ENKAIR GA ROGEVS 1

ENKAIR GA ROGEVS

(EL IMPERIO DE LOS DIOSES)

Parte 1 de 24

Texto de Aldo Bonanni / Ilustración de Hugo Arámburo

Todavía cuatro calles separan a Barmug de su endeble refugio. Tulma, uno de los municipios aledaños a Krytávir que pudo escapar a la catástrofe, nunca ha sido uno de los sitios más seguros de Tierra Verde, pero tras la casi total destrucción de la megalópolis, pocas opciones puede tener un muchacho de 17 años que sólo quería un poco de diversión para la noche de ese viernes.

Su vida ha cambiado. Hace solamente unos minutos estaba acariciando la nívea y suave piel de su prima Eltroignih, de 15 años. Aun ahora, cuando acerca su mano a la nariz para limpiarse el sudor, se percata del aroma a fluido vaginal que brota de sus dedos. Pero no hay tiempo para disfrutar de esa nueva experiencia sensible, que en otras circunstancias hubiera podido ser un motivo de orgullo durante días. El sonido de las motos opaca los suspiros que el muchacho emite. Entre el miedo y la fatiga por su acelerada carrera, Barmug no es capaz de percatarse de que también es perseguido desde lo alto. La Orden de la Pureza no perdonará su crimen, y debe atraparlo a toda costa.

Ninguna luz se enciende en el vecindario. Pareciera que sólo las ratas escapan a la psicosis que convirtió a un otrora pueblo valiente en una patética masa de cobardes. Las cibernéticas armaduras plateadas de las oficiales de la Orden contrastan con la posesiva oscuridad. El rugido de los motores y los golpeteos para cargar las armas violan el silencio del barrio.

La futura víctima acelera su velocidad, aunque no tarda mucho en percatarse de que es inútil. La líder del escuadrón desciende de su vehículo. No cabe duda de que bajo el imponente casco de metal –similar a un cráneo humano– hay una mujer joven, probablemente bella. Sin embargo, su voz robotizada acaba al instante con cualquier disertación acerca de su probable atractivo. El comando es claro, pero Barmug está demasiado asustado para detenerse. El latigazo ígneo destruye primero su chamarra y luego quema su espalda. Quizá bajo más de un casco se esconde una sonrisa ante el grito de dolor. Un arpón surge de la muñeca izquierda de la agresora, y una fina punta metálica se incrusta en el cóccix del infractor.

–¿Sabes el acto de contrición? –pregunta la poderosa dama, mientras sigue tirando del arpón.

La débil negativa de Barmug es ignorada. Las vigilantes se miran entre sí y proceden. En la cabeza del muchacho retumba el golpe final, igual que los de la batería de Porger Dynamo, cuyo primer disco como solista escuchaba durante su placentero encuentro con Eltroignih. Pero estos impactos revientan algo más que sus témpanos, y –por otra parte– la experiencia es un poco menos agradable.

La sangre se escurre en el piso mojado, y miles de gotas rojas descienden por una atarjea hacia lo que queda del drenaje de Tulma. Si alguien pudiera acompañarlas en un viaje de kilómetros a través del agua, llegaría a un laberinto de túneles que cada día, a lo largo de los últimos seis meses, se ha estado aislando más de la nueva civilización. Entre un frío y una oscuridad casi intencionales, un hombre medita sin mayor ruido a su alrededor que el correr del drenaje y los movimientos de las ratas.

En la superficie surgen varios relámpagos en ese instante. La lluvia se suelta de pronto, y al sur de lo que fuera Krytávir, Rubbo Argeta recoge sus pertenencias de una oficina. No han pasado más de quince minutos desde que recibió la notificación de su despido como auxiliar de la nueva gerente de producción en Rantel, y ya tiene un motivo más para maldecir el día. Se había negado rotundamente a tramitar el permiso que la Orden de la Pureza le exige a todos los varones para poder abordar transportes públicos después de las nueve de la noche. Solía regresar a pie a su casa, aunque esto representara un riesgo mayor. Sin embargo, la tormenta que ahora inicia no le hará nada sencilla esa tarea. Cuando la sangre se agolpa en su cerebro, entra en una extraña empatía con Barmug, quien apenas siente un leve latido en el interior de su cráneo destrozado antes de que su conciencia se pierda para siempre. También con el hombre que medita en las profundidades, que con nerviosismo se golpea ligeramente en la sien.

Argeta no piensa demasiado su siguiente acción. El derruido sitio que le sirve como hogar desde el cataclismo se encuentra a casi una hora de camino en circunstancias normales. Sabe muy bien que la lluvia jamás le permitiría llegar. La búsqueda de un refugio se hace indispensable, y es entonces cuando vuelve a su mente la idea que ha maquinado desde la desaparición de Akig Kirega, su antiguo superior en la armadora.

No utiliza el elevador para llegar a la planta baja del edificio. De hecho, hace lo necesario para burlar al portero electrónico y no registrar su salida. Akig –antes de desaparecer– le enseñó esos trucos, y el aparato es idéntico a los de la planta original, consumida por la radiación roja que misteriosamente surgió del centro de la ciudad durante la batalla entre Velreg Krer y Alvgakrist.

Apenas dos meses atrás, Rubbo –amigo de Harus Versaga desde la adolescencia– fue citado a comparecer ante las nuevas autoridades del planeta, acusado de cargos de complicidad en crímenes que jamás le revelaron. Durante cerca de 10 horas fue sometido a un amplio interrogatorio sobre las vidas de Versaga y Kirega, y sólo pudo inferir que los inquisidores del siglo XXI que le atormentaron para sacarle información trataban de asegurarse de que sus dos amigos –a quienes nadie volvió a ver desde el día de la tragedia– estuvieran muertos.

Aunque al final lo declararon inocente, el joven se supo vigilado desde ese entonces. Ahora, dejar evidencia de que nunca había salido del edificio de la Rantel era una forma de ganar tiempo para escapar. Ni los golpes ni las quemaduras fueron suficientes como para que le confesara a un sistema que le parecía odioso su secreto más importante: aunque seguía ignorando muchas cosas acerca de su amigo de la pubertad y de su ex jefe, creía estar seguro del paradero del último, y se encontraba en este momento frente a la oportunidad perfecta para comprobar su teoría.

El viento parece favorecerle cuando corre y piensa en la forma menos peligrosa de llegar al antiguo departamento de Kirega. La lluvia es lo suficientemente tupida como para obstaculizar la visión de un ojo normal, pero aunque Argeta no sabe demasiado acerca de las despiadadas guerreras que acechan en la noche, ya ha escuchado que sus cascos cuentan con filtros para poder ver en cualquier circunstancia climática.

Las siguientes dos horas son quizá las más tensas que Rubbo ha experimentado en su vida, pero cuando al fin se ve a unos cuantos metros de su objetivo, se siente aliviado, aunque ese relajamiento le permite percatarse de la cantidad inconmensurable de agua que le ha caído encima. Sólo una calle –poco más de cien metros– lo separa de las ruinas de la casa del antiguo gerente de producción en la Rantel.

Aun así, como si una maliciosa voluntad lo hubiera previsto con antelación, Argeta enfrenta el primer peligro cuando su euforia lo conduce a recorrer la calle restante sin ninguna precaución. El sonido de una sirena lo alerta, y sabe de este modo que una patrulla de la Orden de la Pureza se acerca. Su única reacción es incrementar su velocidad.

Para su fortuna, el primer intento por frenarlo no es efectivo. La cuerda del arpón pasa a un lado de su cadera, y la derruida entrada del refugio se presenta al fin a su alcance. No queda más tiempo para pensar si sus suposiciones son o no correctas. Ante el peligro, sólo queda una oportunidad de sobrevivir.

El orificio que ha quedado entre los escombros no tiene más de 50 centímetros de alto, pero el fugitivo posee la suficiente agilidad para librarlo tras el primer intento. De inmediato, algunos de los restos de la sala de Akig Kirega le sirven para bloquear ese medio de ingreso. Las oficiales no tardarán en pasar de cualquier modo, pero cada segundo ganado en su escapatoria incrementa sus posibilidades de seguir con vida.

El sonido de la lluvia va atenuándose mientras Rubbo se interna y trata de adivinar dónde puede estar la entrada de un túnel que, él supone, existe en esa casa. No ha olvidado jamás una conversación en la que el antiguo dueño del sitio, en la imprudencia de una borrachera, le reveló que ese departamento podía estar construido sobre los restos de una de las primeras estaciones del metro de Krytávir. Versaga y Kirega siempre fueron bastante herméticos con él en algunos temas, pero alguna vez el entusiasmo provocado por unos cuantos tragos de vino de Mecal hizo que el segundo preguntara abiertamente sobre ese tema. Ahora, mientras busca una entrada en el piso, Argeta recuerda cómo Harus Versaga les explicó a ambos que en 1927 fue abierta al público una estación muy cerca de ahí. El metro de Krytávir tenía apenas cuatro años de haber sido inaugurado, y la prisa por extenderlo hizo que en algunos sitios se construyeran instalaciones sin completar los estudios requeridos para garantizar una seguridad absoluta. La estación cercana al departamento del ingeniero de la Rantel fue clausurada a principios de los cincuenta debido al exceso de humedad provocado por la cercanía del río Surdania. Aparentemente sepultada tras la desviación del trayecto del tren subterráneo, sus túneles nunca fueron tapados del todo, lo que explicaba los extraños descubrimientos de Kirega al realizar excavaciones bajo su hogar con propósitos que Rubbo desconocía por completo. Aunque no tenía la certeza, todo lo que escuchó esa noche le hizo suponer que su ex jefe podía tener alguna clase de refugio subterráneo. Eso explicaría su desaparición tras la tragedia en la que Velreg Krer pereció. Argeta jamás había ignorado la relación de sus dos amigos con el enigmático guerrero asesinado por Alvgakrist.

El frío se incrementa cerca de las ruinas del baño, mientras se escucha cómo las oficiales han conseguido fácilmente destapar la entrada con sus armas. La corriente de aire hace suponer al desesperado prófugo que se encuentra cerca. Para su fortuna, no se equivoca: abre el armario que está frente a la regadera, el mismo al que Akig jamás le permitió acercarse, y encuentra en el fondo las tablas carcomidas de una puerta que se ha roto y deja pasar algo de aire por el agujero formado. Sin pensarlo, termina de destruirla, ya sin dedicarle importancia al hecho de que está haciendo demasiado ruido. No puede ver nada cuando se introduce, y eso mismo es lo que provoca su descontrolada caída. Tras el marco, el piso no está al mismo nivel. Rubbo lo comprueba rápidamente, y el dolor del golpe le hace calcular que ha descendido casi tres metros.

No hay huesos rotos. No al menos si el dolor que debe sentirse cuando eso ocurre es tan fuerte como piensa, pues aún puede caminar. No necesita ver para percatarse de que su pierna sangra, pero todavía puede desplazarse con la velocidad requerida para una situación como esta. El sonido de pasos arriba es todavía más persuasivo para obligarlo a buscar rápidamente indicios de que ese helado, oscuro y, al parecer, vacío cuarto es algo más que un frustrado intento de Kirega por hacerse un sótano. Si pudiera ver el pasado, o si alguna vez su cercanía con su ex jefe hubiera sido mayor, sabría que ese recinto donde ahora también percibe un olor desagradable fue alguna vez el sofisticado centro de operaciones del brillante ingeniero y de Velreg Krer.

Un pensamiento le parece más gélido que el clima imperante: si las nuevas autoridades del mundo buscan tan ansiosamente a sus amigos, como los crueles interrogatorios a los que lo sometieron parecen indicar, ¿qué le hace suponer que él –un insignificante civil– podrá encontrar algo extraño en una casa que los Caballeros de Dios ya deben haber explorado?

No hay tiempo para pensar más. No encuentra nada con qué alumbrar, y se maldice por no ser lo suficientemente fumador como para portar cerillos o algo parecido. Su divagación entre la penumbra no se interrumpe ante el sonido de lo que parece ser una cinta o una película corriendo, pese a lo cual se percata del mismo. Busca ahora en una esquina del cuarto, justo en el sitio de donde parece venir tan extraño ruido. No tiene tiempo de reaccionar cuando escucha cómo una placa metálica se desliza bajo sus pies. Apenas dos segundos más tarde, el piso de roca se abre y Argeta sufre una nueva caída. Pero esta vez no hay un impacto severo, sino un involuntario deslizamiento hacia abajo a través de una rampa. No es capaz de calcular cuántos minutos transcurren hasta que tiene frente a sí los restos de la estación, que puede distinguir aunque la oscuridad es casi igual a la del cuarto de donde cayó.

Cojea cuando cree ver una luz muy tenue, y camina hacia ella. Sin embargo, se detiene abruptamente al pisar algo voluminoso. No tarda demasiados segundos en notar que se encuentra frente a dos o tres cadáveres, y se siente atrapado en una de esas películas malas que ni siquiera de niño pudieron impresionarle. No es la presencia de los muertos lo que le incomoda, sino la alta probabilidad de tener un destino similar, ya que está en el mismo sitio, y los difuntos –hasta donde él sabe– no pueden moverse. A pesar de todo, trata de apresurarse y encontrar una ruta que le permita alejarse todavía más. Tal idea se vuelve una necesidad cuando escucha las voces de las oficiales. Puede calcular que aún no han encontrado la rampa, pero sin duda ya están en el cuarto que descubrió bajo la casa de Kirega. Piensa entonces en esconderse, puesto que no tiene adónde ir. Un arco de madera de la antigua parada del subterráneo es lo suficientemente grueso como para ocultarse tras uno de los extremos.

Las ratas no lo alteran, pero sí el sonido de una explosión. Calcula que las brutales policías del nuevo régimen mundial han volado el piso del cuarto, y lo comprueba cuando escucha caer varios trozos de piedra a su alrededor. En ese instante se bendice por la idea de ponerse bajo el marco, la cual lo salvó de morir aplastado. Pero su tranquilidad está destinada a ser efímera: pronto puede ver gracias a las potentes linternas de las inquisidoras.

Rubbo Argeta jamás ha sentido la muerte tan cerca. Un haz de luz es la única prevención que tiene de que ha sido descubierto. Antes de que pueda moverse, las guerreras ya le apuntan y le exigen el acto de contrición.

El joven se atreve a negar con la cabeza, y ya sabe lo que sucederá a continuación. Decide entregarse al castigo mortal con dignidad y resignación, pero cierra los ojos, ignorando si será quemado, desollado o simplemente acribillado por las balas. Escucha un segundo después que un objeto corta el aire arriba de él. No tiene tiempo de conjeturar antes de que un alarido femenino le haga abrir los ojos. Le parece entonces que un poderoso martillo golpea un tanque con combustible. Pero no es un tanque, sino el cuerpo de una mujer, y su vestimenta de acero, lo que explota. Tampoco es un martillo, sino el primero de una decena de morteros que –certeramente– dan cuenta del escuadrón de la Orden de la Pureza en tan sólo unos segundos. No hay una batalla en sí. Las oponentes son descuartizadas de inmediato tras una magnífica exhibición de puntería y celeridad. Sin duda, quien le ha salvado la vida a Rubbo Argeta es un profesional preparado.

Una nueva luz surge, esta vez tras de quien iba a ser la víctima más reciente de aquella organización inquisitorial y androfóbica. No reconoce a quien porta la potente linterna, pues su vestimenta y su carácter son más imponentes que la última vez que lo vio. Más aun, este Linze parece ser el fantasma del que creía muerto.

Continuará...