticos en varios puntos de la ciudad. Eso fue a las 12:05, y el daño sobre el recinto sede del gobierno federal se produjo a las 6:23 a.m. del sábado.
El hijo de Zert no pensó más. Abandonó la morgue y voló hacia la plaza central de la ciudad. Logró ver por primera vez al ángel cuando ésta iba a asestar el golpe de gracia a Argor. Luego, la poderosa gladiadora desapareció, y él pudo hablar con Linze y el líder de Mlikuziages. Ahora, mientras éstos retroceden, el guerrero escarlata espera que su oponente decida dar la cara.
Como si le hubieran leído la mente, decenas de ríos de fuego cortan el cielo de la mañana. Las brasas pretenden calcinarlo, pero no se comparan con las olas ígneas que se revuelven en su corazón. Velreg Krer no se inmuta. Abre los brazos y crea un escudo con su energía para impedir que el fuego lo toque. De pronto, los lazos incandescentes se fusionan hasta formar solamente dos. Cientos de metros atrás, en el punto de donde parecen surgir, un relámpago antecede a la aparición magnífica de la rubia alada.
El fuego surge de sus ojos, que se han tornado de este color. Los otros, los de su oponente, son de un rojo todavía más intenso. Ambos se miran de esta forma por primera vez, elevados sobre el centro de Krytávir, conscientes de que su batalla ya se había demorado demasiado.
–Mentiría si dijera que no te esperé desde el principio. Tal vez seas el único en este mundo que puede darme batalla –exclama el ángel.
Linze y Argor todavía no se alejan lo suficiente como para no escuchar. Ellos pueden interpretar en la ausencia de respuesta de su aliado una ira incontenible. El silencio de una máquina de muerte. Acaso un violento pero alentador indicio de que alguien puede evitar que su civilización sea reducida al oscurantismo carente de todo raciocinio.
Sin embargo, Versaga no piensa en su raza. Piensa en él y en la venganza que encarna. No puede experimentar sino odio cuando ve las enormes alas de la criatura extenderse. La cadena y la espada de fuego no le impresionan, pero el cabello le recuerda a la mujer que perdió. Detesta aun más esa imagen por su estética, tan similar a la que se le había escapado al cuerpo calcinado que tuvo entre sus brazos horas antes. Quizá hasta podría intentar sonreír mientras piensa que Alvgakrist ha adoptado una forma que será un permanente recuerdo de por qué la está combatiendo.
Velreg Krer se enciende por dentro y por fuera. En su interior metafóricamente. En su exterior se cubre de luz roja. Como el meteorito que le dio su poder, se dirige a toda velocidad hacia el ángel, pero ésta se esfuma y lanza una carcajada.
–La emoción se ha apoderado de ti, Versaga. Es justamente eso lo que quería.
El héroe voltea apenas a tiempo de evitar que la espada de fuego corte su piel. No le extraña que un ser tan enigmático y fuerte sepa su identidad secreta. Ya no le importa. La persona a quien podían dañar con esa información está muerta. Su mirada se ilumina con rabia al recordarlo, y dos descargas se dirigen al cuerpo de Alvgakrist. Desea quemar esa piel, tan similar a la que le enloquecía, pero absolutamente inhumana.
Comprueba muy pronto que la epidermis del ángel no es fácilmente perforable, aunque está dispuesto a seguir intentando ver el color de lo que pueda correr por sus venas.
La gladiadora no tiene objetivos muy distintos. Blande su espada y la arroja hacia el rostro del hijo de Zert. El responde con una descarga de sus manos que no sólo detiene el camino del arma, sino que se prolonga hasta chocar con el pecho de la enviada de Brukus. El impacto apenas la hace tambalear, pero un instante después el puño de Versaga se impacta en su rostro. El siguiente golpe del enfurecido guerrero no llega a producirse: Alvgakrist envuelve con su mano el otro puño de su atacante y lo estruja con fuerza.
–No es de extrañarse que también combatas como un ser primitivo. Y no me opongo a demostrarte cuánto te conozco, mortal.
Las palabras del ángel sólo son el preludio de un encolerizado ataque. Como con Morlab, hace que sus nudillos se transformen en filosas navajas, pero ahora repite su operación en las rodillas. Con ambas armas golpea cientos de veces por segundo a un sorprendido Velreg Krer. En el duelo por ser el primero en hacer brotar sangre del contrario, ya es ella la vencedora.
Pero quien en su otra vida se disfraza de timidez e intelectualidad no caerá así. Ha visto que la fuerza física es también una virtud en su enemiga, mas eso sólo le sirve para estudiar a fondo su método de ataque. Muy pronto detiene la lluvia de golpes con sus poderosos brazos. Contesta tan sólo para librarse del ataque, y luego elude el intercambio. Se eleva y deja caer una bomba creada por sus manos en la espalda del ángel. Es su primer experimento con su mayor ataque, el que tantas veces le ha permitido triunfar en batallas que parecían perdidas.
El estruendo del impacto se escucha en kilómetros a la redonda. Velreg Krer no es muy popular entre la población, pero ésta conoce su poder. Millones de krytavirenses saben –por el sonido– que pueden tener una esperanza de que alguien acabe con el caos.
El ángel se golpea contra el suelo. Una nueva descarga de Velreg Krer la hunde cerca de diez metros. Dos más hacen que desaparezca de la vista de quien ahora la ataca con toda su ira. Luego, una explosión del color de la sangre que surge del interior del guerrero abre un cráter frente al Palacio Verde. Velreg Krer no espera ver a Alvgakrist derrotada luego de eso. Sus manos y sus ojos brillan esperando una respuesta.
En efecto, una lengua de fuego hace parecer que sobre la Plaza Imperial está naciendo un volcán. Con los dedos engarrotados frente a su rostro y con la respiración muy acelerada, Harus Versaga puede ver al ángel volar contra él.
–No tendré piedad –exclama al fin el héroe–. Sé que la mataste sólo para provocarme.
Ahora es Alvgakrist quien se niega a intercambiar palabras. Un halo de luz se dirige contra su oponente. Este responde cubriéndose con su escudo de energía. Sin embargo, por primera vez en su vida, tal recurso no le sirve de nada. Una explosión se produce frente a él. Su barrera se rompe ante la fuerza de un poder superior.
A este impacto se suma el de la caída. El traje de Velreg Krer está hecho jirones, y varias partes de su piel, quemadas. Su atacante desciende con lentitud y gracia. Versaga intenta ponerse en pie. Es posible estimar sus gestos de dolor, pues su máscara está rota y deja ver más de la mitad de su rostro.
Alvgakrist sonríe y clava el extremo filoso de su cadena en el pecho de su nueva víctima. Versaga no puede contener un alarido. Toma los eslabones tratando de cortar el lazo metálico que le atormenta.
–No podrás romperla, Harus. Es demasiado para cualquier mortal. Y esto simboliza solamente lo que somos. Se cortará cuando yo quiera. A pesar de tu experiencia, nunca pudiste averiguar la verdad evidente. O quizá no quieres aceptarla. Podría tirar de la cadena y sacarte el corazón. Pero de acuerdo con la patética metáfora humana, ya lo hice.
El ángel hace una pausa antes de reír y volver a tomar la palabra:
–No maté a Kristigne, humano imbécil. Yo soy Kristigne.
Continuará...