KOHRTRU GA TRE

(LA ESPADA DEL CIELO)

Parte 15 de 15

Texto de Aldo Bonanni

Nadie dudaría de la calidad celestial de Alvgakrist al verla como se le presenta a Harus Versaga en estos momentos. Su forma es terrenal, más inofensiva que la del imponente ángel, pero más cercana a la divinidad si se toma en cuenta los parámetros de estética de los habitantes de la Tierra.

La hermosa mujer declara que esa tarde –la de un sábado– Velreg Krer morirá. Al hacerlo le señala a éste las cámaras que los toman desde la avenida Say Arthro. Sus súbditos se han apoderado de todos los canales de televisión, y han recibido la orden de transmitir la batalla entre el ángel y el hombre de la piedra.

El aspecto agradable de Alvgakrist no dura mucho. Es probable que los fanáticos hayan censurado su desnudo, y por ello Harus Versaga es el único en presenciar una metamorfosis escalofriante. Kristigne Drake comienza a mutar de nuevo en el ángel. Las alas surgen y sus ojos se vuelven de luz. La armadura y la falda cubren su desnudez. Sus músculos se ensanchan y su frente se torna más amplia. La espada ígnea cobra forma en su mano.

Ha recuperado su aspecto de guerrera. Sin embargo, esta vez la transformación continúa. La criatura lanza un alarido, y de sus nudillos y rodillas surgen picos. Sin que Versaga deje de mirar asombrado, los pies de Alvgakrist comienzan a hincharse. Pocos segundos después, sus botas se rompen, incapaces de contener el crecimiento de los dedos, que poco a poco se transforman en garras de ave. Para terminar de moldear su nuevo aspecto, los dientes le crecen y se vuelven auténticas navajas, mientras la luz de sus ojos pasa del blanco al color del fuego.

El anonadado Versaga no tiene tiempo de reaccionar. Sin seguir todos los pasos científicos de Linze, ya ha deducido que su adversario puede viajar a la velocidad de la luz. Por ello no le extraña que desaparezca cuando concluye su cambio, pero saberlo no le permite actuar a tiempo. Espera que Alvgakrist reaparezca tras él, como suele hacerlo, pero de pronto la ve frente a sí. Antes de que pueda hacer cualquier cosa, la bestia de Brukus lo patea con su nuevo “pie”. Para su desgracia, no se limita a impactarlo con las garras, sino que las clava, haciéndolo sangrar inmediatamente.

–Puedes llorar ahora, hombrecito –clama entre risas Alvgakrist, mientras Velreg Krer lanza un alarido de dolor.

–Te hicieron mal todos tus años como humana –balbucea entrecortadamente el hijo de Zert–. Cedes a pasiones también.

A manera de respuesta, el ángel incrementa su presión sobre el guerrero, y comienza a golpearlo brutalmente con los picos que afloran de sus nudillos.

–Lograste llevarme a otro nivel de poder –le dice, antes de soltarlo y estrellar su rostro contra el suelo. Sin dejar de mirarlo con odio, le clava las garras en la espalda al pararse encima de él.

–Puedo mutar aun más, Harus. Tú todavía estás muy lejos de comprender cuánto poder poseo. Voy a reventar tu cráneo, pero antes te haré saber que todo lo que defendiste se derrumbará.

La máscara rota de Velreg Krer le permite a su verdugo tomarlo de los cabellos y alzarle la cara para que vea el Palacio Verde.

–Esta será la primera sede de gobierno en caer –le informa, señalando el recinto–. Sobre las ruinas de la grandeza de este país edificaré mi templo. No sólo vivirás para ver la destrucción de ese símbolo de la arrogancia de los mortales. Tu cabeza será el cimiento de mi catedral, y tu sangre se unirá con el drenaje, para que las ratas la beban.

Nada de lo que escucha impresiona demasiado a Harus Versaga. Está acostumbrado a soportar tales insultos, y aunque ahora provengan de ese ser al que amó y que solamente desea destruirlo, tiene otras preocupaciones. Recuerda que no siempre vivió por y para Kristigne. Que tuvo tiempos difíciles, como cuando Drósser asesinó a su futura esposa y al hijo que ésta llevaba en el vientre. Como todas las veces en que Xrakus estuvo a punto de matarlo. Mientras la sangre sigue corriendo y las afiladas garras del ángel se hunden más en su cuerpo, su memoria le permite ver su causa última. Nunca se ha considerado un héroe. No es un paladín que salva vidas. Es un vengador. Los mortales deben cuidar de su propia existencia, pero cuando ésta les es nublada o arrebatada por fuerzas superiores, entra él.

En medio del inmenso dolor, Velreg Krer invoca la energía del meteorito. Ya ha medido el poder de Alvgakrist, y sabe lo que tiene que hacer. El espasmo de terror y desolación ha pasado. Tensando sus músculos al máximo, logra quitarse violentamente al ángel de encima y vuela de inmediato. Intuye que ella lo alcanzará sin ninguna dificultad, pero esta vez se anticipa al movimiento. No puede superar esa celeridad, mas adivina el lugar en el que reaparecerá su enemiga.

Alvgakrist ha fallado de nuevo en su intento de ver cómo su espada quema la piel de su ex amante. Éste la sujeta del brazo y detiene su embestida. Ella piensa que hará otra cosa, pero se limita a mirarla a los ojos.

Las pupilas de Harus Versaga, enrojecidas por su poder, reflejan mayor seguridad que cuando veía a ese mismo ser creyendo que era la mujer de su vida. Tanto el amor como el odio han desaparecido de su interior. Sin decir nada, deja fluir toda su energía, dirigiéndola exactamente a los ojos del ángel. Ésta responde del mismo modo, y ambos arden literalmente con sus miradas.

Linze puede ver los eventos por TV. Argor no ha conseguido recuperarse, pero Kirega se encuentra seguro de su estabilidad. Aunque las tomas de la plaza son poco nítidas y no pudo ver las transformaciones, su conocimiento previo del proceder de su amigo le permite –aunado a su inteligencia– sospechar cuál es la verdadera identidad de Alvgakrist.

Sin embargo, lo más desesperante para un hombre como él es la pasividad. Consciente de lo inútil que sería en esa batalla, comienza a planear el futuro con la frialdad que sus años de lucha al lado de Velreg Krer le han enseñado a tener. Analiza sus apuntes y comienza a elaborar unos planos. Sólo espera tener el tiempo y la seguridad requeridas para construir la máquina que planea. Y si la pelea con el ángel dura unas horas más, le será posible tener una intervención contundente en esta guerra.

El hijo de Zert aún no está seguro de la contundencia de su ataque. Enfrascado en ese extraño duelo de miradas caloríficas, no tiene tiempo para pensar en otra cosa que no sea doblegar a la criatura. Al ver que no lo consigue, prepara sus puños, y los hunde con fuerza en el abdomen del ángel hasta que consigue terminar con el duelo de los ojos y abollar la armadura, seguramente reforzada y por lo mismo más resistente que la del cuerpo anterior.

–Imbécil. Vuelves a tus medios primitivos. Era un reto interesante.

–No estoy aquí para divertirte, ave de rapiña. Ya te divertiste demasiado conmigo.

–¿De vuelta a las emociones? ¡No cabe duda que al cobrar forma humana elegí el sexo correcto! 23 años como hembra terrestre constituyeron el mejor entrenamiento para mi nuevo papel. Ustedes educan a sus mujeres creyendo que serán las sometidas. Tras años de desazones, ellas aprenden a ser mucho más fuertes, y entonces pasan al rol de dominio. Eso es lo que yo hice contigo y con toda tu raza. Controlar sus sentimientos ha resultado el método más adecuado para iniciar mi tarea.

–Ya lo dijiste, monstruo. Presumir de tu forma de doblegarnos no te servirá. Han pasado ya horas, y todavía puedo combatirte.

–No llegarás al ocaso.

El ángel desaparece la espada de fuego y extiende sus manos. De sus dedos brotan hilos de fuego que se incrustan en cada poro de la ya lastimada piel de Harus Versaga. La furia de este ataque no tiene precedente. En medio de su agonía, el héroe escucha la voz de Linze. Recuerda entonces que no se ha deshecho del transmisor que hay en su oído: “No tienes posibilidad alguna. Huye si puedes. Si piensas seguir luchando, lleva tu poder al máximo”.

El mensaje parece estéril. Sin embargo, Velreg Krer comprende que Linze se ha dirigido a él en clave previendo que Alvgakrist puede tener un oído lo suficientemente sensible como para percibir un sonido tan bajo como el que utilizan para sus transmisiones. De alguna manera, comprende. A él también le han servido los años de trabajar con Akig Kirega. Aun sin verlo, puede estar seguro de lo que hace en ese momento.

Su cuerpo se estremece, y el fuego que el ángel le arroja se mezcla con la luz escarlata que emana de su cuerpo. Siente la sombra de la muerte de su lado. La sabiduría que emana entonces de él podría ser perceptible aun para los preservadores, que deben estar ampliando su portal de visión.

Velreg Krer vuelve a liberarse del abrazo violento de su ex amante. Sus ojos dejan de brillar. La fatiga le impide seguir utilizando sus habilidades. Requiere de un descanso que no tendrá, pero no por ello piensa rendirse.

La determinación del guerrero no altera en nada los planes de Alvgakrist. No puede contener una carcajada cuando lo ve perder vuelo. Detecta su debilidad y actúa.

Relámpagos de todos los colores martirizan el cuerpo del guerrero. Su traje termina de quemarse y queda apenas cubierto por un montón de jirones humeantes. Con un gesto, el ángel expulsa la energía suficiente para hacer que un Palacio Verde ya evacuado vuele en pedazos. Utiliza para ello la misma habilidad con la que borró a Xrakus del orbe.

La cadena que martirizara a otros adversarios envuelve el cuerpo de Velreg Krer. Lo aprieta hasta hacerlo sangrar por todos lados, mientras Alvgakrist forja una equis con dos vigas de metal que toma de los restos de la sede del gobierno terraverdeno. A una orden mental, la cadena eleva a su víctima hasta colocarla frente al objeto.

–Esta es la ceremonia. Los enemigos de Brukus deben morir así.

La cadena suelta al semiconsciente Harus Versaga, pero sólo para que los ojos del ángel sellen los estigmas que lo unirán a la equis. Cuando el calor pega su piel quemada al metal, el guerrero calla. Su oponente espera escuchar el último gran alarido, pero éste no se produce. Ignorando tal hecho, la enviada de Brukus sonríe triunfante. Su espada vuelve a surgir, y la hondea sobre su cabeza.

–¡Esta es la espada del cielo! ¡La que aplicará el castigo final a la osadía! ¡A la blasfemia contra el universo!

La hoja ígnea se dirige hacia el corazón del hijo de Zert, pero nunca alcanza a atravesarlo. En el último instante, justo cuando el fuego intenta penetrar por su piel, el cuerpo de Harus Versaga hace explosión.

Para quien pueda verlo, el espectáculo es similar al que produciría una bomba atómica de color rojo arrojada sobre el centro de la ciudad. El hongo cubre toda la Plaza Imperial, terminando de destruirla. El impacto reduce a ruinas más de la mitad de Krytávir, pero el cuerpo de Alvgakrist se reintegra tras la muerte de su enemigo.

Linze ya no puede ver por la TV. Las cámaras fueron destruidas por la expulsión final de energía de su amigo. Un intento vano. Akig Kirega –encerrado en su sótano– se traga el llanto y suspira mientras piensa cómo habrá de enfrentar solo el nuevo mundo: el imperio oscurantista de Alvgakrist.

Fin