Texto de Aldo Bonanni
La sangre cubre la superficie de lo que fuera la comuna frigsiana, en el fértil mundo de Onyais. Las hordas brukusianas recorren el mar de restos en busca de sobrevivientes que eliminar. Sin embargo, su líder no luce satisfecho. El aviso del hechicero local no parece certero: durante horas Dragstarg ha tratado de percibir la presencia de hombres de la piedra, sin obtener ningún resultado.
Fúrico, él comienza a abrirse paso hacia los hombres del aforau. Sabe que la fuerza con la que despedazó a Zulk y a los suyos quizá no sirva contra estos guerreros pero, una vez más, determina que no importa morir: un simple intento de venganza será suficiente. Segundos después de ello, el rostro del líder de los asesinos cambia. Su vista se clava en el firmamento mientras le dice a un subordinado:
–Hay uno cerca. Puedo sentirlo.
Él llega al campo de batalla, y de un manotazo hace volar al primer gladiador brukusiano que le hace frente. En el fondo, eso le da un poco de confianza, pero sigue repitiéndose mentalmente que no busca sobrevivir a esa batalla. Sin dejar de inyectar ira con su mirada, toma la maza del guerrero caído y se apresta a enfrentar a tres más que se le acercan.
El combate no se produce. Antes de que él pueda hacer cualquier cosa, una luz azul consume en un instante al trío brukusiano. A las espaldas del dolido extraño aparece Rout, el poderoso astongita de piel de cobalto y filosas extensiones óseas de color negro, el mismo que viera poco después de la muerte de Dyss’uha, semanas antes. Sólo hasta entonces Dragstarg comprende, al ver también al hombre de la piedra, que durante un tiempo incalculable éste se había ocultado en Onyais o en sus alrededores. También en una fracción de segundo, el aforau deduce que todo embate de sus lacayos será inútil. Sabe que para detener a Rout deberá enfrentarlo personalmente.
Por su parte, él no puede contener su rabia. En vez de agradecerle al coloso azulado, lo increpa:
–Tu venganza sabe a poco. Debes dejarle eso a quienes no tuvimos otra oportunidad. Tú pudiste evitar todas estas muertes. Tú tienes el poder para acabarlos. ¿Por qué esperar hasta que ya actuaron?
El astongita no responde verbalmente. Sonríe mientras mira de reojo al encolerizado forastero. A continuación, su musculoso cuerpo tiembla, y el destello subsecuente deslumbra hasta el punto de no dejar ver el crecimiento de nuevas extensiones filosas. Él deduce que el astongita está pasando a una nueva etapa. Cuando deja de brillar es posible ver en su cabeza dos cuernos de cada lado y uno al frente.
La sonrisa de Rout también aumenta cuando Dragstarg se abre paso hacia él. Los dos cruzan miradas que componen un código de guerra que sólo ellos entienden. Ellos... y él.
***
En eones se siguió midiendo la crónica del cosmos mientras las rocas restantes despertaban, pese a todos los esfuerzos de las hordas brukusianas por evitarlo. La guerra con los hombres de la piedra, además, le trajo también muchas bajas a sus adversarios, y ni siquiera los seres más poderosos de ambos bandos escaparon a tan cruenta lucha. Durante todo este tiempo, los generales de Brukus aprendieron a indentificar a los hijos de las rocas verdes y a los de las azules como los más fuertes, pero entre las miles de historias que surgieron no figuraba ninguna que hablara del destino de la piedra negra y ni de la roja.
***
Onyais es distinto. Los descendientes de lo que quedó de los pueblos que lo habitaban antes del ataque de los brukusianos se han multiplicado y extendido por el planeta. Sucesivamente, la agricultura, el arado, la rueda, la escritura y el bronce han hecho la vida más confortable y violenta, como en todas las evoluciones. Sin embargo, él sabe que había que pagar un precio, y aunque durante más de una década ha esperado un nuevo ataque que no se ha producido, se siente seguro: los 500,000 hombres bajo su mando le han forjado un extenso imperio que le hace el gobernante más temido del hemisferio sur del planeta. Los 400,000 años que pasó dormido luego de presenciar la batalla entre Rout y Dragstarg –y de la cual no recuerda el resultado– no cambiaron su aspecto físico: lo hicieron los hábitos de refinamiento de la civilización que formó, y ahora acaricia su recortada y bien cepillada barba mientras, sentado en su trono, recuerda todas sus conquistas y hazañas.
El imperio frigsiano se inició con la guerra que él sostuvo contra los pueblos bárbaros que invadieron el continente 15 años antes. Se trataba de hombres altos y lampiños, de piel más clara, jinetes expertos y que dominaban la forja del hierro. En cuestión de meses, todos los habitantes del litoral cedieron a su poder, pero cuando se internaron en la selva él los enfrentó al mando de 40,000 hombres que pudo reunir entre los descendientes del pueblo de Ermyak y los ejércitos de cuatro primitivos reinos selváticos que lo reconocieron como protector de sus incipientes civilizaciones. Fue llamado, precisamente, Balton (“protector”) luego de la gran victoria que obtuvo con tácticas hasta entonces poco conocidas para los pacíficos habitantes de la jungla: la superioridad numérica del enemigo (casi 100,000 efectivos) fue inútil ante la mayor movilidad de las tropas de él. La caballería ligera y el arco fueron elementos claves.
Los reinos que impulsaron al defensor quedaron a salvo, pero éste no quiso detenerse ahí: siguió a los invasores hasta la costa, convencido de que debía echarlos al mar. Luego de hacerlo, se aseguró de contar con todos los pueblos costeros como vasallos. Un año más tarde, volteó su vista hacia el lado opuesto: en una extenuante campaña que se prolongó durante un lustro sometió a todos los Estados negros del interior del continente, hasta atravesar éste y llegar a la costa norte, donde debió enfrentar la oposición del reino de Yinra, perfectamente constituido desde casi 2,000 mil años antes, y famoso por su riqueza y poderío. La guerra culminó con la caída de Usfara, la esplendorosa capital yinrariana, que a la larga se convertiría en la segunda ciudad de todo el imperio. Balton, como seguía haciéndose llamar, volvió a la costa este, en la que contuviera la invasión de los pueblos del mar, siete años después. De toda su campaña trajo 5,000 poderosos guerreros de Yinra, reforzados con 20,000 negros de los reinos del interior. Con este agregado a su ejército, dispuso de los 50,000 esclavos que produjeron sus conquistas para que le construyeran una flota de guerra. Además de todo esto y de nutrir su imperio con innumerables tributos, ordenó a la élite de su milicia y a los reyes bajo su mando mezclarse con las 540 nobles que tomó de Yinra y con las más de 3,000 mujeres de piel oscura que trajera de las naciones del interior. Buscaba con ello promover la creación de una raza más fuerte, pues consideraba que las grandes cualidades atléticas de los negros sumadas al espíritu frigsiano y a la grandeza yinrariana darían por resultado un mestizaje digno de su imperio. Él mismo formó un selecto harén con 57 mujeres, de las cuales 18 eran frigsianas, 14 de otros pueblos cercanos o de la costa, 17 yinrarianas y 8 negras.
Cuando la flota estuvo lista, el emperador Balton se lanzó con un ejército de 200,000 hombres a la conquista del pequeño continente de donde surgieran años antes los invasores de piel clara. Sometió primero a todas las islas tributarias de éstos, y finalmente sitió Tre, la capital. Tras un año de asediarla, sus murallas cedieron a la fuerza invasora. Así, él se convirtió, en 12 años de campañas, en el hombre más poderoso de la mitad sur de Onyais.
Ahora, a casi tres años de ello, se prepara para celebrar que sus esclavos han finalizado la construcción de su esplendoroso palacio en Skiafa, su capital, asentada en la costa este del continente frigsiano. Mirando el mar a través de la ventana de su salón del trono, entre sedas y perfumes, y luego de haber despachado a sus odaliscas y esclavos, medita sobre algo que considera mucho más importante y valioso que todos sus logros políticos. A lo largo de estos tres lustros, a la par de que se ha esforzado por acelerar el proceso de evolución de Onyais, se ha ocupado de crecer él mismo, tanto física como intelectual y espiritualmente. Para nadie en sus dominios es un misterio que el soberano no es solo un guerrero excepcional; es el mejor de todos: invencible con la espada, infalible con el arco y una auténtica pesadilla para sus oponentes en las batallas cuerpo a cuerpo. Gracias a su talasocracia, Balton hizo traer a importantes sabios y guerreros del norte de Onyais, a veces persuadidos con el abundante oro de su imperio, a veces con el filo de la espada. Fue así como llegó a ser un experto en las artes del combate que éstos manejaban, y no fue difícil superarlos rápidamente. Encolerizado, pidió cada vez más y mejores mentores para estas disciplinas, hasta que se convenció de que no había un solo ser en todo el planeta capaz de vencerlo.
Todo ello, sin embargo, no le pareció suficiente. Una noche, decidido, mientras seguía pensando en todas sus capacidades y logros, se asomó a su ventana, como lo había hecho durante todas las veladas desde que volviera de su última conquista. La brisa y el sonido de la marea creciente le tranquilizaban casi tanto como la vista del agua misma o del cielo nocturno. En la intimidad había llorado muchas veces ante esas estrellas, recordando la candidez de Dyss’uha. Luego de hacerlo de nuevo, rabioso, maldijo a los astros y retó a que de ellos descendieran nuevos enemigos, adversarios que realmente estuviesen a su altura. Más de una vez perdió la vista y la noción de lo que sucedía durante esos accesos, para luego encontrarse con que sus cortinas ardían o que una parte del palacio había caído. Incapaz de hallar una explicación, siguió obsesionándose por la fusión de su alma con el océano o con el firmamento.
Cuando el viento elevó su fuerza, el corazón del soberano se hinchó. La marea aumentó al ritmo de sus deseos, al compás de su ira. Nunca antes se había convencido de su capacidad. Solo hasta ese momento comprendió que quizá se había visto envuelto en simples coincidencias: Kasurh estaba en Eltorieg. Rout en el Onyais prehistórico. Nunca se le había dado la oportunidad de probar su fuerza. Mientras todas las dudas al respecto se esfumaban de su mente, él comenzó a elevarse y salió del palacio para flotar hasta las nubes. Jubiloso, lanzó un grito, y el océano le respondió rugiendo. Truenos en el cielo y olas gigantes acompañaron este éxtasis de poder, que se prolongó durante tres de los días de este mundo.
Para los expertos en herrería y alquimismo del imperio, esta atemorizante explosión de poder, sin embargo, no había terminado. Apenas repuesto de su descubrimiento, él los mandó llamar todas las tardes sin falta para exigirles una nueva aleación. El hierro por sí mismo ya no le parecía suficiente, y los expertos habían probado toda clase de combinaciones hasta llegar a la que finalmente convencería a Balton: hierro con altas concentraciones de cromo y níquel, lo que produjo un metal mucho más resistente, maleable y hasta inoxidable. La espada que mostraron al emperador hacía parecer a las otras armas de papel, y la orden de producirla en serie fue dada casi de inmediato.
El progreso no se detuvo ahí. Al acero siguió, tan sólo un mes después, la pólvora. Las catapultas utilizadas en los sitios fueron sustituidas por rudimentarios pero efectivos cañones que también fueron incorporados a la marina imperial. En los arsenales aparecieron los arcabuces, que pronto sustituyeron a las espadas como arma personal de los militares de más alto rango.
Balton, poco antes de concentrarse en los festejos por la terminación del palacio de Skiafa, discutió con sus generales la progresiva invasión del norte de Onyais, operación motivada por los adelantos tecnológicos de su imperio.
Guerrero invencible, con cualidades superiores a las de cualquier otro habitante del planeta, y poseedor de un imperio con un ritmo evolutivo impresionante, ahora él está listo para alcanzar sus verdaderos objetivos.
Un cometa cruza el firmamento de Onyais. Su prolongada cola ha sido visible durante las últimas cuatro noches, y el suceso ya ha sido interpretado por los creyentes de viejas ideas que han sobrevivido a los adelantos impuestos por Balton. El presagio es oscuro, y aunque él no acostumbra confiar en supersticiones, una sonrisa se dibuja en su rostro cuando siente cerca el retorno de las fuerzas a las que ha estado invocando.
–El sacrificio será grande –piensa en voz alta mientras recorre nerviosamente el salón del trono. El estruendo que se produce unos minutos después parece responder a sus palabras. Se asoma por la ventana y le es posible ver nuevas luces en el cielo nocturno. Resplandores que no pertenecen ni a las estrellas ni al cometa. El pánico –piensa– ya debe estarse extendiendo por medio hemisferio, y la experiencia le indica que esos temores no son infundados. Esperará unas horas, y entonces se verá obligado a responder los primeros ataques de una fuerza a la cual su esplendorosa civilización no podrá resistir.
Pero nada de lo que Balton había vaticinado durante años se produce. Siempre esperó un ataque prolongado y extendido por toda la superficie de Onyais. Lo que en esta ocasión planean quienes odian toda civilización, sin embargo, es otra cosa: sus transportes luminosos tocan el suelo del planeta, pero al cabo de algunos minutos, ninguno permanece en él. Sin comprender nada, los habitantes de Onyais ven desaparecer a los invasores tan rápida y misteriosamente como arribaron.
Luego de sentir el primer sismo que a continuación tiene lugar, él comienza a comprender la verdad. Desesperado, grita, y su ira se enciende. La pérdida de la vista no le importa en esta ocasión. Sale por la ventana del palacio y se eleva antes de que comience el cataclismo. Su intención no es escapar a éste. En su mente puede percibir la posición de la retaguardia de los asesinos. Onyais sufre los primeros síntomas de un colapso fatal e insuperable mientras su campeón alcanza a uno de los sembradores de esa tragedia. De un sólo golpe, la coraza luminosa es destruida, igual que su tripulante. Dos, tres... cuatro más sufren el mismo destino antes de que él sea frenado. Del grueso de la armada invasora surge un líder de armadura oscura y ojos ígneos. El no puede verlo, pero siente claramente la descarga que lo regresa a la superficie de Onyais.
No hay más interrupciones a la retirada de los verdugos. El planeta, víctima de sus semillas, sigue resquebrajándose. Los volcanes hacen erupción; los maremotos levantan olas gigantes que destruyen todo destello de vida en las costas de los continentes. En el fondo de los océanos, el magma incandescente fluye por colosales grietas, calentando y vaporizando lentamente el agua de Onyais.
No hay más que hacer. Inconsciente, él se sumerge en el caldo apocalíptico que acaba con su planeta adoptivo. La vorágine vuelve, y las lágrimas por una tierra que amó curan las heridas en sus ojos, aunque hacen más grandes las de su torturada alma, que ni así se pierde en el limbo que constantemente invoca.
El sonido de la explosión final de Onyais se repite millones de veces. En su sueño, él piensa que así debió sonar el principio de todo: el inconmensurable impacto con el cual nació el cosmos. Se pregunta, entonces, si en la penumbra que lo traslada de un lado a otro estaría a salvo de un nuevo cataclismo: uno que fuese miles de millones de veces más poderoso que el que destruyó el mundo de Dyss’uha. Irónico, piensa en si podría resistir el caos final, ya que nada ni nadie parece poder salvarlo de presenciar la muerte sin que ésta lo toque.
El viento lo hace reaccionar mientras despierta en un lecho de arena, en un nuevo mundo y en un nuevo tiempo. Duda antes de abrir los ojos, y se plantea la posibilidad de esperar, ahí acostado, el siguiente desastre. Después de todo, los que odian las civilizaciones le han mostrado, burlonamente, que no es digno ni siquiera de un combate con ellos. Sin embargo, una voz serena interrumpe sus cavilaciones:
–Levántate –le pide. Un anciano de aspecto débil, pero con un rostro transmisor de paz y autoridad, le extiende la mano.
–¿Quién eres? –responde él mientras acepta la ayuda y se incorpora, sacudiéndose la arena del cuerpo.
–Soy Zaggyi. Te vi llegar y sé de dónde vienes. Ahora entiendo que estoy aquí para responder tus preguntas.
Continuará...