ENKAIR GA ROGEVS 2

ENKAIR GA ROGEVS

(EL IMPERIO DE LOS DIOSES)

Parte 2 de 24

Texto de Aldo Bonanni / Ilustración de Mario Arroyo

Aquel laberinto de túneles parece interminable, pero Argeta está consciente de que no tiene otra alternativa. Aun así, mientras los minutos se transforman en horas y no vislumbra la posibilidad de llegar a la meta deseada, el joven duda de que el mundo exterior sea peor que el refugio subterráneo al que Linze ha prometido llevarlo.

–Descubriste mi secreto, Rubbo –exclama el guerrero–. No puedo hacer otra cosa sino felicitarte y terminar de ponerte a salvo, aunque lo único que el Búnker de los Parias puede ofrecer es eso: seguridad. No esperes una vida más agradable que la de la superficie.

–Sólo espero eso: vida –responde Argeta.

–Entonces vamos bien.

El ex subordinado de Akig Kirega Skorg sigue pensando que el hombre al que sigue es diferente. A lo largo de los años, ha visto cambiar a Linze muchas veces. Como a todos, al principio le pareció un simple patiño de Velreg Krer. Nadie podía saber que Linze, en su “debut”, le salvó la vida al hijo de Zert. Como sea, a lo largo de los años se fue transformando de un joven entusiasmado en la lucha contra REK en un efectivo pero amargado guerrero. Su singular capacidad para proyectar sus emociones hizo posible que gente como Rubbo pudiera apreciar que todas las tragedias que sufrió le habían vuelto calculador. Ahora, tras la muerte de su compañero, todo indica que ha alcanzado la madurez definitiva dentro de su oficio.

La peste y la oscuridad son los únicos mensajes que el recién llegado recibe, y todavía no encuentra la manera de interpretarlos para darles la significación de refugio. Sólo se pregunta qué pudo motivar a su salvador a subir hasta donde él estaba.

Y mientras las aceleradas cavilaciones de un hombre que todavía tiene ánimos para cuestionarse sobre su futuro continúan, pasillos más iluminados se presentan frente a él. Sin que tenga conciencia absoluta del tiempo ni de la ruta seguida, los túneles oscuros, húmedos y pestilentes son sustituidos por otros que han sido perfectamente elaborados, y en los cuales la luz eléctrica es el más insignificante de los implementos tecnológicos. No pasan más de dos vueltas antes de que aparezca un sólido y grueso portón metálico saturado de cables y botones.

–Este es el búnker, Rubbo. El Búnker de los Parias –explica Linze.

Argeta no consigue averiguar cómo, cuándo o desde dónde su anfitrión abre la puerta. Sólo está seguro de que no lo hace manualmente ni se acerca demasiado. El sonido es similar al de algún aparato de una fábrica. El choque de las placas de metal le proporciona un instante de seguridad al nuevo huésped. Pero en el interior, las cosas no son tan espectaculares. Los muros de los pasillos están hechos de metal, y una que otra lámpara de neón le roba espacio a la penumbra. Sin embargo, el único “paria” de ese refugio –según su primera impresión– es el hombre con alias de felino.

–Tengo problemas. La comida está escaseando y la que queda está a punto de echarse a perder. Además, tu incursión en la casa sólo demuestra que la justicia de arriba no tardará en encontrar esa entrada. Creo que podrás presumir de ser el último en haberla utilizado, aunque los explosivos que nos ayudaron a taparla también se me están terminando.

En la mente del ex empleado de Rantel se pasea una pregunta: Linze dijo “la casa” en el sentido en que pronunciaría tal frase el propietario de la misma. Se concede a sí mismo un “espera” como contestación, y se dispone a seguir escuchando las explicaciones sobre el refugio.

La puerta se cierra del mismo modo enigmático en que se abrió una vez que caminan un par de metros. En esta ocasión, Rubbo es capaz de reparar en un detalle: Linze se lleva la mano hacia un dispositivo que tiene sobre la sien derecha, al parecer parte de su visor. Como quien hace girar el tambor de una caja fuerte, el héroe le ha dado vuelta a la perilla de su más famoso artefacto siguiendo una combinación específica.

El búnker tiene sólo tres cámaras, y su constructor hace pasar al visitante a la primera, la más cercana a la entrada. No hay en ella más que un refrigerador y una mesa vacía. Ahí, el alumbrado es convencional: el propietario del sitio enciende la bombilla que cuelga del techo por medio de un interruptor común. Argeta se queda mirando las paredes grises y rugosas hasta que Linze le ofrece una silla.

–Has sido mucho más perspicaz de lo que suponía –comenta el aliado de Velreg Krer–. Creo que ya es momento de que te revele algunos secretos, sobre todo porque debes estar consciente de que ya no podrás salir de aquí en mucho tiempo.

–Espera un momento –responde Rubbo–. Ya sé lo que me vas a decir. Es lógico. ¿Nunca te ha sucedido que descubres una verdad porque al instante asocias información que recibiste durante años? Tú y Akig Kirega son la misma persona.

El ingeniero no muestra demasiado asombro ante lo que acaba de decir su antiguo subordinado. Con una actitud silenciosa, se quita el casco. Esa es su única respuesta: mostrar el rostro con el que Rubbo Argeta ha estado familiarizado siempre.

–No debes preocuparte, Akig. No lo sabrá nadie más.

–No me importa. Esto lo sabe ya la criatura que más daño nos puede hacer.

–El ángel.

–Sí. La asesina de Velreg Krer.

–Harus.

–Estás listo para estar aquí.

Kirega atiende la herida en la pierna de Rubbo antes de que inicie una larga conversación entre ambos sobre lo que ha ocurrido en el exterior a lo largo de los últimos seis meses, es decir, desde el día en que murió Velreg Krer.

El ingeniero no puede ver lo que le describen, pero es lo suficientemente creativo como para imaginar el templo que Alvgakrist erigió donde antes estaba la Plaza Imperial de Krytávir, justo sobre las ruinas del Palacio Verde.

No podía haber un monumento más apropiado. Dicho recinto religioso funciona en realidad como centro de operaciones de la nueva gobernante del planeta. Y aunque han sido levantadas réplicas en las principales ciudades del orbe, ningún edificio es tan importante como éste, donde Alvgakrist –al parecer– pasa la mayor parte del tiempo que dedica a su forma material. En sí, tal construcción simboliza lo que ha ocurrido: la nueva verdad sobre la antigua civilización. La sede del culto al ángel levantada con las ruinas de un mundo que no era perfecto, pero que todavía podía ser controlado por quienes ahora son simples esclavos expectantes.

Tal condición no alcanza a los dos brazos con los que la enviada de Brukus evita manchar sus angelicales manos de sangre mortal: la Orden de la Pureza, un grupo de fanáticas entrenadas para destruir a todo aquél que se resista a los designios del ángel, y los Caballeros de Dios, convertidos ahora en un cuerpo de élite, reservado para casos difíciles que las hordas que vigilan las calles no puedan controlar.

Linze sabe que, con Velreg Krer muerto y Argor convaleciente, el ángel no debe haber tenido demasiados problemas para consolidar su dominio.

–No le fue difícil imponerse –le reitera Rubbo–. Nunca pensé que este mundo estuviera tan preparado de antemano para una forma de vida como la actual. En pocos meses convenció a miles de que es una criatura divina. ¿Cómo no creerlo? Sólo gente como ustedes puede saber su verdadero origen.

–No es así. Todo este tiempo he estado investigando, pero no he pasado de suposiciones. Lo que es seguro es que viene de muy lejos.

–Sí... y su fobia por los humanos es enorme. Bueno... más bien por los hombres. Las mujeres han sido tratadas con mayor benevolencia en estos meses.

–Quizá las considera menos imperfectas. Por eso tomó la forma de una.

–De inmediato, como tres días después de la batalla, comenzó con sus cambios. Permitió a la mayoría de la gente seguir con su rutina. En general, el mundo parecía ser el mismo, pero luego se notó qué era lo que pretendía: los hombres fueron gradualmente apartados de cargos gubernamentales y empresariales de importancia. Fueron suprimidas casi todas las formas de diversión. Creí que muchos gobiernos iban a reaccionar, pero tanto occidente como las potencias surdánicas y Rusia le entregaron el poder sin titubear. Para China y otras naciones asiáticas fue más difícil aceptarlo. Aun así, no pudieron hacer nada.

–Entonces no he estado tan lejos de la verdad.

–Sí, tal vez te cuento cosas que ya sabes.

–No, Rubbo. Sé lo fundamental gracias a la radio y la televisión. No tienen muy buena recepción a cien metros bajo tierra, pero es mejor que nada. Tengo varias computadoras, pero sin internet. Si esa criatura controla todo, eso incluye a los satélites. Cualquier conexión directa con el mundo me haría localizable.

–Lo peor fue su “política de desigualdad”. Los Caballeros de Dios proclamaron la superioridad de la mujer fundamentándola en que es menos susceptible al pecado. Luego de suprimir bares y prostíbulos, prohibieron también las reuniones entre varones más allá de las seis de la tarde. Sólo las mujeres pueden comprar bebidas alcohólicas. A los hombres no se nos permite transitar en las calles luego de las 9 de la noche sin un permiso especial, y luego de las 12, ni siquiera con él. Por eso me perseguían cuando me salvaste.

–Es su gran inquisición. Lo peor es que no poseo nada que me dé la garantía de que puedo hacer algo para detenerla.

–¿Y Harus? ¿Murió en verdad?

–No por completo, aunque ya no puede hacer nada.

La duda que pasea por la mente de Rubbo Argeta ante tal afirmación es similar a la que desde hace mucho tiempo le quita el sueño a una mujer que no ha recibido los nuevos privilegios del mundo con el agrado que podría esperarse, dado su género. Aundrah Arbvleda tiene más de un año de no ver en persona a Harus Versaga. Ha salido con otros hombres, y más de alguno ha conseguido excitarla entre las sábanas. Sin embargo, si no supusiera que Velreg Krer ha muerto, podría jurarle a éste que ha sido el único hombre en su vida. Y bajo su punto de vista, ésa es la verdad. En medio de su insomnio, piensa que ha sido víctima de algo muy comúnmente desagradable. No tiene caso atormentarse con el pasado, con lo que no hizo. El arrepentimiento por no haber sido valiente la acosa. La culpa por no defender sus sentimientos. Por no acompañar en su lecho de muerte a un hombre que ya no creía amar.

Ahora todo es incierto. Si Harus viviera, pensaría que lo odia. Sin embargo, la incertidumbre no le deja nada más que esos terribles desvelos que sufre desde que vio en la televisión la batalla entre su ex amante y esa mujer–ángel que se cree dueña de la Tierra.

Procura seguir con su juego de frialdad, a pesar de que el tiempo transcurre y no llega el sueño, pero sí el amanecer. Sus ojos verdes –horas después– no traen las marcas de la desvelada ni del llanto. Su cabellera negra, la que recortó hasta el cuello luego de terminar con Versaga, sigue tan sedosa, brillante y bien cepillada como siempre. Esa mañana nublada parece ser como cualquier otra cuando se dirige a trabajar, y aunque el Ministerio de Cultura es uno de los más transformados desde que Alvgakrist tomó el poder, nada hay que pueda aumentar la tonalidad gris de su existencia.

No le gustan las nuevas normas ni los nuevos eventos. Aceptó un ascenso que perjudicó a dos o tres hombres, y eso no le trajo tranquilidad alguna. Este imperio feminista –definitivamente– no le convence del todo.

La noche llega con una celeridad muy superior a la deseada. Falta poco para que den las nueve, y la seguridad que el nuevo régimen ofrece a las mujeres no ha sido únicamente una promesa. Aun así, se siente observada mientras camina por las calles de lo que queda de Krytávir casi 24 horas después de que Rubbo Argeta fuera perseguido por la Orden de la Pureza.

Las ejecuciones que han sido la cotidianidad en los últimos meses tienen la misma frecuencia, pero Aundrah no logra acostumbrarse a los alaridos de los hombres que violan el toque de queda –exclusivo para ellos– que el sistema ha decretado.

Un remolino surge en su mente. No hay nada que pueda hacer sino correr e ignorar todos los sonidos. Los recuerdos persisten, y la sensación de que una presencia la vigila se hace más persistente entre más intenta huir de ella y de todo lo que psicológicamente la acecha. Sus pantalones de tela gris se rasgan ligeramente al pasar por el barandal que hay en un callejón oscuro y maloliente que ha tomado. No es el refugio esperado, aunque en sí tampoco fue buscado. La joven ha perdido toda idea de una ruta a seguir, pero en ese instante decide que no se encerrará de nuevo en su casa.

Se pregunta muchas cosas cuando se ve rodeada por una densa capa de humo gris. No siente miedo, mas está segura de que jamás en su vida creyó estar cerca de una presencia tan poderosa como la que ahora le ha dado alcance. Escucha mentalmente su nombre, y muchas indicaciones más. De alguna manera, ha obtenido lo que deseaba: una orientación sobre el camino a seguir.

Al mismo tiempo en que Aundrah Arbvleda vive esa extraña experiencia, Rubbo Argeta descubre que las mañanas y las noches son idénticas en el Búnker de los Parias. En la penumbra de ese refugio subterráneo no hay ningún indicio natural de la hora. La luz eléctrica es la misma todo el tiempo, y el huésped de Linze se pregunta cuánto tendría que pagar éste si alguna compañía encargada del suministro energético tuviera los medios para hacerle llegar una cuenta. En tanto, el ingeniero se ocupa de asuntos técnicos, encerrado en una cámara aledaña a la que utiliza como dormitorio y que ha representado una incógnita para el visitante, ya que es el único sitio en todo el cuartel subterráneo que permanece en total oscuridad.

El recién llegado aún no se anima a preguntar nada acerca de ese misterio, pero intuye que Kirega no tardará en hacerlo partícipe de tal información. Lo peor es que todavía no comprende el sentido de la frase “Harus no ha muerto por completo”. Acaso –piensa– no es más que aferrarse a alguna teoría completamente imaginativa. Nada extraño si se piensa en los efectos que puede tener en un hombre pasar seis meses en total aislamiento del mundo.

Pero Linze no ha perdido la cordura. Parece fatigado cuando sale de la enigmática habitación. Se dirige de inmediato al refrigerador mientras Rubbo –sentado frente a la mesa– observa curiosamente sus movimientos.

–Sólo dos piezas de carne salada y galletas enmohecidas –exclama el anfitrión del búnker–. Me siento en un barco. Por fortuna, aquí sí hay dónde conseguir alimento. Esto sólo nos va a durar hoy, amigo. Tenemos que salir por provisiones.

Argeta calla durante algunos segundos. Sus siguientes palabras no son sobre la comida.

–¿Qué hay en el otro cuarto? –pregunta con firmeza.

Linze suspira y saca la carne del refrigerador. Verifica con su nariz que no esté podrida y le extiende un plato a su acompañante.

–Un sobreviviente –exclama al fin.

–¿Harus? –cuestiona Rubbo.

–Harus desapareció. Al menos su cuerpo. He pasado solo estos seis meses porque mi único acompañante no ha despertado desde que lo congelé.

Akig Kirega conduce a Rubbo a la cámara oscura. En medio de tal penumbra es posible reconocer una cápsula con un cuerpo.

–Es Argor –explica Linze–. Lo mantengo en hibernación mientras se recupera de las heridas que le provocó Alvgakrist.

Continuará...