KOHRTRU GA TRE

(LA ESPADA DEL CIELO)

Parte 14 de 15

Texto de Aldo Bonanni

La luz del sol y su calor hieren la vista y la piel de un guerrero caído. Velreg Krer acaba de escuchar la revelación más sobrecogedora de su existencia. Sabe, al mirar los ojos de luz del ángel conocido como Alvgakrist, que lo que ésta le ha dicho es verdad. Cientos de imágenes aparecen de golpe en su cerebro, y muchas cosas cobran sentido. No duda de esta siniestra información. Sabe que es cierto que durante meses ha sido el amante de un monstruo preparado para destruirlo a él y a su mundo. Comprende –dolorosamente– que Kristigne Drake y el ente que ahora está a punto de asesinarlo son la misma persona.

–No debes sorprenderte, “querido”. Tomé la forma de una mujer porque es la versión menos primitiva de tu raza. En mis años bajo esa apariencia aprendí lo ingenuos y patéticos que son los machos de esta especie. Y si piensas que no disfruté en nada nuestra relación, te equivocas. Antes de que llegara mi espíritu tuve que soportar esa enfermedad que tienen ustedes: los sentimientos. Y no me molestó del todo.

–Te acercaste para saber todas mis debilidades –exclama Versaga.

–Por supuesto. Eras el más poderoso y tenía que medir mis posibilidades de derrotarte cuando mi fusión me diera toda la fuerza que ahora poseo. Dime: ¿me amarás hasta la muerte?

Versaga no responde. La ira se transforma en un odio inconmensurable en su interior. En segundos consigue transformar toda la frustración de su vida en poder. Su cuerpo brilla. La energía roja comienza a fluir como nunca antes, y sus manos despedazan la cadena de Alvgakrist. Como si no sintiera dolor, arranca el pico que estaba clavado en su pecho, mientras éste salpica sangre y trozos de piel.

El ángel sonríe. Nada parece estar fuera de sus previsiones. Levanta la mano y blande su espada de fuego, dispuesta a probarle a su oponente cuánto detesta a los seres inferiores y cómo puede reducirlos a cenizas.

–Me divertí mucho contigo, Harus. No hay mejor forma de comenzar la destrucción de un humano que conquistar sus sentimientos. Se le reduce así al papel de un esclavo patético.

Velreg Krer no se inmuta ante esas palabras. En el fondo, siente una desolación absoluta. Pero no seguirá dándole gusto a esa criatura. Está preparado para desprenderse de sus emociones y lidiar a muerte.

–No preguntaré más –exclama–. No tiene caso ahondar en cómo preparaste cuidadosamente esto.

–No te culpes. No eras dueño de tu voluntad. Ningún humano puede serlo si se deja llevar por algo tan insulso como lo que llaman amor.

Versaga lanza un rayo al rostro del ángel, pero ésta lo detiene con su espada.

–Tendrás que buscar métodos nuevos si quieres durar más que tus antecesores. Destruí a Xrakus, y él es más fuerte que tú. Ni siquiera Ultrastón pudo detenerme.

El guerrero escarlata prefiere seguir ignorando todo lo que Alvgakrist pueda decirle. No importa si esto es cierto o no. No puede descuidarse ni asustarse. No es adecuado que albergue emoción alguna. Sin embargo, no le es posible sacarse el pesado odio de las entrañas. Sabe que la fuerza que puede destilar de éste es su única esperanza. Se eleva, dejando una estela de luz color sangre. Lo siguiente que el ángel puede ver es una explosión, tras la cual su oponente parece desaparecer.

–Hay trucos que jamás viste, perra. Ni Linze los conoce –grita un segundo después Harus Versaga, tomándola de las alas, por detrás.

–No necesito conocerlos, “amor mío”. Sé que lo que acabas de hacer de desgasta demasiado.

El hijo de Zert sabe que la bestia con forma femenina dice la verdad. El poder otorgado por el meteorito le permite dominar las transformaciones de materia y energía, pero el uso de tal habilidad lo debilita sobremanera. No medita más, pues debe aprovechar la sorpresa para intentar arrancarle las alas a Alvgakrist. Al sentir ésta el jalón, hace una aclaración sin dejar de sonreír.

–¿No has entendido? Aunque consiguieras descuartizarme, es sólo la forma que he tomado. No conoces el secreto para exterminarme.

La gladiadora rubia extiende sus alas y una luz blanca deslumbra a Velreg Krer. Ella lo toma por el cuello y lo avienta delante de sí misma. Su espada vuelve a cobrar forma en su mano y es arrojada contra el todavía desprevenido héroe. Sin embargo, éste consigue reaccionar y eludir el ataque.

No muy lejos de ahí, en un sitio donde todavía son visibles las torres del Palacio Imperial, Linze se esfuerza por restablecer la comunicación de su cuartel. Argor se atiende a sí mismo y descansa en lo que todos creen que es solamente la casa de Akig Kirega, pero el álter ego de éste descubre horrorizado que Alvgakrist y sus aliados se han adueñado de todos los medios de información del planeta. Un virus ha infectado –calcula él– a millones de computadoras en el mundo a través de internet, negándoles el acceso a cualquier página que no sea la que impone, con el manifiesto del “nuevo orden mundial” que el ángel ha de instaurar. Las estaciones de TV y radio –aun las de cable y onda corta, respectivamente– transmiten alabanzas a la enviada de Brukus y a las distintas deidades de las religiones monoteístas, además de maldiciones para todos los “infieles”. Ninguna fuerza pública del planeta puede darse abasto cuando más de mil millones de fanáticos imponen la locura.

Pero si el ingeniero de la Rantel pudiera ver lo que sucede a nivel doméstico, se impactaría aun más. Los ríos de sangre que corren por las calles ven su nacimiento en las montañas de una ira que no respeta nacionalidad ni parentesco. Tampoco sexo o edad. De la misma manera son masacrados todos los ateos, satánicos, pecadores y demás enemigos del régimen naciente. Alvgakrist ha logrado levantar el oscurantismo en tan sólo tres días. Kirega sabe que aunque Velreg Krer consiga triunfar les espera a ambos una ardua tarea. Y si su amigo cae, sería mejor esconderse en los lugares más remotos, huyendo de la amenaza del martirio o de un encarcelamiento perpetuo. Suceda lo que suceda, debe actuar. Su intervención en la batalla de la Plaza Imperial sería insignificante, así que decide seguir estudiando a los dos contendientes. Para ello, de sus más empolvados archivos extrae información relativa al poder de su amigo. Quizá la incuantificable sabiduría de un preservador que observa todo lo que está sucediendo es suficiente para inspirar al prodigioso cerebro de Linze. Tal vez terminando de comprender el auténtico alcance de aquellos que Alvgakrist llamara “hombres de la piedra” pueda hacer algo. Eso si el tiempo se lo permite.

El paso de las horas es lo que menos preocupa a Harus Versaga en la mañana de este terrible sábado. No es un misterio que cada vez se siente más débil. Esa puede ser la razón por la cual el ángel no ha dejado de sonreír mientras ve sus apurados esfuerzos por eludir los ataques y recuperar su fuerza.

–Eres un inútil como guerrero, Velreg Krer. Te ves más acabado a cada momento.

–Tus argucias no sirven sino para fortalecerme, engendro.

–Quedaste rendido tras nuestra última noche, sin saber que a tu lado estaba el enemigo que buscabas. Sin imaginar que lo habías tenido tan cerca durante años. Y mientras dormías, yo pude llegar a Yamatana y comenzar mi castigo a tus insignificantes amigos. Aunque eso fue una simple casualidad. Cuando vine a este mundo sólo me interesaban dos seres: Xrakus y tú. Los demás fueron simples insectos que se atravesaron en mi camino.

–Es bueno que no me devalúes tanto. Si sigues hablando tendré más poder.

–Es justo lo que quiero, querido. Quiero toda tu fuerza, para que al derrotarte le demuestre a los humanos lo que soy. Lástima que seas un sentimental. De no ser así, quizá podrías haber tenido un lugar en el nuevo reino. No a mi lado, sino debajo de mí. Pero hubieras vivido.

Los ojos del ángel comienzan a brillar con mayor intensidad. Versaga aprovecha lo que cree una distracción para arrojar otra de las bombas que fabrica con su energía. La capital terraverdena se cimbra desde la costa hasta la cumbre del Zerak Krer. Linze y Argor saben muy bien la procedencia de ese sismo. Esperan que la más poderosa de todas las descargas que el hijo de Zert ha utilizado en sus casi treinta años de vida sirva para derrotar a la criatura.

La onda de choque es insoportable para varios de los edificios cercanos, que se derrumban como estructuras de polvorón. Las plumas de las alas y trozos de la plateada armadura vuelan por los aires. Incluso uno de los rizos rubios, algo chamuscado, se deposita suavemente en el hombro de Versaga. Con frialdad, sin apenas mirarlo, lo retira. De Alvgakrist no queda nada más que esos pequeños residuos. Su energía parece expandirse por el cielo.

Sin embargo, Velreg Krer sabe que no debe confiarse. Sin duda, ha destruido el cuerpo del ángel, pero eso no significa nada con una criatura tan inusualmente hábil como esa. Y en efecto, decenas de rayos de luz blanca comienzan a reunirse en un solo punto y a cobrar forma apenas unos segundos después de que los restos del anterior cuerpo han terminado de tocar el suelo de la Plaza Imperial.

El asombro se posesiona de Harus Versaga al contemplar la magnificencia de la transformación. De pie en la plaza, mira estupefacto cómo la luz va moldeando un cuerpo distinto al anterior. Una forma femenina más delicada que la del ángel, pero nada desconocida para el joven guerrero escarlata. Una hermosa rubia, totalmente desnuda.

–Soy Kristigne –dice con voz dulce–. Tu Kristigne.

–¿Para qué haces eso? ¿Subestimas tanto a los humanos como para que pienses que puedes volverme a engañar?

–No. Es sólo para demostrarte que puedo tomar esta y otras formas cuantas veces desee. Tal vez pensabas que no hiciste el amor con una mujer de tu especie, pero yo no tengo forma original. Te introduciste cientos de veces en una vagina tan humana como la de cualquiera de tu raza.

Alvgakrist se aparece como una Kristigne más bella que la que conociera Versaga. No puede negar que tal visión le agrada, aunque no se deje dominar por ella.

El ángel desciende y se acerca. El hijo de Zert está preparado para atacar de nuevo, sin importarle que esta vez destruya una creación tan perfecta.

–Contémplame, Harus. Fuiste el guerrero digno que esperaba. El mismo que mi cuerpo humano, desprotegido sin mi esencia, llegó a estimar. En homenaje a ese sentimiento te permitiré verme así antes de iniciar la ceremonia de tu muerte. Una ceremonia que el mundo entero verá.

Continuará...