ENKAIR GA ROGEVS

(EL IMPERIO DE LOS DIOSES)

Parte 12 de 24

Texto de Aldo Bonanni

Nota importante: este capítulo de nuestra novela contiene material exclusivo para mayores de 18 años. Grahkka Cómics advierte, a su vez, que incluso para ciertos adultos algunas de las siguientes líneas pueden resultar incómodas u ofensivas, por lo cual de antemano ofrecemos una disculpa.

Aundrah Arbvleda sonríe mientras sus enormes ojos verdes miran las heridas que le ha provocado a Isaac Meir y a los criados de éste. A su lado, la presencia que la guía toma las cosas con menos júbilo. No se comunica con su alumna, pero pronto le hará entender que los enemigos venideros serán mucho más difíciles.

Sea como sea, hay una nueva actriz en la obra. El poder de Velreg Krer está ahora en Drekgeder Krer, quien sin duda ha querido dejar en claro con su nombre cuáles son sus intenciones en este juego de poder: tal nombre significa “demonio juez” en gusnón. En esa mitología se les nombraba así a los servidores del dios Réper autorizados para aplicar castigos en la Tierra.

Sin dedicarle más atención al ministro mundial, la joven parte del laboratorio de éste, no sin antes asegurarse de que quedará totalmente destruido. Una nueva descarga hace caer el techo de la cueva. La guerrera roja se eleva, poco consciente de lo que pueda ocurrir abajo. Mientras su cabello azabache es meneado por el viento, se dirige con determinación a su constante compañero:

–Me enfrentaré al ángel.

–Espero que lo hagas... a su momento.

Nekrante sigue siendo una presencia invisible para ella, pero contesta con una claridad sin precedentes.

–Sabes a lo que me refiero. No quiero esperar ni perder el tiempo en tonterías. Debo enfrentarme a Alvgakrist de inmediato.

–No es prudente, Aundrah. Te derrotaría.

–¿Y este poder crecerá? ¡No trates de engañarme! ¡Si no puedo derrotarla ahora mismo no lo haré nunca!

–Ten fe en mí. Habrá combinaciones, alianzas que inclinarán la balanza a nuestro favor.

Arbvleda refunfuña y hace una mueca casi infantil de descontento antes de que su estela se pierda tras las nubes.

Bajo esa capa vaporosa, a cientos de kilómetros de distancia, la humedad le sirve de aliciente a un escamoso ser que espera la noche para cobrarse cuentas. No planeó despertar en un mundo tan distinto a aquel en el que sus enemigos le obligaron a perder la conciencia. Por mérito propio rey de los uthars –una raza de hombres animales que dominó el mundo en tiempos prehistóricos–, Dartoxz “el invencible” ha renacido de entre las profundidades. Hace casi dos años que sufrió su última derrota frente a Velreg Krer, quien entonces lo creyó muerto. Pero el más poderoso de los uthars sobrevivió a esa y a varias batallas más; la última de ellas fue ante Driklin y su “toque del patetismo”. Víctima de la depresión que este ataque suele crear, Dartoxz se arrojó a un pozo a más de 300 metros de profundidad. Vel Köiss y Vigña, otros mutantes compañeros de Driklin, utilizaron sus poderes para hundir más al “invencible” y rellenar de roca sólida todo el canal del pozo. Un acto de ingenuidad, ya que, aunque debilitado por meses, el uthar no murió, y ahora ha emergido, tras horas de cavar con sus poderosas manos una salida. Su inconmensurable fuerza ha vuelto, y está listo para vengarse: de Driklin, de Velreg Krer o de quien sea. Después de todo, ¿qué importa elegir cuando se es enemigo de toda una raza?

Ninguno de los de su especie vive para apoyarlo, pero el gran hombre–reptil de escamas marrón no necesita a nadie más para lograr sus objetivos. Levanta una roca de más de una tonelada de peso que ha encontrado en el bosque y la arroja hacia el cielo para probar su poder. El objeto se eleva hasta dos kilómetros antes de volver violentamente al suelo, y Dartoxz ruge de júbilo.

Una sensación similar hace cimbrar las entrañas de Skur Vakka mientras se apresura a retirar un sostén que en ese momento le parece el mayor estorbo.

–Tómame. Acaricia mis senos y luego desciende hasta más allá de mi vientre. Devora lo que halles entre mis piernas. Devóralo mientras yo succiono tu cerebro.

A Skur no le parecen extrañas la palabras de esa mujer, a la que tiene apenas unos minutos de haber conocido. Simplemente –y quizá con demasiada facilidad– se dejó llevar ante la sugerencia, que comenzó con una lasciva mirada en el vagón del subterráneo y que los condujo hasta el derruido cuarto del primer hotel de paso que encontraron. Sin embargo, cuando se ocupa de obedecer la deliciosa indicación, la trepanación comienza.

El sitio fue bien elegido, y los gritos de dolor de Vakka no son escuchados por nadie a quien le importen o que pueda hacer algo por él. Las fauces, satisfechas tras el banquete, vuelven a cobrar su forma de boca sensual, y la delgada mano con las uñas pintadas de rojo se limpia los residuos de sangre. Una larga cabellera rubia se balancea con el mismo ritmo que las opulentas caderas que llaman poderosamente la atención del encargado del hotel. Al salir, Stayka (“sanguijuela”) vuelve a cobrar su aspecto ordinario, con el traje a cuadros negros y blancos pegado a su cuerpo. En un físico casi igual de atractivo son puestas en ese instante prendas para dormir. Aundrah Arbvleda ha vuelto a su antiguo departamento y –temporalmente– a su identidad civil. La noche –cree ella– no le depara nada. No esta. Decide dormir, olvidando incluso a la presencia que le acompaña, apartando así de su mente cualquier deseo oculto... al menos por el momento.

Y mientras una mujer –o algo que parece serlo– comienza su cacería y otra decide olvidarse del mundo, el rey de los uthars da rienda suelta a su ira y conmociona ya a Krytávir, tan sólo tres noches después de que los dioses comenzaran a hacerlo. Entre risotadas y gruñidos, Dartoxz destruye cuanto encuentra a su paso, regocijándose ante la desgracia de los seres a quienes siempre ha considerado como inferiores; una plaga que le quitó a él y a los suyos un planeta que les pertenecía. El fuego señala su recorrido, y las nuevas fuerzas públicas no mejoran los intentos de sus predecesoras por detenerlo. El reptiloide destruye las motos de la Orden de la Pureza de la misma manera que lo hacía con patrullas y tanques de los antiguos regímenes. En cuanto a los héroes, ninguno tiene tiempo o fuerza para oponérsele. Sólo Morlab podría competir con su fuerza física, y él está ahora a miles de kilómetros de distancia.

En tanto, alguien que también proviene de un punto distante salta de azotea en azotea. La penumbra protege su identidad mientras mira fríamente las acciones de Dartoxz, consciente de que es capaz de vencerlo, pero también de que no perderá su tiempo en ello.

“Pérdida de tiempo”. Esa es justamente la frase que da vueltas al cerebro de la escurridiza Stayka cuando su camino se une con el del rey de los uthars, a quien no tarda en mostrarle su osadía saltando impetuosamente frente a él.

–¿No está su majestad equivocando el camino? –le cuestiona la inquieta lengua de la extraña dama mientras su ágil y atractivo cuerpo se desliza como el de una serpiente sobre una rama invisible.

El poderoso reptiloide analiza la figura de su interlocutora y, sin alterarse mucho, la desdeña.

–Hazte a un lado, humana.

–Has causado mucha conmoción esta noche, Dartoxz. Cuando vi tu rastro de destrucción no pude resistirme a conocerte –insiste ella.

–Pues ya me viste. Ahora quítate.

El coloso avanza sin darle a Stayka más importancia de la que le ha dado a todos los seres vivos y objetos con los que se ha topado. Ni paredes ni armas parecen perturbarlo. Atraviesa los edificios y los automóviles como si fueran de papel, y hasta ahora ningún ser vivo ha sido lo suficientemente loco como para probar suerte estorbándolo.

–Quiero ayudarte –insiste la joven, mientras el rey de los uthars le da la espalda. Ante la indiferencia de éste, salta hasta quedar junto a él y seguirle rogando:

–No sé qué buscas, pero es obvio que seguirás destruyéndolo todo y que las vidas de los humanos no te importan. Pero a mí sí. Los necesito vivos.

–¿Piensas defenderlos?

–No. Te pido que me dejes matarlos. Yo me alimento de ellos.

–¿Eres una vampiresa o algo así?

–Sí. Algo así. Los vampiros beben sangre. Yo necesito los cerebros de los humanos.

Dartoxz refunfuña y avanza de nuevo.

–Sigue tu camino, hembra. Conténtate con que no te mate a ti. Si estoy de humor, puede que te deje algunos despojos, pero no vuelvas a hablarme o yo me comeré tu cerebro.

El uthar se aleja. Ha pasado casi una hora desde que Aundrah Arbvleda llegó a su casa e intentó dormir, y poco menos de 15 minutos desde que la voz de Nekrante la instó a levantarse para afrontar una nueva prueba de su poder. Ahora, el reptiloide trata de seguir hasta que una barrera de energía roja lo frena.

Ofuscado, Dartoxz golpea el muro de luz escarlata, sin lograr nada con ello.

–Ha llegado tu momento, monstruo –grita con firmeza la ex novia de Harus Versaga. Transformada en Drekgeder Krer, desciende hacia el callejón donde están Stayka y el escamoso gigante, quien se prepara para castigar a quien ha osado detenerlo.

–Déjame a mí, Dartoxz –se interpone Stayka–. Te demostraré mi valor como aliada.

La devoradora de cerebros salta ágilmente sobre la guerrera roja, poco consciente del verdadero poder de ésta. Con tranquilidad, Drekgeder Krer la recibe con el puño cerrado, segura de que el impacto será doloroso para Stayka aun sin golpearla en sí. En efecto, como si se hubiese arrojado sobre una estalagmita, la guerrera del traje albinegro se queda sin aire cuando su abdomen se hunde ante la mano levantada de su rival. Sus ojos y su lengua saltan hasta casi separarse de su rostro y, acto seguido, Aundrah Arbvleda la golpea con su otra mano, haciéndola volar antes de que se estrelle contra el muro de un edificio y caiga.

Por su parte, Dartoxz mira incólume la escena, sin que las acciones de la gladiadora escarlata parezcan impresionarle en lo más mínimo. Cuando Stayka trata de ponerse de pie, Drekgeder Krer la remata con una de sus descargas, sumiéndola en la inconciencia.

La ex novia de Harus Versaga sabe que su próximo oponente le exigirá mucho más. Sin apagar nunca las esferas luminosas de sus manos, se vuelve hacia éste, lanzándole un reto:

–Ven aquí, monstruo. Te mostraré lo que puedo hacer.

–Humana estúpida –responde el rey de los uthars–. ¿Crees que después de haberme enfrentado a Velreg Krer tú puedes siquiera llamar mi atención?

–Ya estás hablando conmigo.

–Eso no significa que te considere digna de mí. Puedes seguir noqueando a inútiles como esa, pero ni siquiera pienses en cruzarte en mi camino, porque entonces me encargaré de volverte una masa repugnante para cualquier macho de tu raza. No juegues a la heroína.

Tras el diálogo, Dartoxz le da la espalda a su retadora e intenta alejarse. Sin embargo, ella lanza el poder contenido durante minutos, provocando una explosión que hace caer al orgulloso reptil. Mientras éste, furioso, se incorpora de nuevo, la chica le grita:

–No me confundas, Dartoxz. No soy una justiciera como Velreg Krer. Lo que hagas no me interesa, pero derrotarte es una buena oportunidad de llamar la atención de mis verdaderos enemigos.

–¡Maldita perra! –refunfuña el monstruo.

Aundrah se eleva mientras sigue vociferando.

–¿Piensas que puedes dominar esta ciudad? ¡Qué ingenuidad tienes si es así! Eres poco menos que un insecto para quien ahora gobierna el mundo.

–Alguna de esas insignificancias que tienen por policías ya me habló de su ángel. Si es tan poderosa como dices, no veo razón para perder el tiempo contigo.

Sin dar lugar a nada, la guerrera roja lanza otra descarga contra el rey de los uthars. Iracunda, le reclama:

–¡No me subestimes! ¡Sólo yo soy capaz de enfrentarme al ángel con posibilidades de éxito! ¡Eres tú quien me estorba!

El monarca de la raza perdida se tambalea por el ataque, aunque esta vez no cae, ya que interpone sus poderosos brazos, usándolos como escudo.

–Veo que es imposible evitar una pelea contigo, mujer. Tendré que destruirte, ya que estás tan deseosa de que lo haga.

A pesar de sus palabras, Dartoxz reconoce, en su interior, que las descargas que ha recibido son mucho más potentes que las de Velreg Krer. El rey de los uthars, en tiempos pretéritos, era capaz de resistir la energía del guerrero escarlata, e ignora cuánto evolucionó éste en el tiempo que él pasó enterrado. No puede saber, aunque empieza a inferirlo, que esa mujer robó un poder mucho más elevado.

La ex novia de Versaga no titubea antes de arrojar otro rayo contra un Dartoxz que ahora, inexplicablemente, cae. Ante ello, confiada, se acerca, sin suponer que el uthar solo finge para poder golpearla.

El impacto desplaza a Arbvleda varios metros por el aire, hasta que se topa con el mismo muro que detuvo a Stayka. Sin embargo, la fuerza del golpe es tanta que éste se rompe y la joven cae, adolorida, en el interior del edificio.

“Ese es el premio a la arrogancia”, le susurra mentalmente Nekrante. “Es verdad que tu poder te hace superior a Dartoxz, pero tienes que saber usarlo”.

–Me confíe –responde Drekgeder Krer en voz alta–. Pero no volverá a suceder. “Eso espero. La fuerza de este monstruo no se compara con la del ángel. Si te descuidas así con ella, morirás inmediatamente”.

–Es obvio que me supera físicamente. Sólo debo evitar que me toque y acabarlo con mi energía.

Antes de que pueda hacer cualquier otra cosa, la guerrera se tambalea cuando la estructura comienza a desmoronarse ante los golpes que Dartoxz le da a la base.

–¡Voy a derribar ese edificio sobre tu cabeza si no sales, mujer! ¡Pagarás la osadía de haberme atacado! –gruñe el monstruo.

Drekgeder Krer no responde. Concentrándose, almacena energía hasta que todo su cuerpo brilla en rojo. La poderosa descarga que lanza destruye todo el callejón y genera un onda de choque que es percibida en la mitad de la ciudad. La primera sorprendida por tal poder es ella misma. Bajo los escombros yacen Dartoxz y Stayka, muy posiblemente muertos por tan colosal embate.

Aundrah Arbvleda siente que ha logrado el nivel esperado. Sin duda, ha superado los alcances del poseedor original de este poder.

Agotada, deja de brillar, y continúa sonriendo hasta que detecta un par de ojos en medio de la oscuridad. Un sobreviviente a su ataque o un nuevo enemigo la acecha, y parece confiado.

Continuará...