Texto de Aldo Bonanni / Ilustración de Arturo Louga
“Vi entonces a Oguñ reprender a los sátiros por su funesta indiferencia. Y las elyaras volaron asustadas, abandonando la orgía para tratar de llegar a tiempo a desovar en los nidos de plata. Pero no dieron a luz más que criaturas carentes de huesos. Fue entonces cuando la mujer que miraba vomitó los dientes y se quedó sin rostro, y entonces sus lágrimas se volvieron excremento que petrificó nuestros pies y abrió las llagas. Los demonios brotaron del abismo para implorar piedad ante la helada de su reino. Los astros nos dieron la espalda, el cielo se derrumbó a pedazos, como en la ilusión y la pesadilla. Y supimos los hombres caídos que los dioses estaban enfermos”. Fragmento de la carrata tay (canto intermedio) del Poema del Nekrante, compuesto por Gaurnet Ohg–Borumir, trovador magusnón. Siglo XI.
La brumosa noche parece alentarlo. Es más, todo indica que él mismo es el generador de tales condiciones. Pero para Aundrah Arbvleda su presencia implica protección más que cualquier otra cosa. La criatura le susurra su nombre en el punto más sensible de su entendimiento. No sólo eso: minutos después, su guía le sirve para detectar a tiempo la aparición de las oficiales de la Orden de la Pureza. No la dañarían. No a menos que piensen que oculta o espera a un varón. A pesar de ello, la joven desea evadir la confrontación. No siente ninguna empatía con esas fanáticas.
Un rayo corta la oscuridad. Nadie había previsto que esta noche también llovería. El clima hace que Rubbo Argeta y Linze se ocupen de maldecir a la naturaleza cuando apartan una tapa que separa el drenaje de la superficie.
–Esto limita aun más nuestro tiempo, Rubbo. Estamos a una calle de la tienda más cercana. La lluvia pudiera parecer un aliado. Sin embargo, las perras intensifican su vigilancia por creer que los hombres aprovechan esto para romper sus reglas.
–El ruido sí es una ayuda, Akig.
–Alguna ventaja teníamos que tener.
El “felino” le indica a su compañero que deben ser muy cautelosos. Su objetivo –una pequeña tienda de abarrotes que ya está cerrada– es cercano, pero no por ello fácil de alcanzar. Argeta sabe cuál es su parte en todo esto. Vuelve a colocar la tapa, procurando hacer el menor ruido posible, y sigue a Linze, que ya prepara los primeros explosivos.
Aundrah está a sólo unos metros de ese lugar. Lo ignora hasta que él se lo dice.
–Tienes que seguirlos –le dice telepáticamente–. ¿No te sentirás mejor si ayudas a quienes guardan el legado?
Arbvleda apenas es capaz de ver cómo una tapa se cierra en el pavimento. Sin embargo, posee unos ojos más efectivos: los de su guía, que parece mirarlo todo. Reprime una vez más el deseo de escapar. También el de preguntarle su nombre a quien invade su cerebro de un modo tan agradable. No sabe que, al pensar ambas cosas, él se entera.
Akig Kirega cree que es un hombre afortunado cuando el ruido que produce su primera carga, la destinada a abrir un boquete bajo el baño de la tienda, coincide con el sonido de un relámpago. Rubbo se tapa los oídos porque intuye lo molesto que será escuchar cómo la tubería revienta, y aun así consigue percatarse del éxito que tuvo su acompañante.
A pesar de todo, dos inquisidoras se detienen frente a la tienda. Aundrah contiene el aliento al intuir lo que sucederá. Linze se prepara para un ataque que nunca será necesario. Una silueta negra que se confunde con la niebla y con las primeras gotas de lluvia se interpone entre las oficiales y la entrada de la tienda. La forma es humana, pero pronto demuestra que posee capacidades muy superiores a las de esa especie. Un solo ademán es suficiente para que las probables agresoras se convulsionen sin poder emitir apenas sonido alguno. Si Kirega pudiera mirar bajo las armaduras, sabría que de las jóvenes sólo queda un saco de piel.
La extraña figura vuelve a confundirse con la noche. Linze apresura a Argeta y agradece la ayuda, aunque ya no haya a quién agradecer. De hecho, su mente divaga por unos segundos. Le hubiera gustado que las circunstancias le permitieran analizar a fondo a su involuntario y enigmático aliado. En esos instantes sólo le es posible concluir que ha presenciado un inmenso poder, el de un ser que quizá no sea del todo material.
Aundrah también piensa en espíritus mientras sigue las indicaciones de su nuevo mentor. Ni Argeta ni Kirega, que con una celeridad impresionante han sacado todas las provisiones posibles, son capaces de percatarse de que son observados. Vuelven a descender y en ese momento no piensan más que en regresar al Búnker de los Parias. La bella mujer que los observa se siente protegida por la penumbra nocturna de los túneles.
Más al fondo de ese sitio, alguien comienza a salir de una prolongada oscuridad. La humedad ha comenzado a filtrarse, y un trozo de yeso que se ha desprendido del techo choca contra el cristal que le separa del congestionado aire de la cámara donde yace.
No hay demasiados pensamientos. Sólo el recuerdo de una batalla y la confianza que un aliado depositó en su poder antes de morir. El mismo sueño de los últimos seis meses. La misma obsesión. La búsqueda de un modo de resolver el problema, sin embargo, ha llegado a su fin esa noche.
Nadie escucha el alarido que se produce en el Búnker de los Parias. Los ojos azules de Argor se abren y vuelven a brillar, quizá con mayor intensidad que nunca. Más todavía que cuando forzó sus capacidades al máximo combatiendo a Alvgakrist. La cápsula en donde ha hibernado desde que terminó su última batalla se rompe, pues es incapaz de contener tanta energía. El fergoriano muy probablemente ha superado el más alto nivel de poder que Velreg Krer tuvo en vida. El color de su piel se ha acentuado, y ahora parece un titán de zafiro.
Conoce –sin embargo– sus límites. Sabe que falta todavía más, y su cuerpo parece responder a su petición. Se duele cuando sus miembros comienzan a agitarse. Su frente se empapa de sudor. Contiene un grito mientras toda su musculatura se tensa. El dolor sería insoportable para cualquier ser humano, pero él –hoy más que nunca– está lejos de ser simplemente eso. Muy pronto, Eyk Pentirel cae de rodillas. De su interior surge un crujido, y por un instante piensa que sus huesos se han quebrado. Segundos después, dos picos óseos de color negro, similares a garras, emergen de sus antebrazos, detrás de sus muñecas. Un haz de luz azul destroza el techo del Búnker. El gruñido del nuevo guerrero surge desde las profundidades. Su enorme poder le permite abrirse paso hacia la superficie y volar, dispuesto a cumplir con su misión.
Otros seres convencidos de su tarea se reúnen cerca de la tienda saqueada minutos antes. 15 oficiales de la Orden de la Pureza y siete Caballeros de Dios se preguntan qué clase de enemigo pudo provocarle una muerte tan fuera de lo común a ese par de vigilantes. Y mientras sus conjeturas realizan un largo viaje en el mar de la probabilidad, un pequeño remolino surge entre la lluvia y da forma a un hombre que –de ser realmente un humano– podría ser calificado de perfecto. Al mirar su musculatura, la simetría de su cuerpo, la larga cabellera y los penetrantes ojos, más de una de las mujeres tras las armaduras sonríe, constatando ese juicio.
Si la sabiduría asiste a los Caballeros de Dios, sabrán que ese mismo ente fue quien victimó a las oficiales. Aunque –después de todo– eso quizá no tiene importancia alguna frente a la necesidad de defender su propia vida. La angustia se podría ver reflejada en los ojos de los lacayos del ángel si no tuviesen cascos. El hombre que los penetra con la mirada sonríe. Nadie en la Tierra sería capaz de entender por completo qué le permite a esas 22 personas saber que van a morir. Sólo algunos seres que atestiguan el devenir humano tienen el conocimiento suficiente para explicar la velocidad del pensamiento, que es la única razón para que los inquisidores puedan repasar su vida y concienciarse de su fin en un instante que –a la vez– no les permite siquiera emitir una palabra. La sensación de que están petrificados pasa muy pronto de ser una tenebrosa ilusión mental a una realidad irremediable.
La criatura no requiere de un ademán para lo que va a hacer, pero levanta una mano cuando su prodigioso cerebro emite ondas que hacen que los cráneos de sus víctimas revienten. Un solo pensamiento. Uno capaz de reducir los cuerpos de 21 seres humanos a masas sanguinolentas e informes. 21 porque ha decidido dejar un testigo de su obra. Un portavoz para su mensaje. De cualquier manera, el hombre que alguna vez fuera un orgulloso Caballero de Dios no podrá hacer nada luego de informar a sus superiores que alguien ha osado retar al ángel. Alguien con un poder superior a cualquiera que hubiese imaginado. Alguien que se hace llamar Nekrante, y que le ha enfatizado el significado de su nombre: “asesino de dioses”.
Akig Kirega no piensa en divinidades cuando escucha la explosión proveniente de su refugio. Acaso lo haría sólo para maldecir, pero prefiere decirle a Rubbo que lo alcance en cuanto le sea posible. No le importa tanto perder su madriguera como considerar la posibilidad de que su única esperanza de revancha se haya esfumado. Aun antes de pensar en el estado del refugio, se preocupa también por Argor, sin saber que él es el causante de todo.
Sus garras brotan de sus guantes. Un dispositivo le permite que éstas le sirvan para adherirse a las paredes de los túneles e incrementar así su velocidad. El arnés hace que sus piernas alcancen el límite requerido para no perder el equilibrio, una tensión muscular que un humano ordinario no conseguiría. No sin el genio de Linze.
No transcurren más de cinco minutos antes de que la puerta principal del Búnker de los Parias se abra ante su constructor, que no tarda en notar el boquete de dos metros de diámetro que Argor ha dejado en el techo de la cámara donde estaba congelado. El hoyo llega hasta la superficie, y el agua que cae –producto de la lluvia– es el menor de los problemas para el ex ingeniero de la Rantel.
Nekrante se fusiona en ese mismo instante con el agua, pero no deposita en el refugio nada de sí. Nada que no venga ya con quien recorre los túneles detrás de Rubbo Argeta. Prefiere el viento y las alturas, aunque no alcanza a notar que una figura corta el camino de las gotas y, poco después, se eleva por encima de las nubes que se exprimen sobre Tierra Verde. El paso de ese halo azul es fugaz. Le tomará únicamente unas horas recorrer los cinco continentes.
A Rubbo Argeta, por su parte, el paso por los túneles le parece una eternidad, aunque en términos prácticos éste dure sólo unos minutos. El sigilo de quien le sigue es sorprendente. Lejos de ser un sordo o un idiota, el amigo de Kirega no consigue percatarse de nada.
Para el ingeniero, tapar el agujero de la cámara donde mantenía a Argor es una buena terapia mientras espera a su nuevo compañero en el refugio. La puerta permanece abierta, y a Rubbo no le parece pertinente cerrarla. La combinación de sucesos parece predestinada, pero no es más que una serie de casualidades.
Linze no tiene tiempo de comentar el problema que representa la partida de Argor. No antes de que note que Aundrah Arbvleda está detrás de Rubbo.
Nekrante también se percata de la escena. No porque esté presente ahí, sino porque su conocimiento de la conducta humana es lo suficientemente profundo como para acertar cuando planea algo. Su primer movimiento en la charada está hecho.
–Sé que es difícil de explicar, Linze –afirma en ese instante Aundrah–. Sólo los seguí. Es todo.
Rubbo Argeta prefiere guardar silencio. Espera una furiosa reprimenda mientras se guarda para sí mismo la idea de que ya conocía a esa mujer. Quizá –recuerda– la vio más de una vez con Harus Versaga, aunque éste nunca se la presentó. Los pocos segundos en que la tuvo enfrente en cada una de esas ocasiones y el cabello más largo de ella le dificultan su deducción.
Kirega inhala mientras mira a la ex amante de su difunto amigo. Su postura ante ella era y sigue siendo muy distinta a la que tenía con Kristigne. Sin embargo, jamás esperó verla llegar a su refugio.
–¿Cómo llegaste aquí, Aundrah?
–Yo...
La chica mira dubitante a los dos hombres.
–Puedes hablar con tranquilidad –explica Kirega–. El es Rubbo Argeta, y conoce ya nuestros secretos. Es un amigo de años de Harus Versaga. Puedes llamarme como él lo hace: Akig.
La mujer inclina la cabeza y mira el piso. Como si eso le sirviera de motivación, levanta de nuevo el rostro, ahora con seguridad.
–¿Qué pasó con él, Akig? Sé muy bien que la televisión transmitió su muerte, ¿pero en verdad fue así? ¿Está muerto?
–Aunque trate de expresar de mil formas lo que le pasó, en nuestro lenguaje, en nuestro modo de percibir el mundo, lo está.
–No entiendo. Hablas como si tuvieras otra respuesta.
–Tal vez la tenga. Pero por el momento soy yo quien debe pedir las respuestas.
–No sé, Akig. Era un simple día de trabajo, como cualquier otro. Sólo que esta vez me sentí impulsada a seguir un camino diferente. Los vi salir enfrente de esa tienda. Te reconocí por el visor. Tu traje es diferente, pero el visor es el mismo. Luego vi lo que les pasó a las policías. Entré a la tienda y los seguí por estos túneles.
–Es algo difícil de creer, mujer. No hiciste nada de ruido.
–¿Desconfías de mí?
–De ti no. Alguien pudo seguirte igual que tú lo hiciste con nosotros. La prisa me hizo olvidar que debíamos tapar la ruta.
–Fue por la explosión, no te culpes –interviene Rubbo.
–Hay que hacerlo cuanto antes. Ahora tenemos dos accesos indeseables. Argor se fue y dejó un enorme túnel de aquí a la superficie.
Linze mira a su alrededor mientras ajusta su multilente. Al terminar de hacerlo, vuelve a dirigirse a la recién llegada:
–Hay algo más. Rubbo me ayudará con las reparaciones y luego se quedará contigo. Aquí sólo hay una regla: nadie que entre puede salir sin mi autorización. Y no es un lugar cómodo, menos para una mujer.
Los ojos verdes de Aundrah Arbvleda se tornan todavía más expresivos de lo normal.
–No olvides el pasado, Akig. Yo he vivido tratando de olvidarlo y no me ha servido de nada. Nunca pude borrar todo esto de mi mente. Ahora sólo me queda algo: puedo volver a ser la aliada que Harus y tú tuvieron en mí una vez. A él no puedo apartarlo de mi vida de cualquier manera, aunque esté muerto. Si piensas vengarlo, y si hay algo en lo que pueda ayudarte, cuenta con mi apoyo.
Continuará...